La música del alma
De pequeño quería ser astronauta. Supongo que al igual que muchas otras personas. Mi sueño era poder subirme a un transbordador espacial y desaparecer en el horizonte, llegar al espacio y contemplar el planeta Tierra desde fuera, ajeno a todo él. De hecho, me obsesionaba la imagen, el enorme geoide azul rotando en paz, en silencio.
No recuerdo en qué momento lo descubrí, pero hacía falta muchísimo para ser astronauta: desde pruebas físicas a estudios, hasta cientos de horas de vuelo y una carrera en el Ejército (que ya no es necesaria si se suple con otras cosas). Demasiado para un ser humano “normal y corriente”. Eso sin contar el proceso de selección, el entrenamiento y el resto de gente compitiendo. Y que, obviamente por motivos económicos, la carrera espacial está muerta ya. Así, asumí pronto que no iba a ser astronauta, y sigo asumiendo que ya nunca lo seré. Ingenuamente sueño con el progreso ilimitado y los avances que nos permitan democratizar el viaje espacial; hacer que llegue un momento en el que todo el mundo pueda permitírselo. Pero de nuevo, muy probablemente, mis ojos no lo verán. Queda la opción del turismo espacial, pero creo que no tengo los cerca de 35 millones de dólares que cuesta un viaje.
No hay espacio para mí. No hay ingravidez en la oscuridad infinita, ni un planeta Tierra al que mirar de tú a tú desde el exterior. Pero he encontrado la manera, dentro de mi mente, de viajar a ese instante, de vivir un momento de eternidad con los ojos cerrados y la música de God is an Astronaut. Un grupo del que no había oído nada hasta 2007, a pesar de conocer su existencia y estar enamorado de su nombre. Fue viviendo en Bilbao, en ese momento tan extraño de mi vida, cuando, no recuerdo por qué, se asentaron para siempre en mi memoria. Pioneros de mi gusto por el post-rock, amenizaron una época de soledad y viajes sin cesar, permitiéndome tener un rumbo a pesar de no saber a dónde iba. En la guagua, en el avión, en el barco o en el tren: cerraba los ojos, me dejaba abrazar por la música y desaparecía; alojado en otro tiempo y otro lugar. El idilio ha proseguido durante muchos años, y a día de hoy son prácticamente mi grupo favorito, la banda sonora que me acompañaba en mis dos últimos años de universidad (estudiaba con ellos en los auriculares) y un sitio remoto al que siempre puedo ir con sólo concentrarme.
El culmen, para mí, fue poder verlos el 3 de junio de 2010 en Madrid. A pesar del calor de la sala y de la necesidad de ponerse tapones en los oídos para oir mejor (los vendían en el concierto) tuve la grandísima suerte de ir con la mejor compañía posible, y, abrazado, dejarme llevar por el sonido. Durante el concierto, en el que me sentía flotar, pude cohabitar dos mundos: el real y el sitio al que el grupo sabe trasladarme. Quedé con ganas de más, pero es que me hubiera pasado lo mismo de haber durado ocho horas, y sirvió para grabarme aún más a fuego la belleza del grupo.
Para terminar, una imagen: Infinite Horizons me transporta a un mundo azulado, con orbes que giran al ritmo de la música. Es la fábrica del universo, el corazón mismo de la Creación. El cuerpo se me llena de escalofríos.

