Javier Alemán

La vivienda como fuente de apego

In Personal, Psicología on septiembre 29, 2010 at 10:13 am

A lo largo de mi vida he vivido en bastantes sitios. Para empezar, tres casas distintas en Tenerife, dos en Zaragoza, una en Bilbao y otra en Madrid. Con 25 años, creo que es bastante variedad, que mi vida ha sido fundamentalmente transhumante, y que eso tiene por un lado cosas buenas, pero también cosas malas. Ahora, me queda menos de una semana para irme a Gran Canaria a vivir, con lo que habrá otra casa más en mi vida.

Nunca me costó demasiado irme de un sitio a otro. Más allá de mis relaciones personales, de la familia y amigos, siempre tuve facilidad a la hora de hacer las maletas y desaparecer. Luego, en la distancia, ya los echaría de menos, pero a la hora de emprender la aventura de irme a vivir a otro lugar, alejado en miles de kilómetros, lo único que había en mi cara era una sonrisa. Hasta que llegué, por fin, a Madrid.

Madrid tiene muchas cosas, muchos significados, y no será la última vez que hablaré de la ciudad. Pero, tal y como lo veo yo, es una ciudad en la que es difícil vivir. Cuando me trasladé lo sabía, y durante más de un año (el tiempo que llevo viviendo aquí), he “sufrido” los problemas de la gran ciudad. Hora y pico de ida al trabajo, hora y pico de vuelta. Agobios y estrés, gente por todos lados, contaminación y precios más altos que en cualquier lugar. Y, sin embargo, a pesar de que ya tenía decidido que me quería volver a Canarias, me resulta doloroso separarme de Madrid. Por primera vez en mi vida, hacer las maletas será un desafío, y será doloroso.

Porque, a pesar de Madrid, estaba mi casa en Madrid. Lejos, pequeña y con defectos de construcción. Con problemas con las placas solares y facturas descomunales de luz que han llegado a aparecer en los periódicos. Pero mi casa, al fin y al cabo. Un oasis a las afueras de la capital, un mundo que entre mi pareja  y yo convertimos en hogar, haciendo que cada rincón fuera una pequeña expresión de nuestro ser. Gracias a esa casa he podido apreciar las cosas buenas de vivir en Madrid, que no son pocas, y he conseguido, por fin, sentirme del lugar en el que vivo.

Tiene mucho que ver el hecho de haberla encontrado sin amueblar y elegir qué sería de cada recoveco en ella. También tiene muchísimo que ver el que sea la primera casa en la que vivimos mi chica y yo. Al apego propio que genera una relación de pareja (suficiente para compensar como adultos apegos incorrectos en la vida infantil) se ha ido uniendo (creo) un mismo apego por el hogar, una sensación de seguridad y protección, de espacio en el que crecer. Y al final, como cuando se termina una relación (ruptura, fallecimiento), aparece el duelo, un proceso por el que hay que pasar para renacer como persona sin una de nuestras fuentes de apego y definición. Sé que no me queda otra que pasar por el duelo de perder mi casa, hasta que vuelva a tener una casa que llamar mía.

Por lo pronto, y vista la naturaleza de la memoria, hoy dedicaré parte del día a limpiar y ponerle a mi piso sus mejores galas. Quiero sacar fotos que me ayuden a recordar mi primera vivienda como adulto y no como “hijo de mis padres”. Muchas fotos, para que no se vaya de mi memoria, porque a día de hoy me cuesta recordar mis primeros pisos en Tenerife, los de Zaragoza y hasta el de Bilbao.

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