Javier Alemán

Tierra, mar y aire

In Personal, Viajar on octubre 9, 2010 at 10:17 am

En la última semana me he desplazado en autobús, tren, metro, avión y barco. De hecho, ahora mismo mientras escribo estoy en un barco. De lejos el tren es mi medio de transporte favorito, y a la hora de ir a un sitio a otro, poder ir en cercanías, era para mí una de las cosas buenas de estar en Madrid. Sin embargo, hoy no voy a hablar del tren, sino más bien de la combinación de todo, y de la experiencia de viajar en barco.

Veía el otro día con mi chica la reedición que están sacando en el periódico Público de la serie Cosmos, de Carl Sagan. Una de las mejores cosas de la serie es la genuina ingenuidad del científico, notar cómo le fascinan muchas cosas como si fuera un niño pequeño que está empezando a conocer el mundo. Esa misma sensación me recorre cuando pienso en el punto en el que estamos los seres humanos: dominando tierra, mar y aire.

Podemos recorrer un país como España, de una punta a otra, en muy poco tiempo. Incluso, si tenemos ganas, gasolina y vacaciones, podemos hacernos un tour por Europa tranquilamente en coche, recorriendo distancias que antes llevaban meses y años. Estamos más cerca unos de otros que nunca. Y no es sólo eso, porque también podemos desplazarnos desde unas islitas al oeste de África hasta la península ibérica, en menos de tres horas (si el retraso no acompaña, como suele pasar con los aviones). ¿No es maravilloso?

Yo he llegado a un punto en el que no disfruto como hacía viajando en avión. Es normal, ya son muchos vuelos, muchos desplazamientos y también ayuda que una vez entras en un aeropuerto tus derechos son casi idénticos a los de un preso en Guantánamo. Exageraciones aparte, las incomodidades del embarque, la facturación, líquidos por arriba y descalzarse por abajo, han hecho que muchos dejemos de disfrutar de volar. Sólo, quizás, queda ese vértigo en el despegue y el aterrizaje, que en mi caso va mutando en miedo gracias a una mala experiencia con el aeropuerto de Marsella.

Sin embargo, y precisamente porque no he viajado en barco, cada vez que subo a uno queda preservada esa fascinación por el trayecto, ese deleite del viajar. Ahora mismo, con el mar agitado zarandeando la nave de un lado a otro, me siento a gusto. Saldré a afuera, me asomaré al mar y la brisa, e intentaré no marearme con la continua sensación de caer. Un caer sin fin hacia el mar, las olas y la música meciendo el momento.

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