Javier Alemán

A propósito de…

In Literatura, Música, Personal on diciembre 24, 2010 at 4:58 pm

Llevo más de un mes sin escribir por aquí, y aunque realmente no se me ocurre nada que decir, tampoco quiero que este pequeño esfuerzo por mantener un ritmo de escritura muera, así que se me ha ocurrido comentar dos o tres tonterías de los últimos días, y al menos así practicar un poco la escritura.

¿Por qué empezar? Por las Navidades, por ejemplo. Este año toca pasarlas en Tenerife, tras un año pasado donde las vivimos en Madrid, con un frío de morirse y una ciudad en la que nevó más de tres veces. Recuerdo haberme puesto malísimo en la cena de Navidad de la empresa (el 12 de diciembre) y pasarme hasta el día 25 enfermísimo de bronquitis. A pesar de estar medio muerto, fueron unas fiestas muy bonicas, y se cumplió, con mis 24 añazos, el deseo de ver nevar. Previamente, en 2008, pasamos una pequeña franja en Londres, también con un frío de morirse y un maravilloso ambientazo navideño, con Oxford Street cortada y miles de puestitos de pretzels y chocolate caliente.

Por tanto, aunque ahora hace algo de fresco, se me hace raro esto de salir a la calle y que me dé el sol en la cara, en plena calle Castillo. Y eso que soy de aquí. Pero bueno, en la diversidad está lo bueno, y en fin de año estaremos en Madrid de nuevo. Probablemente allí me quejaré del frío y no poder bañarme en la playa, así soy. Aún así, me gustaría pasar la Navidad de 2011 en algún sitio frío, con nieve. Uno le acaba cogiendo gusto a esto de que en invierno haya que ir abrigado…

Más allá de eso, ahora estoy en casa de mis padres escribiendo esto, he escuchado un disco que ni me acordaba que tenía, llamado “Blessed are the bonds“, de The Pax Cecilia. Grupo curioso, que no sabría definir, meten mucho instrumento clásico (cuerdas y piano, especialmente) y se deja oír. La anécdota con ellos es que hace millones de años ponía en su myspace que, si se lo pedías, te regalaban el disco (hasta te lo enviaban a casa). Eso hice, y como seis meses después, cuando ya no me acordaba, acabó apareciendo por casa, con matasellos de Estados Unidos. Menudo buen rollo, con un cuidadísimo digipack pintado a mano y un minipóster. Cosas así son las que debería hacer un artista, más que aspirar a vivir de las rentas.

Terminado, ahora estoy oyendo el único disco que sacaron Desaparecidos (“Read Music / Speak Spanish“), un proyecto más “rockero” de Conor Oberst, el pibe inquieto de Nebraska que nos fascinó a Miriam y a mí con Bright Eyes. Y con ese disco vuelvo de vuelta a Londres, y de Londres a la Navidad, porque me lo compré en una tienda del Soho (la misma en la que había visto una camiseta de Joy Division que siempre quise y nunca pude comprar).

Curioso, cómo las cosas conectan unas con otras, ¿no?

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