Javier Alemán

La inseguridad del licenciado en Psicología

In Personal, Psicología on febrero 25, 2011 at 9:02 pm

Hay una importante diferencia entre la realidad y la ficción, especialmente cuando hablamos de las capacidades de los especialistas. Hoy en día encontramos que están de moda las series donde un súpermaestro de la materia deja en evidencia a especialistas, normalmente resolviendo crímenes. Ya sea la antropóloga de Bones, el carismático “mentalista” de El Mentalista o Dexter resolviendo casos para luego cargarse al culpable, que ha escapado de la justicia ordinaria. Cuando uno ve a estos superhéroes del conocimiento, no puede menos que preguntarse: ¿y yo qué he hecho con mi vida?

Realmente, el papel lo aguanta todo. Cuando leemos un libro o vemos una serie, el crimen o lo que quiera que haya que resolver, se escribe desde atrás (el culpable) hacia adelante (el crimen). El arte del guionista es engañarnos y hacernos pensar que las pesquisas transcurren en el otro sentido. Para ello, guían a los personajes dentro de una lógica más o menos coherente, y les dan siempre cosas a las que enfrentarse con sus habilidades “singulares”. Tampoco se le escapa a nadie que todo esto está aumentado por la ficción y que no hay nadie en el mundo capaz de leer los pensamientos o saber qué enfermedad tiene cada paciente que se le acerca. Pero engaña, y crea mitos en el saber popular.

En concreto, el mito del psicólogo (mucho más antiguo que las series de las que hablo) nos dice que es una persona difícil de engañar, y que con un vistazo reúne muchísima información sobre los demás. Esto, obviamente, es más falso que un duro de madera. Lo cual no quita que ese mito viva también en muchos psicólogos, que se escuchan más a sí mismos que a la realidad, creando una cadena peligrosa en la que no para de darse la razón porque, claro, es psicólogo y sólo él sabe. Así, uno se obceca en sus opiniones y cada día se vuelve menos permeable a la realidad, afincándose en un mundo done la opinión propia es ley y todo lo demás “son tonterías”. Resumiendo: si yo digo que tú tienes una depresión porque tu padre te pegaba, es que la tienes, y punto.

Hay gente que se libra de esto, pero es triste ver que en muchos de mis colegas pasa. Me recuerdo en primero o segundo de carrera, y efectivamente, yo era así. No sorprende, porque al fin y al cabo, cuanto menos sabe uno de algo, más se permite pontificar. Por suerte, ya con los últimos años de carrera y la conclusión, cada día dudo más de las cosas.  Dudo de mi criterio y mi capacidad para entender lo que me rodea. Y dudo de mis primeras impresiones sobre las personas con las que trato. Creo que esta duda es sana, y que el camino para hacer las cosas bien es la humildad. Reconociendo que no tengo demasiada idea sobre las cosas, me permito a mí mismo informarme mejor antes de emitir un juicio. Porque los juicios condenan a las personas.

Aunque a día de hoy no trabajo en la que es mi especialidad (la clínica), llevo ya un buen par de años trabajando en selección de personal y como mando intermedio. Probablemente lleve más de cien entrevistas de trabajo a mis espaldas, y es también ahora cuando más dudo de mi juicio. No es que me crea inútil, porque ahí están los resultados avalándome, pero prefiero trabajar con precaución y revisar cada detalle, en vez de fiarme de las primeras impresiones. Recuerdo una discusión en una reunión de trabajo en la que una compañera que también hacía lo mismo que yo (en otra provincia) me decía que ella a primera vista sabía quién era válido y quién no, porque “tenía ojo clínico”. Lo recuerdo bien porque me hizo gracia que alguien que ni tiene mi experiencia ni una carrera a sus espaldas me contradecía cuando yo exigía a mis compañeros prudencia.

Quizá ese responder “no estoy seguro del todo” o “no lo recuerdo bien, así que mejor te lo explico cuando pueda repasarlo” me haga parecer menos capaz a ojos de otros. Precisamente porque tienen el mito en la cabeza de que yo leo mentes y no se me escapa nada. Y, aunque a veces envidio a los protagonistas de estas series, yo sigo prefiriendo pensar que me queda mucho para estar seguro del todo. Creo que eso será mi escudo para seguir haciendo las cosas bien. Por eso me alegro de saber que, cuanto más aprendo, más me queda por aprender.

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