Javier Alemán

¿Por qué escribir?

In Literatura, Personal on abril 13, 2011 at 12:10 am

Hace unas semanas que terminé de leer “Experimentos con la verdad“, de Paul Auster. Más que una novela al uso, es una colección de curiosidades sobre la vida del autor, muy referidas al porqué de escribir. Resultó gratificante ver que, detrás de grandes historias, siempre había al menos algo en la cabeza del narrador, algo por lo que había pasado que le había llevado a escribir. Auster lo definía como una necesidad de entender qué había más allá de la historia, de explorar alternativas a algo que le había pasado. Para mí, fue alentador conocer sus motivos y pequeñas curiosidades. Fue realmente un regalo acertadísimo, viendo mi estado actual de bloqueo.

Lo mejor de todo es que, al leerlo de boca de otro, me ha hecho pensar en mis propios motivos. A raíz de darle vueltas, he terminado por recordar un episodio curioso que me llevó a escribir “Ícaro“, el relato con el que gané una mención honorífica en los premios Juventud y Cultura del Gobierno de Canarias. En el post del propio relato hacía una breve mención al germen de la idea, pero creo que merece un poco más de exploración.

Era verano de 2007 y yo estaba viviendo en Bilbao. Lejos de mi familia y amigos, había decidido aprovechar la que yo pensaba que era una oportunidad para tener un gran trabajo. Básicamente, me convertí en el responsable de captación de fondos de la empresa de marketing en la que trabajaba (y sigo trabajando) para Vizcaya, Asturias y Zaragoza. Un trabajo con menos glamour del que parece, que me hizo sacrificar un año de carrera (tomé un año de hiato entre 3º y 4º) y cuyas exigencias no se correspondían con el salario. Pero he venido a hablar de mi libro, no de eso.

Como decía, estaba solo en Bilbao. Encadenaba todas las semanas viajes en autobús de allí a Zaragoza, y alguna vez a Asturias. Mucho cansancio mental, y una sensación de no pertenecer realmente a ningún sitio. Al fin y al cabo, no pasaba más de tres días seguidos en ningún lugar. Así, poco a poco fue llegando el ansia por escribir. En un vuelo a Tenerife, sin nada que hacer, se me ocurrió una línea con la que empezar un cuento corto. Había sangrado un poco por la nariz (¿el cambio de presión?), manchando la libreta y decidí abrir con “La vida es sangrar por la nariz”, y ver qué salía a partir de ahí. Fue un mero entretenimiento, porque ya me había terminado el libro que llevaba y era incapaz de dormirme en el avión (lo sigo siendo). Rellené tres páginas, y sentí una especie de orgullo por lo que había hecho. Era, tras muchos años, la primera cosa que escribía que alcanzaba más de un folio.

Decidí seguir probando, seguir escribiendo. Pero siempre con prisa, siempre sintiendo el ansia por acabar lo que estaba escribiendo, como si tuviese el deber de hacerlo. Escribí algunas cosas más, aprovechando los interminables viajes en autocar (llevaba mi portátil) y, aunque lo que hacía no era gran cosa, al menos lo terminaba.

Llevaba desde enero en Bilbao, y ya era verano. Estaba a punto de tomar la decisión de volverme a Tenerife, volver a mis estudios y mandar a la mierda la “oportunidad”. Decidí darme un homenaje, y, con la excusa de ver a Glassjaw en su única fecha en toda Europa, ir a Londres unos días. Ahora, más maduro y con cierto conocimiento psicológico a mis espaldas, el viaje no parecía tan buena idea. De estar aislado y alienado, pasaría a estarlo triplemente en otro país, y lejos del piso que era mi casa. Pero en su momento no lo pensé, no me di cuenta de que era una huída hacia adelante y supuse que podría encontrarme a mí mismo en algún lugar lejano.

Hice noche en el aeropuerto de Stansted para ahorrarme el hostal, llegaba tarde y pensaba que podría echar una cabezada hasta la mañana, cuando salieran los buses a la estación de Victoria. Por si acaso, decidí llevarme unos cuantos libros. El problema es que ya había leído en el avión, y cuando aterrizamos, tras un enorme café (primer error), ya había finiquitado “Alta Fidelidad“. Empecé con otro (“Ampliación del campo de batalla“, de Houellebecq), pero estaba harto de leer y me dolía la cabeza. Dediqué horas a vagar por el aeropuerto, y cuando miré el reloj de mi móvil aún era la una de la madrugada. Creo que no hay palabras para describir lo desesperado que estaba, las ganas que tenía de que fuera de día.

Entré en una tienda de souvenirs y compré una libreta. Fue un impulso. Aunque iba a ver a Glassjaw, en esa época escuchaba obsesivamente a un grupo llamado Strata. En el disco hay una canción que habla de encontrarse con el diablo, y me pareció una buena idea sobre la que escribir. Mi odio por los aviones y mis ansias por escapar del aeropuerto hicieron el resto. La escritura me había ahorrado varias horas de deambular sin saber qué hacer, y me había dado mi cuento más largo hasta la fecha. Varias horas más tarde escapé de allí en un minibús de Easyjet y no recuerdo nada del trayecto: por fin podía dormir.

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  1. […] un viaje en barco. Y sin tránsito tampoco existiría “Ícaro“, que fue escrito durante el tránsito del tránsito del tránsito, tirado de madrugada en el aeropuerto de Stansted habiendo salido desde Bilbao, yendo de un lugar […]

  2. […] pienso y sí, debe ser en esa época, porque fue mientras vivía en Bilbao cuando, tirado en un aeropuerto de Londres, escribí uno de mis mejores cuentos (y el único que ha ganado algo hasta ahora). Lo hice […]

  3. […] en momentos en las que aún el mundo no se ha despertado. Viajando solo a horas intempestivas, en noches aeroportuarias. Sólo así fui capaz de desarrollar una melancolía especial: un ennui creativo al que le debo […]

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