Javier Alemán

Lunático (Certamen de relatos hiperbreves de La Orotava)

In Literatura, Relatos on junio 7, 2011 at 8:28 pm

Os dejo un relato hiperbreve con el que participé hace unos años en el Certamen de relatos hiperbreves de La Orotava. Como de costumbre, no gané nada, pero quedé más que satisfecho con el resultado y la experiencia (nueva para mí), de tener que ceñirme a menos de 400 palabras. A ver qué os parece.

Lunático

Desde donde estoy puedo ver la luna. No es tan pequeña como cuando la miras en la orilla de la playa, con ese brillo tímido y cálido. No existen nubes que la oculten, es enorme e indivisible ante mis ojos. El capricho de la meteorología no puede evitar, esta vez, que tienda los brazos hacia ella y la sienta. Sus cráteres son enormes, y a medida que pasan los segundos los veo más y más cerca. Vine hasta aquí buscando la tranquilidad. La paz. La soledad. Y ahora, al llegar, me encuentro en la mejor de las compañías. Mis extremidades no pueden abarcarla para darle un abrazo. Mi mente no puede comprenderla en toda su inmensidad.

Me queda menos de media hora de vida. El cable que me sujetaba a la estación espacial ya no existe, atravesado por un guijarro de basura cósmica (¿un tornillo de acoplamiento fugado, tal vez?). No hay gravedad que me retenga ni ataduras en la Tierra que me sujeten. Sólo estoy yo, en el enorme y oscuro vacío, el oxígeno que envuelve mi cara a punto de agotarse, y el enorme satélite al que me acerco a la deriva, susurrándome. Así suceden los últimos minutos de mi vida. Y al final, con la falta de aire que respirar, empiezo a comprenderlo todo muy bien. Es como si ya hubiera muerto y mi familia me hubiera colocado en un barco, flotando hacia alta mar. Antes de todo esto ya estaba muerto. También lo estaré dentro de un momento. Pero ahora, justo ahora, en este mismo instante, estoy más vivo que nunca. Los ojos abiertos, la sonrisa dibujada en mi cara, el corazón palpitante, y la gigantesca belleza, infinita y última, íntima y perpetua.

Nada de esto es verdad, por supuesto. Sigo postrado en la cama, mirando a través de la ventana el rostro que deseo que me libere. Mis brazos y piernas no se mueven, y el ángel que debe salvarme, tuerca o persona, sigue sin romper los tubos que me mantienen prisionero.

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