Javier Alemán

Cosas que no termino de escribir

In Literatura, Personal on octubre 6, 2011 at 11:12 pm

Qué fácil es empezar, y qué difícil es seguir. Es sencillo: viene una idea a la cabeza, y hasta que uno no empieza a sacársela de encima no se siente en paz. Así, empieza un relato más. Así empezó “En el país de los acantilados” (la única novela que he conseguido terminar), y así empezaron “Homo Homini Lupus” (en triste hiato) y “Esto no es dramático” (que corre ese riesgo a menos que me ponga en serio de una vez). El problema es que no sólo dejo novelas (o ideas de novela, al menos) a medio terminar, sino que me pasa lo mismo con formatos menos extensos, como el cuento corto. Viene la idea, escribo cuatro o cinco páginas del tirón, y se acabó. A ver si empiezo a ser un poco más constante, y empiezo a terminar.

Aquí una muestra inacabada, levemente basada en una paciente con la que traté en mi practicum:

BARRIO DE LA ALEGRÍA

Me dice que puede escuchar lo que piensan los demás de ella. Que llegó un momento en el que los oía perfectamente, y no podía ir por la calle porque no le dejaban pensar. Esto, evidentemente, es una locura. Cada tres días la veo, y cada tres días me lo repite. El resto de síntomas han remitido, y lo único que indica que algo no funciona bien en ella es la mirada ausente y la hipervigilancia: mira de un lado a otro, de derecha a izquierda y viceversa. Imagino que algo dentro de ella no le permite pensar que no tiene razón, porque eso significaría que está en el sitio que debe estar.

– No puedes escuchar los pensamientos de los demás, Eva. Para que oigas algo, tiene que haber un sonido; y los pensamientos no suenan.

Ella piensa que tiene la razón. Y está tan segura de eso, que se enfada cuando la contrarío, y me reta. Me dice que puede adivinar en lo que estoy pensando. Es joven, estará en la veintena y tendría toda una vida por delante, de no ser por esto. Pero como digo, se enfada. Sus ojos, de un marrón claro parecido a la miel, brillan con una chispa de odio. Está a punto de hacerlo de nuevo.

-Estoy segura, doctor, de que puedo decirle en lo que está pensando ahora mismo.

Incluso a mí me cuesta saber en lo que pienso a veces. ¿Cómo va a saberlo ella? El problema es que lleva un mes acertando. De un día para otro, tras desaparecer la sintomatología, logra averiguar lo que tengo en la cabeza. He consultado con mis compañeros, bromeando. No puede leer a ningún otro. Siento cómo sus ojos me escrutan, y me da miedo. Posiblemente sea porque pienso en cosas fáciles de acertar, o porque quizá ha aprendido algún truco de charlatán con el que sacarme información y averiguarlo. Por eso voy complicando los pensamientos. Me impongo una disciplina mental cuando estoy con ella y no me dejo divagar. Los días que tenemos sesión, mientras desayuno, decido en lo que voy a pensar. Lo visualizo, lo grabo en la memoria y añado detalles, para que sea eso, y no otra cosa, lo que estará en mi mente.

Esta mañana, mientras tomaba unas tostadas con mantequilla, lo he visto claro: la lluvia en verano. Tanto era el bochorno de la calle, que conseguía colarse a través de la ventana. Desayunaba y deseaba que lloviera. Y la he visto: el lento discurrir del agua, como si hubiera un aspersor perezoso en el cielo. En eso pienso ahora, en la lluvia fina y a cámara lenta de los días de verano que el sol no castiga.

– Está pensando en agua, doctor.

– Eso es muy general, ¿no te parece?

– Está pensando en cuando llueve, cuando está nublado y hace mucho calor.

– Lo siento, pero estaba pensando en el fútbol.

– Eso no es verdad. Incluso ahora sigue pensando en la lluvia, y en lo asustado que está, porque sabe que le puedo escuchar.

En efecto, sigo sin pensar en el fútbol. Pienso en la lluvia, y tengo miedo. Debe haber algún truco, alguna cosa que hace para saberlo. No hay forma humana de escuchar lo que piensan los demás. Es una idea delirante común, que termina por convertirse en alucinación. Pero es eso, un delirio, una extravagancia, una locura que hay que amputar del mundo. Simplemente, no puede ser verdad.

– Sigue sin creerme, pero sabe que tengo razón.

– No, Eva. Estás equivocada. Tienes un problema, y necesitas admitirlo para poder irte de aquí.

– Aquí estoy muy bien, sólo le oigo a usted. Fuera es insoportable.

– Eva, una vez te libres del problema, podrás salir sin escuchar nada. Podrás volver a casa con tu familia, al trabajo…

– No quiero volver a ningún sitio. Sé lo que piensan de mí. Sé lo que sienten mis padres, lo que cuchicheaban mis compañeros. No quiero irme de aquí.

Miro el reloj, nervioso. Me siento como si estuviera en el colegio, esperando que suene el timbre que indica que se ha acabado la clase. No se ha acabado, sigo teniendo que estar aquí, afrontando una realidad que no quiero afrontar. Sigue desbarrando, sobre lo mucho que le odian los demás, sobre lo falsa que es la gente. Carraspeo. Eva me mira y deja de hablar.

– Es normal, cuando uno llega a adulto, descubrir que la gente es hipócrita. Pero forma parte del ser humano, todos lo somos. Aunque en algún momento tus padres puedan pensar algo malo de ti, eso no significa que no te quieran. Y lo mismo pasa con el resto de la gente. Siempre haremos algo que no les guste, nos odiarán media hora por eso y luego se les pasará. Si nos dijéramos siempre la verdad sería imposible convivir, ¿no crees?

– Está nervioso, y no se cree lo que me está diciendo. Yo no le miento, doctor, yo no soy una hipócrita. Y sé que, aunque usted lo es, realmente me quiere ayudar. Pero no va a lograrlo con obviedades.

Vuelvo a mirar el reloj.

Me quedan diez minutos aquí, no hay forma de desaparecer del mapa. Necesito unas vacaciones, irme a la montaña, escaparme a una casa rural en la que no haya nadie. Nadie que me cuente sus problemas, nadie que me interrumpa cuando quiera leer o estar tirado en la cama. Una semana nada más, tres sesiones más, y por delante un mes de tranquilidad. Recuerdo mis primeros días en el hospital, hace ya más de diez años. Recuerdo el día en que una mujer se me echó a llorar y quiso abrazarme. Tengo grabadas dos imágenes: sus ojos llorosos y su boca, temblando. Así vuelvo a ser yo. Vuelvo al muro de indiferencia que aprendí a edificar ese día, y sobrevivo a los diez minutos restantes.

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