Javier Alemán

Horizonte próximo

In Paisajes, Personal on diciembre 18, 2011 at 11:16 pm

Cuando salgo de mi casa a la avenida de Las Canteras (un lugar privilegiado donde vivir), si miro hacia el fondo veo la playa de El Confital. Allí está, y aquí estoy yo. Llevo algo más de un año viviendo en Las Palmas, en la misma casa, y llevo algo más de un año viendo la playa en el horizonte próximo.

Un horizonte que no es nada lejano, alcanzable, asumible. Un fin del mundo al que realmente se puede aspirar. Y sin embargo, aún no he ido. Existe en mí la necesidad de llegar hasta el final, pero es una necesidad cobarde, cómoda. Siempre me ha sido más sencillo llegar a horizontes lejanos, que requerían un enorme viaje de por medio, que ir a sitios a los que mis propios pies me pueden llevar. Un movimiento tan sencillo como salir de casa sin buscar justificación, y continuar caminando hasta llegar, se convierte en una tarea hercúlea para la que no me termino de sentir preparado. Y de nuevo, nada me cuesta coger un avión para llegar a un punto en el mapa en el que nunca he estado, al que no he visto en la distancia.

Mi relación con los paisajes es casi íntima. Se ha ido perdiendo porque yo no he querido alimentarla, también preso de la misma vagancia. Pero ahí está. Puedo quedarme ensoñado un buen rato, mirando a ningún punto concreto, con la mirada fija en algún detalle que me ha llamado la atención. Es algo que me gusta tanto que decidí regalárselo al protagonista de mi primer libro, quizá pensando que sería algo bueno que compartir. Pero me he convertido en un asceta de los paisajes. Ahora los evito y no los exploro. Cuando estuve viviendo en Zaragoza, en Bilbao, en Madrid…cuántas cosas podía abarcar con los ojos, y cuántas quedaron abandonadas por la holgazanería. Casi no puedo entenderlo.

Cuando era pequeño me hechizaba un pueblo que se veía en las montañas, al que miraba todas las mañanas cuando iba a sacar a los perros, en Tenerife. Sin pensarlo demasiado, con mis trece años, decidí ir caminando hasta allí, aprovechando una mañana de fin de semana. Fue un arrebato, precisamente cuando sacaba a los perros. Ni corto ni perezoso, sin saber llegar, me puse en camino y averigüé que lo que veía era Valle Tabares (realmente un barrio). Caminé y caminé, y terminé llegando. Y esos mismos pies que me llevaron en subida, ya cansados, me bajaron hasta casa. Creo que fueron unas tres horas de marcha, a cambio de sólo diez minutos de paseo por el lugar, viendo la montaña completamente verde y animales que aún no había visto en directo (vacas, fundamentalmente). Aún recuerdo esa pequeña excursión mía.

Ahora doblo esa edad, y he abandonado el impulso, dejándome llevar por el comfort y la pereza. Pero la necesidad sigue ahí, y quizá escribiendo esto me dé cuenta de que debo abandonar de una vez esa actitud y volver al horizonte próximo que me llama.

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