Javier Alemán

Fuerteventura, otra vez

In Paisajes, Personal, Viajar on mayo 17, 2012 at 7:50 pm

Volvía este domingo pasado a Fuerteventura, una isla que había visto muy poco y no me generó una impresión demasiado positiva. Entre mis intenciones, más allá de trabajar captando socios para Cruz Roja, estaba el descubrir el verdadero alma del lugar. Y lo curioso es que, cuando más cerca estaba de hacerme al paisaje, la isla empezó a rechazarme.

Llegamos al aeropuerto y desde allí a Corralejo, mucho más amable y agradable que Puerto del Rosario. Por el camino, de nuevo las casas abandonadas en medio de la nada, la locura urbanística y el dinero negro que había destrozado el paisaje.

Acercándonos al parque natural de Corralejo, a esas inmensas playas y dunas que nada tienen que envidiar a las de Maspalomas, otro desagradable descubrimiento: el Parque Holandés. Un proyecto más para alojar a turistas, con urbanizaciones más que abandonadas y algún que otro okupa viviendo en casas de lujo. Lo puedo comprender, ante la perspectiva de los cientos de viviendas vacías que hay en la isla. Sobrepasándolo nos encontramos con Montaña Roja, y pasamos de ver sólo carretera y tierra desnuda al parque natural: bellísimos paisajes de arena blanca fina y mar turquesa que recuerda al Caribe, con un enorme pero: los hoteles Riu, una triste muestra del poco respeto que tenemos los canarios por nuestra tierra y una puñalada visual al paisaje y medio natural.

Ya en la ciudad la sensación es ambivalente. Por un lado, es obvio que está llenísima de turismo y viviendas para los visitantes, pero también tiene mucha vidilla. A través de la avenida principal, y llegando a la playa, encontramos todo tipo de comercios y restaurantes; y es una delicia poder bañarse mientras vemos de fondo la Isla de Lobos. El paseo marítimo es algo estrecho y está sobrepoblado de terrazas, pero puede disfrutarse e invita a caminar por él hasta llegar al puerto que comunica con Lanzarote y Lobos.

Poco a poco, en los trayectos desde Corralejo a Puerto del Rosario para trabajar, iba haciéndome a las vistas. El mejor momento del día era el baño en la playa, a las 7 de la mañana, para luego subirse al coche y disfrutar de las dunas de El Jable (otro nombre para el parque natural), apartando la mirada para no caer en los hoteles. Sorprende lo habituada que está la gente de la isla a coger el coche y meterse entre pecho y espalda desplazamientos todos los días que asustarían a cualquier otro canario. Es imprescindible, si uno quiere conocer bien el lugar, sumergirse en sus carreteras infinitas y en los pueblos menos conocidos, y eso quería hacer yo si sacaba el trabajo adelante en menos tiempo del esperado.

Lamentablemente, ese espíritu, ese Maxorata genuino, sigue esperándome. Porque nada más llegar fueron surgiendo las desdichas. Primero la ola de calor con su alerta naranja, luego el robo de mi móvil de empresa mientras me tomo algo en una terraza; y finalmente un esguince de tobillo tontísimo al bajar unas escaleras. Así que ahora, en vez de seguir descubriendo Fuerteventura, sin tiempo para la arqueología de sensaciones en el lugar; estoy de vuelta en Gran Canaria (gracias a que en Cruz Roja me pudieron llevar y recoger del aeropuerto) con la pierna en alto. Tristemente, quedará para la próxima vez.

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  1. […] en mi sueldo. Sin embargo, siempre me ha acabado pasando algo: un móvil roto, otro robado, un esguince, una avería de coche en medio de la más absoluta nada… La cosa es que, poco a poco, voy […]

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