Javier Alemán

Las Raíces

In Literatura, Relatos on julio 13, 2012 at 9:42 am

Lluvia horizontal

Primer relato que arreglo y termino gracias al curso “Escribir y reescribir” con el que estoy actualmente. Pretende ser una especie de homenaje a Chesil Beach, de Ian McEwan. Lo postearé a continuación, aunque también dejo aquí el PDF para quien prefiera leerlo en ese formato.

LAS RAÍCES

Las hojas de los árboles se balancean por el viento, marcando el paso del tiempo en un lugar en el que uno no tiene más referencia que ésa. La luna ilumina el cielo nocturno y arriba, más allá del mundo, resplandecen las estrellas. Ahora, en vez de eclipsarlas las luces de la ciudad, sólo las copas de los pinos se atreven a hacerlo. Aquí, en Las Raíces, ocurre a veces un fenómeno singular llamado “lluvia horizontal”. Las nubes quedan atrapadas entre cadenas montañosas y se pasean por las ramas sin terminar de descargar su contenido. Las pequeñas hojas perennes del bosque atrapan el agua gota a gota y al ser mecidas por el viento liberan su contenido.

Llueve horizontalmente en medio de la oscuridad, llueve con elegancia y el tiempo desearía pararse. Gara y yo hemos venido a este lugar porque sabemos que, de alguna manera, todo pasa más lento. Alejados de la civilización consumiremos las últimas horas de mi última noche en Tenerife. Nos repetimos que es sólo para un año, aunque los dos tenemos la sospecha de que realmente acabará siendo para más. Nos prometemos que nos seguiremos viendo. Nuestros ahorros y nuestros trabajos nos permitirán seguir viviendo el mismo sueño en el que llevamos embarcados desde hace dos años.

Nos besamos, y el parabrisas del todoterreno en el que estamos nos traslada un tenue tictac. Cada gota que cae es un segundo menos de nuestra vida juntos. Nos volvemos a besar. El agua se derrama de maneras extrañas en Las Raíces y así podemos creernos nuestras mentiras. Porque de hacer esto en un lugar normal, con lluvia normal, sería aparente que todo va a desaparecer. Sería muy sencillo entender que tras un año trabajando como ingeniero en Zurich prorrogarán mi contrato. No por ser muy bueno, no por haberme dejado claro que el primer año era una formalidad. No. Es evidente que pasaré más tiempo en Zurich porque mi padre está allí y no va a dejar pasar esta oportunidad de “darme el trabajo de mi vida”. Y ella debe quedarse, porque cada vez juega mejor al voleibol y en breve será titular en el equipo. Pero aquí arriba, en el monte, lo único real son las mentiras y la lluvia horizontal.

Mientras nos desnudamos, listos para hacer el amor, le propongo a Gara que tomemos una copa. La última copa, el último polvo, los últimos besos. Ella no quiere aceptar, pero yo no paro de suplicar. He subido una botella de ron, y en el maletero hay una neverita con varios refrescos. ¿Qué nos puede pasar? Hay un amago de discusión, pero al final da su brazo a torcer.

Salgo del coche, todavía con el pantalón puesto. La oscuridad es total. Mis únicas guías son los faros, la luna y alguna estrella. La luz emitida por el vehículo forma dos curiosos conos que revelan partículas en suspensión y se pierden unos metros más allá. No sé por qué, pero me invade el miedo. La realidad se arrebuja en mi cabeza y la noche me asusta, así que avanzo con prisa hacia la parte trasera del todoterreno, abro el maletero y puedo ver la sonrisa de Gara desde donde estoy. Cojo dos latas de refresco de la neverita, cierro la puerta y avanzo hasta la puerta del copiloto.

Está cerrada.

Me lleno de más y más tensión. Sé que está jugando conmigo, que no pretende ser más que una broma, pero me muero de miedo. Aporreo la ventana con suavidad, intentando mantener la calma. Sonrío nerviosamente hasta que un “clac” me confirma que la puerta está por fin abierta. Entro y Gara ya está desnuda del todo. Se me abraza y me besa con ternura. Noto su corazón, que acelera y acelera. Los dos estamos asustados. Hablamos sin parar sobre cosas sin la menor importancia. Política, música, películas. Queremos agotar el tiempo, queremos crear un resumen de lo que ha sido nuestra relación hasta ahora y hacer, en una noche, todo lo que hemos y no hemos hecho en dos años. Pero ni siquiera en Las Raíces eso es posible. Yo me termino de desnudar y tomamos esa última copa. Pero como estamos sedientos de vida acabamos tomando una segunda. Luego hacemos el amor, un polvo triste y a veces furioso, un resumen de todos nuestros encuentros previos.

Exhaustos, nos recostamos abrazados en el asiento de atrás. No hay nadie y nadie vendrá a ver a un hombre y una mujer desnudos en mitad de la noche. Cierro los ojos y la cabeza se me llena de recuerdos. El corazón de Gara se ha calmado, y casi palpita en sincronía con el mío. En algún momento tendremos que irnos del bosque, emprender el camino de vuelta hasta La Laguna y volver cada uno a su casa. Yo cogeré la maleta, iré al aeropuerto de Los Rodeos y de allí un avión me llevará hasta Madrid. Esperaré unas horas en la terminal de Barajas, mataré el tiempo lleno de tristeza entre tiendas carísimas y luego cogeré el vuelo a Suiza. Lejos de todo esto. Lejos de este momento.

No sabría decir cuánto tiempo pasa hasta que el abrazo se deshace y nos vestimos. Gara lagrimea en silencio mientras cada uno se coloca en su respectivo asiento. El tiempo se extingue, el presente se transforma en futuro y debemos irnos de Las Raíces. Yo le suplico que nos quedemos un poco más. Al fin y al cabo, estamos bastante cerca de La Laguna, y si luego aceleramos un poco llegaremos sin ningún problema. Nos volvemos a besar, y aunque ella duda, nos quedamos un rato más, mirándonos en silencio. Supongo que los dos lo hacemos porque sabemos que, al estar callados, las agujas del reloj se mueven más despacio.

Pero hay que arrancar.

Gara insiste y me dice que no debo perder el avión. Yo hago una mueca de disgusto mientras asiento. Es ella quien se pone al volante, y yo aprovecho para tomarme una última copa que me llene de valor para afrontar la despedida. La carretera serpentea y yo hago lo propio, notando el efecto de las copas por primera vez. Nos alejamos de la lluvia horizontal y volvemos a la civilización donde las nubes se dignan a descargar verticalmente.

Pero la carretera está mojada, o la conductora sigue teniendo alcohol en sangre, o hay un bache insalvable. No sé lo que pasa, pero el coche hace un trompo extraño y mi cabeza se llena de un enorme “crack” y mi cuerpo es zarandeado de un lado a otro.

Crack, crack y más crack. Crack.

Cuando vuelvo en mí lo primero que siento es un inmenso dolor de cabeza y mis venas palpitando, quejándose del esfuerzo que han tenido que hacer. Miro a mi alrededor y veo a Gara a mi izquierda. Tiene la cara ensangrentada y la cabeza se le va hacia la derecha. Su pelo es una maraña pegajosa cuando lo acaricio desesperado. Susurro su nombre. Sólo puedo susurrar aún queriendo gritar. Me quito el cinturón de seguridad y apoyo la cabeza en su pecho. No oigo nada. No siento nada. Presa del pánico la vuelvo a llamar, le intento abrir los ojos y colocar la cabeza en la posición en la que debería estar.

Nada.

El coche está abollado hacia adentro por su lado y el parabrisas se ha roto. Sin embargo, en mi lado parece que nunca hubiera pasado nada. Ni siquiera la guantera se ha abierto. Busco en mi bolsillo mi teléfono móvil. Lo enciendo y me come la desesperación mientras arranca. Condenada máquina del diablo. Empiezo a marcar el teléfono de emergencias, y mis dedos se congelan.

¿De qué va a servir? Rompo a llorar.

No va a servir de nada. A mí me llevarán al hospital, me harán un montón de preguntas y perderé el avión. Cuando llegue mi vuelo a Zurich, mi padre estará esperando hasta tarde y no me verá salir. Pondrá cara de decepción. Y así habrá terminado todo.

Nadie sabe que he estado en este coche. Mi madre está de vacaciones y no hay nadie esperándome. Gara vive sola. Si marcara alguna diferencia, llamaría. Si de alguna manera supiera que marcando las tres cifras, que implorando uno, uno y dos la puedo salvar, lo haría. Pero no oigo su corazón y no la oigo respirar. Y vendrán las preguntas, las sospechas, las dudas. Sabrán que hemos bebido. Abro la puerta del coche y me voy sin mirar a atrás.

No quiero hacerlo, porque sé que si lo hago, esa última imagen, el todoterreno abandonado en medio de la noche, el metal abollado y la sangre me acompañarán el resto de mi vida. Ni siquiera puedo despedirme. Me tiemblan las piernas, me tiemblan las manos y mi corazón va a salírseme por la boca. Estoy aún en la carretera, pero recuerdo que hay casas cerca.

A trompicones me muevo, me muevo y tropiezo. Poco a poco voy dejando de pensar. El ser humano es encerrado y el animal huye. La carretera está dura, más y más dura mientras no paro de correr. Porque sólo puedo hacer eso, correr, correr, correr. La sangre va a los pies y los calienta, las rodillas crujen del sobreesfuerzo y todos y cada uno de mis músculos se tensan y destensan con violencia. Correr y correr y correr.

Avanzo y la oscuridad es menos densa. Unas luces vienen hacia mí y más tarde razonaré que es un coche que ha estado a punto de arrollarme. El bosque se va llenando de ruidos. Oigo voces a mi izquierda y derecha. Corro. Temo que alguien me haya visto huir del lugar. Empiezo a pensar que no ha sido buena idea, que tendría que haber hecho algo. Pero tropiezo y caigo. Ruedo hacia la derecha de la carretera y las piedrecitas del suelo me acuchillan al aterrizar.

Un tambor en mi sien me obliga a levantarme, pero jadeo y aprovecho que estoy en el suelo para descansar un momento. Sólo un momento. Algo líquido, caliente y pegajoso sale de mis manos. Me relajo. Cierro los ojos y quiero parar, sólo un momento.

Oigo el motor de un coche a mi izquierda, alguien que se habrá levantado pronto para ir a trabajar y encontrará una sorpresa en la carretera. Quiero dormir. Desaparecer media hora y seguir la marcha. Noto un ligero calambre en mi pierna izquierda, que va creciendo y subiendo de la pantorrilla al muslo. Me levanto animado por el dolor y decido que no puedo descansar. Si duermo ahora, se acabó.

Corro de nuevo. Quien me vea ahora puede asustarse. Estoy lleno de tierra y costras, pequeñas heridas en todas partes de mi cuerpo y especialmente en las manos. Sigo así no sé cuánto tiempo, hasta que llego a un tramo familiar. Veo varios chalets, badenes en la carretera, una parada de guagua a mi derecha y alumbrado público, aún encendido. Aún sigue siendo de noche y eso es una buena noticia. Estoy todavía a tiempo, si consigo una forma de llegar a casa.

Ya no sirve correr. Mis piernas existen sólo porque las veo al bajar la mirada, pero no puedo notar nada de lo entumecidas que están. Sé que si doy un paso más, algo malo pasará. La parada de guagua es una de las antiguas, no una marquesina o un poste, sino un asiento de piedra con un techo por si llueve y un cartel con las líneas. Ha sido arrancado y no sé si pasará alguna ahora. Pero como de momento he tenido suerte, me siento a esperar.

Evidentemente, no pasa ninguna aún. Pero poco a poco pasan coches. A mi cabeza le cuesta pensarlo, pero me doy cuenta de que mi única opción es el autoestop. Nunca lo he hecho, y probablemente nunca lo volveré a hacer. Escupo primero sobre mis manos, intento frotarlas con cuidado para no hacerme más daño, y limpiar algo de la mugre de la que están cubiertas. Una infecciosa mezcla de tierra, sangre y sudor que al mojarse va convirtiéndose en arcilla de color cobrizo. Escupo también sobre una de las mangas de mi jersey y me cuesta acumular algo de saliva. La paso por mi cara para tener un aspecto vagamente humano, froto y froto intentando recuperar la compostura.

No habré logrado mucho, pero elevo el brazo hacia la carretera y me siento afortunado. El sexto coche para, y dentro va un hombre mayor que me pregunta si estoy bien. Le digo que me han atracado, pero que no llevaba nada de valor. Que tengo prisa, que voy a perder un vuelo. El hombre es demasiado amable como para ser real, pero parece tragarse mi historia. En el camino (que no lleva más de diez minutos en coche para llegar a mi casa) me cuenta que es profesor de matemáticas. Le quedan dos años para jubilarse y va a echarlo de menos. Dice que quizá dé clases particulares. Me bombardea con anécdotas de alumnos, las pocas que puede soltar en ese corto espacio de tiempo. Yo lo miro de arriba abajo, y donde debería ver un hombre veo un ángel canoso, con barba arreglada y ojos verdes. Me da su teléfono por si tengo algún sobrino (debe pensar que soy joven para tener hijos, y lo soy) que necesite clases de refuerzo.

Y así de fácil, estoy en la puerta de casa. Es una casa terrera de una planta, como muchas de las más antiguas de La Laguna. La puerta recuerda a otros tiempos por su tamaño. Es enorme y de madera, y tiene el típico llamador de metal con forma de mano para golpearla. Nervioso hurgo mis bolsillos y no encuentro las llaves. Primero el izquierdo y luego el derecho. Luego los traseros. Me asusto y mi corazón se vuelve loco. Pero están en el bolsillo derecho, escondidas ante la primera inspección.

Abro y me recibe otra oscuridad profunda. No llega la luz de la calle porque las ventanas tienen contraventanas interiores de madera para, en teoría, evitar los robos. Así que me sumerjo en la negrura, corriendo de un lado a otro de la casa. Primero voy al baño y me ducho. Froto con furia para quitarme toda la roña. Me seco sin tiempo y corro hasta la habitación, donde tengo las maletas y ropa limpia. Una camisa blanca, un jersey de rombos, unos vaqueros y unos zapatos cómodos. La ropa que llevaba puesta, las últimas fibras que tocó Gara se va a la basura. Remuevo en el cubo y la coloco al fondo, para que mi madre no la vea cuando vaya a tirar la bolsa. Me siento como si la tirase a ella a la basura, pero no tengo otra opción.

Llamo a un taxi y lo espero en la puerta de casa. He comprobado que todo estuviera bien. Al alzar el teléfono para procurarme un transporte he querido llamar a urgencias  y mandar una ambulancia para el lugar del accidente. Pero no lo he hecho.

El taxista me sonríe y me da los buenos días. Yo bromeo y le digo que tal vez todavía se den las buenas noches. Hablamos poco de camino al aeropuerto y lo agradezco, porque no quiero hablar con nadie. La carretera ondula de un lado a otro, con el movimiento del coche. Es una serpiente sinuosa que no deja de recordarme lo que ha pasado hace sólo un momento.

Me ayuda a bajar las maletas y me desea buena suerte. No sé por qué lo hace. Entro en el aeropuerto de Los Rodeos, no sin antes golpearme con la puerta giratoria y estar a punto de echarme a llorar. El mostrador de facturación de mi vuelo a Madrid indica que es el último minuto. Corro y vuelvo a correr, y el deseo del taxista se materializa en una azafata bondadosa que me permite pesar las maletas y subir al avión.

Mi cuerpo se quiere desplomar mientras subo por las escaleras mecánicas hasta el primer piso, donde está el control de embarque. Entro en una tienda duty-free y compro el primer periódico que encuentro. Anuncia, como casi siempre, malas noticias. Con ellas en la mano me acerco al control, enseño mi tarjeta de embarque a un trabajador del aeropuerto y paso el arco detector de metales. Pita. Un guardia civil me mira con lo que creo que es sospecha y me pide que me haga a un lado. Me cachea y acaba encontrando mis llaves de casa. Sonríe ante mi despiste y me dice que tenga más cuidado la próxima vez, que hay que vaciar el contenido de los bolsillos en las bandejas y pasarlas por el detector para no llevarnos sustos.

Me da tiempo de tomarme la cerveza más cara de mi vida en una cafetería que hay frente a la puerta de subida al avión. El embarque es puntual y antes de darme cuenta ya estoy sentado en el avión. Mi cuerpo me suplica descanso y yo muevo la cabeza hacia un lado y todo se apaga.

Sueño con la lluvia horizontal.

Alguien me interrumpe cuando me pide paso para ir al baño. No me había dado cuenta aún, pero estoy sentado en la columna de pasillo. Me levanto y hago a un lado, llevándome un golpe con el carrito de los snacks. Los ojos se me cierran mientras espero a que quienquiera que sea vuelva a su asiento. Alguien me pregunta si estoy bien. Mi acompañante, a quien sólo veo borroso ya, se sienta. Y yo me siento y vuelvo a sumergirme en la inconsciencia.

Sueño, otra vez, con la lluvia horizontal. Con Gara mientras vivía.

En Madrid mis maletas no tardan y puedo hacer con calma el tránsito. Como queda aún una hora para el embarque me da tiempo a tomarme dos copas de vino que aligeren la carga y me ayuden a dormir hasta llegar a Zurich. El sabor me recuerda un poco a la sangre, y otra vez estoy a punto de echarme a llorar. O quizá sólo me piquen los ojos de dormir mal.

Vuelvo al avión como un robot. No me cuesta dormir y eso es una bendición.

Sueño con una ligera neblina que sube desde La Laguna hasta Las Raíces. Una capa fina y espesa que deja ver, sólo tenuemente, lo que tengo alrededor. Asciende desde las raíces, desde lo más profundo de la tierra, y se mezcla con la lluvia horizontal en las copas de los árboles. Llueve doblemente, la humedad cala mis huesos y estoy solo en el todoterreno. Los cristales se empañan poco a poco con mi vaho y despierto ya en Suiza.

Al salir del aeropuerto mi padre está esperando con una sonrisa en la cara y un maletín negro en la mano derecha. No lo suelta para abrazarme, así que su contenido debe ser preciado. Me dice que me encantará, que todo irá bien aquí. Hay niebla en Zurich, una niebla profunda que me impide ver nada de la ciudad en la que viviré.

Pasan tres años.

Pasan tres años y sobrevivo. Decido terminar con la botella de vino y echo el resto de su contenido en la copa vacía que tengo en frente. Estoy sobre un sofá mullido en mi piso. Es un piso pequeño, con una única habitación y un baño, pero el salón es enorme. Hay dos estanterías, mi mesa de trabajo con el ordenador y dos sofás que ya estaban cuando lo alquilé y desentonan con el resto de muebles. Enciendo la televisión y pongo el canal de deportes de España, como hago siempre que no estoy trabajando. Apuro la copa del vino hasta el final y empiezo a sentir el mareo.

Tras el baloncesto llega el voleibol y veo a Gara ganando la Copa de Europa. Es el único equipo femenino de España que la ha ganado, y eso le vale algo menos de un minuto en la programación. Veo su cara sonriente, la celebración con sus compañeras y de repente se corta la imagen y aparece un futbolista hablando obviedades.

Nunca dijo nada. Le costó problemas con su familia y con el equipo una vez se sospechó que había alguien más con ella tras el accidente. La investigación llegó a punto muerto, pagó la multa y no me mencionó. Como si yo nunca hubiera estado en Las Raíces, como si nunca hubiera existido. Y, en el fondo, nunca estuve allí. Porque de haber estado, podría haber llamado a la ambulancia. Al llegar me habrían dicho que estaba bien, que no había notado su pulso ni su respiración porque yo mismo estaba en estado de shock. Habría pasado con ella la noche en el hospital. Le habrían dado el alta al día siguiente, nos habríamos abrazado y yo le hubiera dicho que me quedaba en Tenerife. Estaría viéndola en todos sus partidos, en vez de vagando de bar en bar, de mujer en mujer. Tendría alguien con quien terminarme cada botella de vino. Así que no, yo no estaba allí, sino en otro lugar muy lejano, fuera del país.

Apago la televisión y me tumbo en el sofá. Cierro los ojos. Sueño con Las Raíces y recuerdo la sonrisa de Gara, noto su cuerpo fundiéndose con el mío, su mirada reconfortante aliviando mis penas. Me dice que esta noche durará para siempre, y que el tiempo no pasa cuando llueve en horizontal.

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  1. […] Ahora que de repente me ha salido otro trabajo (del que supongo que hablaré en algún momento, porque me hace ilusión) y tengo unos días antes de incorporarme, me he propuesto seguir aprovechando a lo bestia ese maravilloso bono mensual que en el área metropolitana de Tenerife permite moverse por Santa Cruz, La Laguna, El Rosario y Tegueste. Eso no sólo significa todo el casco urbano, sino los extremos de cada municipio, auténticas islas perdidas en el tiempo como La Punta del Hidalgo, Igueste de San Andrés (Anaga entera, realmente) o áreas boscosas inmensas como Las Raíces. […]

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