Javier Alemán

Ésta es mi carne

In Literatura, Relatos on julio 30, 2012 at 11:28 pm

Ahora sí, mi último relato hasta la fecha. Aunque es una idea antigua, ha sido reescrito por completo desde cero, y creo sinceramente que como cuento corto es lo mejor que he escrito hasta la fecha (quizá con la salvedad de “Ícaro”). Os lo dejo en PDF o a continuación, como prefiráis.

Ésta es mi carne                                       

“Citius, Altius, Fortius”

Escuchas el sermón del sacerdote. Un batiburrillo de ideas, que cada dos por tres se remontan a lo mismo. El valor del sacrificio, el valor del esfuerzo. Puedes oír su voz, ronca y nasal, repitiéndolo. Más rápido, más alto, más fuerte. Sus enormes bigotes se mueven al decir las palabras, y vestido todo de negro te recuerda a una enorme y flaca morsa, uno de esos “animales” ya extintos de los que sólo quedan dibujos.

Todos los días, por la mañana, tienes que escucharle. No sólo habla de eso, claro. También insiste en la imagen de Cristo, que se sacrificó por la humanidad. Te dice que eso hace él, cediendo las mejores vitaminas, los mejores aminoácidos y los mejores comprimidos a gente como tú. Se niega a alimentarse adecuadamente para que tú puedas hacerlo. Para él, eso es lo justo. Para ti, también. Cada uno tiene su lugar, y él no es más que un profesor, un maestro que te acompañará en el camino y, llegado el momento, será superado por el alumno.

“Cuánto me gustaría tener ese honor”

Pero el honor lo tienes tú. Lo tenéis los que asistís todas las mañanas al sermón. Desde el altar os anima, y os dice que el Salvador también entregó su carne. Su carne y su sangre, para limpiar los pecados. Convirtió en mandato hacerlo, y por eso todos vosotros estáis aquí. Los hay, como tú, que no recuerdan cómo llegaron al centro. Y también, algunos de tus compañeros, que voluntariamente dejaron su pecaminosa vida atrás cuando se les ofreció la redención.

Cómo te gustaría tener ese honor. Porque de los que estáis ahí eres el más pío, el más fervoroso, el más decidido. Pero tienes la mancha de no haber elegido ese camino, sino haber nacido en él. ¿Cómo ser el más benévolo si no has probado el pecado ni te has apartado de él?

Un ruido te hace mirar a la derecha, y ves a uno de tus compañeros llorar de devoción. Lo envidias, aunque sabes que la envidia no es buena y que todos tendréis la oportunidad.

Llevas años así, en el centro de redención. No recuerdas si lo has visto desde fuera, pero sabes que es un edificio rectangular porque estás acostumbrado a sus pasillos. Blanco nuclear, austero y con pocos adornos salvo la habitual cruz o fotos de otros seres humanos. La capilla es igual: una habitación cúbica con varios bancos para la oración, cuyo impoluta blancura sólo se ve perturbada por papel pintado a modo de vidrieras con la historia del Cordero de Dios.

Cuando termina el sacerdote de hablar, cuando deja de insistir en ser más rápido, llegar más alto y ser más fuerte, sales al pasillo con la intención de dirigirte a tu habitación. ¡Tienes una habitación propia! Fuera de la instalación, te dicen, la humanidad sueña con algo así. Esas personas a las que salvas viven en cubículos diminutos, hacinadas. Y tú, antes de redimirte, vives un lujo que ellos nunca conocerán.

Pero haces como siempre, y vas parándote para contemplar los mosaicos de las personas a las que vas a salvar. Caras y más caras demacradas, expresiones de dolor, de furia y un sinfín de ojos tristes que te persiguen. Ése es el mundo, te dicen, en eso ha acabado convertido el ser humano. No se puede sobrevivir sin carne, no se puede depender sólo de las pobres cosechas que dan unos campos a los que ya se les ha exigido demasiado.

A ti te permiten comer bien, claro. Te dicen que un laboratorio ayuda a sintetizar los complementos necesarios para estar en un estado óptimo de salud. Te dan tomates, lechuga, papas, plátanos…todo de un huerto que hay en los aledaños del centro. No lo has visto, pero debe ser un lugar maravilloso, una leyenda hecha realidad. Te gustaría verlo antes de morir, pero no es posible.

Fuera, en el mundo exterior, hay gente envidiosa de tu posición. Gente que no entiende el valor del sacrificio, y que, si pudiera, se llevaría todos los frutos de la tierra para su consumo, condenando al resto de seres humanos al hambre. Por eso no debes salir, y por eso la instalación está tan vigilada. Pero es normal, te dices, es totalmente normal.

Estarías mirando las caras toda la vida, imaginando la historia de cada uno de ellos. Fantaseando con cómo esas muecas de desesperación se convierten en sonrisas de ánimo tras salvarles. Pero debes hacer mucho aún, tienes unas tareas para el día y ya queda muy poco tiempo para que seas elegido. No debes dejar de esforzarte, ahora que tu momento se acerca. Continúas por el pasillo y saludas con la cabeza a varios compañeros que te encuentras. Todos sonríen, todos están llenos de una paz contagiosa, y no debería ser de otra forma.

Al llegar a tu habitación te miras en el espejo, otro lujo necesario. Vas vestido de manera sencilla, con un chándal blanco ideal para tus tareas, que lleva inscrito en la pechera las tres palabras más importantes que conoces.

“Citius, Altius, Fortius”

Te desvistes con velocidad. Fuera el chándal, fuera los pantalones, fuera el calzado deportivo. En frente, en el espejo, hay un hombre de aspecto tierno, saludable. Un cuerpo bien formado, fruto del esfuerzo, del trabajo incansable, de las ganas de estar a la altura del desafío que tienes por delante. Se notan los músculos a medida que recorres con la mirada, de arriba abajo, pero no son tan exagerados como los de tus compañeros. A ti te han pedido que estés sano, que no haya una gota de grasa ni toxinas, y tu conquista está delante, en el reflejo. Otros son más grandes, más musculosos o lucen una curiosa barriguita, pero tú cada vez eres más atractivo, más Olímpico.

Tras sonreírte y ceder por un momento a la vanidad te tumbas boca abajo. El suelo está frío y te gusta su tacto liso y delicado. Apoyas las manos en paralelo a tus hombros y empiezas a hacer flexiones. Forma parte de tu rutina diaria antes de ir a hacer gimnasia en grupo o de unirte a los juegos con tus compañeros.

Diez flexiones. Quince flexiones. Veinte flexiones. Hay un momento en el que paras de contar y te centras en tu respiración, que va volviéndose irregular a medida que sigues con el esfuerzo. Sigues y sigues hasta que el cuerpo te pide parar.

Pero no paras del todo, porque te tumbas boca arriba y tardas muy poco en empezar a trabajar los abdominales. Tu cuerpo se llena de sudor y eso te gusta, porque significa que estás haciendo bien las cosas.

Más tarde, en una de las salas comunes, todos os sentáis alrededor de uno de vuestros compañeros. Él, erguido, es imponente. Un gigante, un coloso. Es un dios de piel pálida, cuya desnudez recuerda a las fotos que os han enseñado de los antiguos griegos. Le cantáis un salmo que os han enseñado:

“Oh Señor, acepta mi sacrificio

Mi vida es la vida de todos los demás

Porque yo traigo tu Luz

Oh Señor, acepta mi sacrificio”

Rompéis en lágrimas mientras seguís salmodiando. En la sala entra uno de vuestros maestros portando una corona de laurel y se le acerca con parsimonia. Sabes lo que va a pasar: va a ser elegido Olímpico, honrado con la gloria de sacrificarse por el resto de la humanidad. Te muerdes los labios hasta sangrar, carcomido por la envidia. Pero pronto te tocará.

El aplauso llena la sala cuando vuestro mentor le coloca la corona. Por fin, por fin llegó su momento. Sin poder contener la emoción, el dios se echa a llorar también. Será un dios breve y pronto abandonará el centro de redención. Seguramente no lo volverás a ver dentro de unos minutos. Poco a poco, tus compañeros y tú vais acercándoos a tocar su mano, su pecho, sus pies. Besáis todo su cuerpo, le atrapáis, casi dejándole sin aire.

Has visto muchos dioses menores, muchos pequeños mesías en minúsculas. Y él ha sido el más hermoso. Cuando abandona la sala, os consoláis los unos a los otros durante un buen rato y casi sin hablar. Pero ya es muy tarde y tienes que irte a dormir. Te arrepientes de la herida que has conseguido hacerte en el labio, porque es fruto de la vanidad y mancha tu cara hasta que sane. Pero te queda poco, y vas a dormir con una pequeña sonrisa fantaseando con cómo será tu día.

Los días se suceden de manera apacible. Cantáis salmos, recibís sermones, ejercitáis el cuerpo y tu alma se va llenando de luz, de la misma blancura que mana de las paredes del lugar.

“Citius, Altius, Fortius”

De nuevo atiendes al sacerdote. Está cada vez más delgado, si es que eso es posible. Hoy es breve, pero muy intenso. Canta, grita y te llena de fervor. Luego os pone en fila y os da la comunión. Te pones en fila, una cola que avanza con calma, con la suma de la paz de cada uno de sus integrantes.

“Tomad, y comed, pues éste es mi cuerpo, que será entregado por vosotros.”

“Amén”, le dices.

La sagrada hostia se pega a tu paladar y tiene hoy un sabor especial. Es ácido pero dulzón, no sabrías definirlo porque es la primera vez que lo pruebas. Seguramente sea un augurio.

Cumples con el ritual de ensimismarte con las imágenes de distintas personas al salir de la capilla. Familias amontonadas, devoradas por el hambre y la falta de recursos. El mundo es cruel, es un sitio devastador sin esperanza. Pero te tiene a ti, a ti y a tus compañeros. Esas caras corroídas, destruidas por la miseria, no se parecen a ninguno de vosotros. Son feos, con el pelo grasiento, sin dientes, picados de viruela…Por un momento piensas que no sois la misma especie. Y es bueno que el desventurado ser humano tenga por fin dioses que se preocupan de ellos.

Con suavidad alguien roza tu hombro y te saca de tu ensimismamiento. Es el sacerdote, que ha salido a buscarte. No te dice mucho, pero sí lo que quieres escuchar: hoy es tu día.

Las lágrimas se escapan de tus ojos y riegan el suelo. Le das las gracias entre sollozos, intentando besarle. Te llama a la compostura y te señala la puerta de los baños, que está muy cerca de tu habitación. Sabes lo que va a pasar a continuación y tiemblas de emoción.

Los baños son públicos, con varios cubículos con retretes y una pared llena de duchas. Pero hay una puerta a la derecha de la entrada, en la que está escrita la palabra “Limpieza” en letras muy grandes, de un color dorado que choca con el resto del blanco. El sacerdote te acompaña hasta allí, y rebusca en su pantalón hasta dar con la llave de la puerta.

Sólo hay una bañera en medio de la estancia, que también tiene forma de cubo. Al lado de la bañera hay una alfombrilla, y sobre el borde hay un bote de sales de baño. Sabes que lo son porque puedes leerlo en la etiqueta. El cura te la señala. Debes meterte en ella, encender el agua caliente, echar las sales y esperar dentro hasta que vengan a secarte.

El agua está muy caliente, pero su calidez, más que quemar, besa toda tu piel. Cierras los ojos y sumerges la cabeza bajo el agua. Oyes el eco de tu propio corazón, repiqueteando con ansiedad. Aún no puedes creer que haya llegado el día.

Pasado un rato aparecen dos hombres a los que nunca habías visto, pálidos y flacuchos. Se dan un aire al sacerdote, aunque no sabrías explicar por qué. Tampoco te fijas demasiado en sus rasgos, porque estás fantaseando con el momento de la redención. Uno de ellos te toma de la mano y el otro te pasa una toalla de color púrpura penitencia. Te ayudan a levantar, y ahora erguido y seco, te felicitan.

“Citius, Altius, Fortius”

Ahora eres tú el dios que aparece en una de las salas comunes. Ahora es a ti a quien le cantan salmos, a quien lloran y aplauden.

“Oh Señor, acepta mi sacrificio

Mi vida es la vida de todos los demás

Porque yo traigo tu Luz

Oh Señor, acepta mi sacrificio”

Contienes las lágrimas envuelto en tu nueva dignidad divina. Tus compañeros siguen cantando y estallan en un aplauso cuando aparece uno de vuestros maestros portando la corona de laurel. La ciñe a tu cabeza, y ahora sí, llega el momento. Los que han sido tanto tiempo tus hermanos, tus compañeros en el viaje, se te acercan. Futuros dioses, futuros mesías que te abrazan, besan las manos y acarician la espalda y el cabello. Te da pena separarte de ellos, pero ahora viajarás hacia los mortales y les llevarás la salvación. Has sido redimido por completo y tu cuerpo es el pan que les devolverá la vida.

Mientras abandonas la sala, escoltado por tu maestro, notas un cosquilleo en el estómago. Puedes saborear la felicidad y la satisfacción, es un éxtasis ácido y dulzón en tu lengua. Te llevan hasta la única puerta que no has cruzado, más secreta aún que la de la sala de la limpieza. De fondo escuchas aún los vítores de tus compañeros. Tus ojos brillan y tus pies se llenan de un agradable hormigueo.

Al cruzar la puerta encuentras otro cubículo con una silla en el centro. Blanca, inmaculada. Tu maestro te abraza y pone en tu mano izquierda una cuerda blanca, casi transparente, y en tu mano derecha unas pastillas. La idea que te viene a la mente es la de la pureza, la de esos campos nevados llenos de blanco de los que tantas veces te ha hablado el sacerdote.

Ingieres las pastillas con cuidado, y te sientas. Tu mentor, que sabe que tu viaje acaba aquí, te ayuda a anudar la cuerda en torno a tu cuello. Aprieta, y aprieta un poco más. Te dice que ésta es la mejor forma de hacerlo y tú le crees sin paliativos. Empiezas a notar cómo falta el aire y se apodera de ti una euforia vibrante, que llena tu visión de todo tipo de colores fantásticos. Así, tu vida se resume. Escapas de ese cuerpo perfecto, ideal y saludable, que se convirte en algo inmortal y eterno. Es despedazado, cortado en pequeños trozos, limpiado con un fervor que arde y empaquetado para el resto de la humanidad. Apoteosis.

Poco tiempo después un camión frigorífico abandona las instalaciones. Lo conduce un hombre enjuto y de higiene dudosa, y por eso no es quien manipula directamente el producto. Unos técnicos han metido con cuidado y cariño la única caja que llevará en este pedido.

El hombre, claro, se pregunta quién es capaz de pagar tanto dinero por un único envío, sin aprovechar toda la capacidad de carga del camión. Mientras conduce divisa lo que parece ser un pequeño huerto a su derecha, maravillado. Hay tres hombres desgarbados y cubiertos por algo que parece la armadura corporal que suelen llevar los policías antidisturbios y lo cubre una valla metálica de unos dos metros. Eso le quita las ganas de adentrarse para buscar algo que llevar a la boca, pero su mente ya ha comenzado a maquinar un plan que parece condenado al fracaso.

Durante las dos horas que dura el trayecto fantasea con el contenido del huerto. ¿Qué maravillas habrá allí? ¿Tomates, papas? Hace años que no come más que la papilla sintética que distribuye el gobierno a cambio de horas de trabajo. Ay, si consiguiera convencer a su cuñado y su clan familiar…

Envuelto en esos pensamientos llega a su destino, una enorme mansión rodeada por un muro de ladrillo. Está en medio de la nada absoluta a donde llevan las carreteras ahora, y uno sólo sabría llegar si le han indicado qué bifurcaciones tomar. Alguien le ha debido ver llegar, porque la verja que cubre la entrada, de un metal negro y frío, se hace hacia la izquierda para dejar que su camión entre. Tras pasar una extensión de tierra llena de plantas resecas llega hasta la puerta. El edificio es imponente, de dos plantas y con un tejado, pero hay un hombre enorme y calvo abriendo su puerta que le impide ver más. Le tiende un sobre lleno de dinero y un plátano, ¡un plátano! El conductor se frota los ojos porque no se lo cree. Pulsa el botón para abrir el compartimento de carga y oye cómo alguien atrás saca una caja pesadísima a rastras. El hombretón le mira de arriba abajo y le pide que se marche.

El camión atraviesa la puerta y el gigantón va hasta la caja. Al lado, el otro gigantón que ha ayudado a descargarla. Es enorme y debe pesar, por lo menos, unos cuarenta kilos. El embalaje es totalmente blanco, y hay un dibujo de un ave que no sabrían identificar.

Debajo, puede leerse:

“Carne de primera calidad. Criada en suelo, al aire libre. Baja en grasas”.

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