Javier Alemán

Seis o más síntomas

In Literatura, Relatos on julio 30, 2012 at 4:29 pm

Otro relato, aunque éste no ha sido reescrito y tiene ya un tiempo. A ver si le echo una revisión, porque cada vez que lo leo me gusta menos. Ya sabéis, se puede leer aquí, o en PDF para quien le resulte más cómodo.

SEIS O MÁS SÍNTOMAS

Lo peor de todo son las duchas frías.

Y si al menos sirvieran para algo…Pero no, no sirven para nada. Esa enorme manguera, esa serpiente de un único ojo vicioso, te mira con alegría, regodeándose de tu sufrimiento, sabiendo que tu vida está en sus manos, y que el hecho de que cojas una pulmonía o simplemente tu cuerpo tiemble de todas y cada una de las formas posibles depende sólo de ella. No, no lo entiendo. Se supone que debería ayudarme, pero no me ayuda. Claro que no. Es sólo una manguera, ¿cómo debería ayudarme?

Tal vez la ciencia médica debería repasar pronto ciertas convenciones que ha tomado a lo largo de los años. Pensar mejor en las tonterías que dicen una y otra vez sin pruebas, salvo su propio y desproporcionado hubris. Ay, los médicos. Diría que son todos una panda de desgraciados arrogantes, si no fuera escupir al cielo. Sí, yo también soy médico. Tengo un papel satinado firmado por un rey en el que me llaman “Licenciado en Medicina y Cirugía”. Hace tanto tiempo de eso…y aún sigue tan claro, tan inmaculado en una parcela recóndita de mi cabeza que aún no ha sido tocada…

Las duchas frías. Son horrendas. Ahora esa criatura de material indeterminado escupe su contenido, vaciándose sin vaciarse, siempre llena de agua. Yo me siento violado, mis poros están siendo sometidos a las peores de las vejaciones. Y sonrío. No sé por qué, pero sonrío. Supongo que es lo estúpido de la situación.

Si quieren hacerse una idea, yo estoy desnudo, de cuclillas sobre un piso de baldosas pequeñas y oxidadas. Sollozo en voz alta, aunque eso no impide que la maldita risa asome. Al hombre que maneja la manguera (aunque más bien es ella la que le maneja, siendo el enclenque debilucho que es) eso no parece gustarle, así que decide redoblar sus esfuerzos por hacer de mi vida un infierno.

Sí, la ciencia médica debería renovar sus estúpidas convenciones. Por un momento, párense a pensarlo. ¿Qué diablos tiene que ver una alucinación con el agua fría? ¿Qué peregrina relación debe existir para que a algún iluminado se le haya ocurrido la idea de rociar a los pobres locos con ese icor gélido hasta que se calmen? Supongo que el afán de joder.

La cosa es que lo peor son las duchas frías. “Esto no tiene ningún sentido.” Me quejo. Y si el gorila me oye, hace como que no. Claro, cómo va a atender a los ruegos de un paciente, si él está ahí contratado siguiendo la política de dar trabajo a disminuidos a cambio de beneficios fiscales. Tal vez estará en otro universo paralelo, en otro mundo, más lejos de la realidad de lo que yo nunca estaré. Pero en esta instalación, él es un dios. Una deidad, estúpida, pero deidad al fin y al cabo. Y rige los destinos de todos los pobres locos que poblamos el sanatorio.

Que dios nos asista.

Sí, que dios me asista. Ese ser omnipotente debe estar harto de los ateos como yo que no paran de nombrarlo en todas las expresiones, y que cada vez que andan mal fantasean con su existencia, sólo para luego renegar cuando vuelvan a una buena época. Pero bueno, ahora no me importaría que bajara de las nubes, o de donde esté, y con un toque de varita mágica, me sacara todas las cosas que dicen que tengo en la cabeza. Sacrosanta cabeza enferma, ¿por qué no me abren el cráneo y directamente se dedican a regarme de agua fría el hipocampo?

A esto que me están haciendo lo llaman “compensar”. A diferencia de lo que cree la gente hoy en día, ya no se encierra a nadie en un manicomio. Al menos, no de forma indefinida, y no en España. Lo que hagan en otros lugares…Bueno, siempre podemos usarlo para sentirnos orgullosos de nuestra nacionalidad. “¡En los Estados Unidos no me harían esto!”, grito. No, la verdad es que no. Pero igual me harían otras cosas un poco más desagradables. Ahora, mi pequeño y deficiente amigo (al cual he apodado cariñosamente “Juanito”) me compensa. Me convierte en un buen ciudadano, alguien de provecho. ¡Grata es la varita del progreso, dando el alcance de la magia científica a cualquier palurdo con manguera! Me siento poco compensado, así que grito para que me compensen más. La teoría dice que ahora que tengo un cuadro agudo (es decir, en el cual se han manifestado todos mis síntomas) la forma en la que hay que proceder es la siguiente: a)se lleva al pobre diablo a un sanatorio para que no se dañe ni haga daño a los demás b) se le encierra en una habitación neutra, donde nada le recuerde a las tonterías que pueblan su mente c) manguerazos mediante, se le calma d) se le prepara un Manhattan farmacológico, que debe incluir (además de sabor a fresa) una buena dosis de antialucinógeno y anticonvulsionante. Repítase el procedimiento hasta que el paciente deje de molestar y suéltesele de nuevo en sociedad propiamente medicado.

La teoría, amigos, es la más barata de las putas. Es tan sencillo llevársela a la cama, tan gratuito, que ya nadie se piensa de dónde sale, ni qué relación tiene con la práctica, la realidad. Se limitan a acatar ciegamente todas las órdenes cuando en la universidad un señor con bata blanca las recita mecánicamente. Ese señor con bata blanca, a su vez, aprendió de otro señor de bata blanca, que recitaba lo mismo, sólo que quizá aún usaba términos como “idiocia” o “imbecilidad” (las formas decimonónicas de llamar al retraso mental). Si seguimos subiendo y retrocediendo en el tiempo, probablemente llegaremos hasta el cavernícola que nos gastó a todos la broma, engalanado con su bata blanca y perpetuando la escasez de pensamiento crítico.

Ah, pero, por supuesto, yo tengo pensamiento crítico porque ahora estoy sumido en la más cruel de las miserias. De no estar afectado, igual hasta me pediría el turno de manguerazo yo, tal vez para descargar el estrés de que la enfermera jefe no me hiciera caso, o, peor aún, me hiciera demasiado caso. Hipócrita humanidad. Hipócrita y repugnante humanidad.

El agua me cae por la cara, tan gélida. Desciende desde mi pelo, cada vez más canoso, y va columpiándose desde las orejas y nariz, creando pequeños ríos de caudal variable a lo largo de mi cuerpo. De nuevo vuelvo a sonreír, pensando en mí como una presa, tan llena de agua, tan bonita de contemplar. A medida que baja, ay, cómo empeoran las cosas. El estómago siente punzadas, y aunque no he desayunado, es como si alguna comida ilusoria (nota mental, no hablar de esto, podría ser otro síntoma) jugara al centrifugado rápido. Lo peor son las piernas. Cómo tiemblan, cómo se ponen de acuerdo para resbalarse y precipitarme al suelo, a juntar mi cara con las pequeñas baldosas. Qué felicidad, la del idiota que me riega. Qué realizado debe sentirse.

Lo peor de todo son las duchas frías. ¡Y no sirven para nada! Aún sumido en una de ellas da tiempo de ponerse a reflexionar en clave literaria, como si ahora mismo estuviera escribiendo una suerte de relato corto de escasa calidad. Puedo seguir pensando, lúcido, mientras el enano mental me tortura. Soy como una bestia en un circo, sólo que tengo a una sola persona de público, y en vez de saltar un aro lleno de fuego, tengo que hacer algo peor: evitar pensar en lo que suelo pensar. Por eso me ayuda esta pequeñez, el hablar con toda la audiencia imaginaria y exponer mi caso de dolor y sufrimiento absolutos.

Suena una bocina. Sé lo que significa, no hace falta ser demasiado inteligente para entenderlo. Tampoco, por si se lo preguntan, hace falta serlo para empuñar una manguera. Ni siquiera sacarse una licencia de armas peligrosas, ni pasar un test psicotécnico. La vocación cumple sobradamente. La bocina, me abrazaría a ella y le haría el amor, porque significa que no tengo que aguantar por un minuto más esta desgracia. Para. Ya no sale más agua. Soy libre. Libre para irme de nuevo a la habitación acolchada.

Una ventana en lo alto, inaccesible, para que entre algo de claridad, y como yo he sido clasificado “no-peligroso”, un juego de lápices de colores y folios con los que dar rienda suelta a mi lado oscuro.  En los años setenta estaban de moda ese tipo de cosas, que ahora van cayendo en desuso. Sin embargo, se ve que el terapeuta con el que tengo que tratar es de la vieja escuela, así que quiere que vuelque toda la oscuridad de mi alma en el papel, probablemente para tener algo que enseñar a sus alumnos la mañana que vaya de resaca a dar clases.

Yo, claro, decido ayudarle. Quizá desconcertándole prolongue mi estancia, pero, caramba, dejen que me divierta un poco. En la primera hoja decido dibujar un cuchillo, y llenarlo de ojos “Ojos que nos miran, ojos que nos observan”, recito. Durante un rato se convierte en mi mantra. “Ojos que observan, miran y se deleitan. Ojos que ven, y ojos que ocultan.” No sabría decir si pasan media hora, una hora o dos horas, pero durante todo ese tiempo, me dedico a trazar prolongaciones extrañas del cuchillo, haciendo más y más ojos, más y más ojos. Estamos añadiendo ahora un delirio de persecución a mi cuadro. El buen doctor pensará que me siento vigilado, cuando no es ése precisamente mi problema. Bien, supongo que es su culpa si deduce algo mal, por creer a pies juntillas en el dogma.

Se supone que me ha dado un brote psicótico. Remarquemos el “se supone”. Aún los médicos no averiguan qué parcela de la realidad es la que se me escapa, ni qué es exactamente lo que me invento. Quizá todas estas alucinaciones tengan un componente meramente de ocio, pero ahí están. Ellos dicen que están. “¿Quién le persigue?” Ha dado sus frutos el dibujar ojos como un loco. Renuevan sus ganas de tratarme, su pena por el pobre colega que ha perdido la cabeza. Los días pasan, lentamente, y yo sigo dibujando tonterías en mi celda acolchada. Fantaseo con dibujar algo relacionado con el sexo, inventarme una aversión o alguna cosa así, pero resulta que en cuanto empiezo, me doy cuenta de que soy un auténtico mojigato. Me da asco ponerme a dibujar algo sexual. Verdadero asco. ¿Pueden creerlo?

Así que sigo con los ojos. Ahí están, mirándome, impávidos. Yo voy ensayando un galimatías que tengo que recitar cada vez que me pregunten sobre su existencia, divertido. Mi problema será ese, que me aburro demasiado, que no sé lo que hacer con mi tiempo, que no soy más que un deshecho sin porvenir. La praxis médica me hastía. Todos los días mil pacientes distintos, todos creyéndose médicos, todos queriendo la solución rápida. La solución rápida son las pastillas. Pastillas contra todo. Contra la gripe. Contra un posible infarto. Contra el cáncer y contra el sida. Contra la depresión. ¿Cómo no se nos iba a ocurrir hacer pastillas contra la esquizofrenia? Es tan cómodo sólo depender de unas caprichosas pastillas…

Siguiente pastilla, por cierto. Esta vez es otro antialucinógeno, que me deja total y absolutamente colocado. Es Juanito el que me la proporciona, con una mirada que no sabría decir si está a medio camino entre el desprecio o la pena. Da igual, porque no hay mayor desprecio que un imbécil sintiendo pena por uno mismo. En su bata blanca hay un manchurrón rojo. ¿Se habrá peleado de nuevo con el paciente autolesivo? Los autolesivos tienen un encanto adicional, deben pensar que el sufrimiento de toda una vida viene codificado en los genes, así que deciden ponerse en marcha y provocarlo todo a la vez, para ya no sufrir nunca más. O quizás es que les gusta.

En fin, ahí estoy yo, héroe de mi propia aventura, golpeando la pared acolchada de la puerta una vez mi querido celador se ha ido. Como digo, mi mente está nublada, dormida por las pastillas. Sólo me mantiene despierto el ansia de que pase algo importante, y mientras tanto golpeo, golpeo y golpeo. No me hago daño por más que lo intente, y es una sensación bastante curiosa. Como zurrarle a una almohada. Pobre almohada, que pasa de ser confesora a pelotita antiestrés.

Justo en el momento álgido del tedio, cuando más suplico que pase algo interesante, va y pasa. En parte me siento decepcionado, porque ya no seré el protagonista de una tragedia (y toma nota, esa obsesión puede ser también un síntoma). Me da que a partir de ahora voy a pasar a formar parte de otro tipo de historia, y sé bien lo que me digo. El acontecimiento capital, eso que llevaba tiempo esperando, es la voz agridulce de una mujer, traduciendo su inquietud en unos gritos que recorren toda el ala del pabellón en el que me encuentro. “¡Sáquenmelos, por favor! ¡Quítenme estas cosas de dentro! ¡Hagan algo!” Otro desquiciado mantra más.

Pero a diferencia del resto de mantras psicóticos, éste me llega al alma. Me conmueve. Me he pasado varios días escuchando todo tipo de salvajadas, de gritos, lamentos con los que uno no sabe si están llamando la atención o exteriorizando algún tipo de miedo insoportable. Pero lo que dice esta mujer…está tan lleno de vida, de angustia y de fobia, que es imposible no arrodillarse ante el cántico y querer hacer algo. Es sufrimiento en estado puro, y yo soy una polilla que quiere volar alrededor de esa luz. El médico que hay en mí, la persona que hay en mí, y todo lo que, en definitiva, soy, quiere acercarse, tender una mano y ayudarla. Rescatarla de esa isla interior en la que se encuentra.

Jugueteo con la idea horas después de haberla escuchado. Pienso que ambos somos náufragos en islas distintas, separados del continente principal, del mundo donde están los demás. Podemos escucharnos. Podemos mandarnos mensajes en botellas. Podemos lanzarnos verdades que no son tergiversadas. Pero un océano nos separa también. ¿Estamos más cerca o más lejos de la verdad? ¿Estamos más cerca o más lejos que los cuerdos?

Empieza a dolerme la cabeza cuando aparece mi querido disminuido. Al menos es atento, y sabe que padezco migrañas. Menuda combinación, ¿eh? Lo ideal para dar algo más de lástima aún, no sólo mal de la cabeza, sino encima con un huerto de dolor en ella. Pero no quiero la pastilla. La codeína…puede conmigo. Quiero vivir el momento, quiero abrazarme a las paredes acolchadas suplicando encontrar un hueco por el que escapar y reunirme con mi náufraga. Le doy un grito al gorila afeitado, y él se comporta como todo un hombre inmovilizándome y obligándome a tragar la pastillita.

Debe quedar poco para que me compensen del todo. “Compensado número mil, marchando.”, grito. Sí, debe quedar poco. De todas formas el sitio no está tan mal cuando te cuesta tratar con los demás. Es el criterio B o “deterioro psicosocial”. Se supone que tu enfermedad te incapacita para tratar con todas las personas, y tanto psicólogos como psiquiatras se dedican a buscar pruebas de tus problemas en el trabajo, vida familiar y demás. El problema es que las búsquedas a posteriori siempre dan resultado si queremos tenerlo. Siempre hay algún vecino al que le caemos mal. Un compañero de trabajo idiota terminal. Sólo hay que indagar un poco y todos cumplimos el criterio B. Así que cuando nos suelten a la calle viviremos en el infierno, según piensan ellos. Por eso son tan gentiles, y por eso el sitio está tan bien, normalmente. Lo peor son las duchas frías, claro. Las duchas frías son horribles.

Como queda poco para que esté compensado ya me dejan salir al área comunal, donde están los, digamos, “menos locos”. Es la típica imagen de teleserie barata o superproducción muy cara, el salón lleno de tontos (se ve que no se puede estar loco sin ser imbécil) diciendo tonterías. En una silla está Napoleón. En otra una mujer con un sombrerito de papel, o quizá un embudo. Y en la otra, alguien que habla con su mano, que representa un conejito rosa, o quizá Michael Jackson. Cuando veo estas cosas me dan ganas de ser un psicópata y no un esquizofrénico, pero si lo fuera las imágenes no me cabrearían tanto, y no mataría a nadie. Lo lamento, pero en este salón no tenemos a ningún ejemplar de Napoleón. Sin embargo, hay gente peculiar también. Esta el hombre que cree que cualquier gesto que le hagamos es una insinuación sexual, se la haga quien se la haga (trastorno delirante de tipo erotomaniaco), o la profesora de universidad que está constantemente diciendo que no está loca, que los profesionales (a los que adula) se han equivocado y que ella no tiene nada que ver con el resto de gente del lugar. Esa mujer tiene delirios de grandeza. De hecho, no es profesora de universidad. Y por lo que me consta, tampoco tiene estudios. Vive en su gran burbuja llena de éxitos, de invenciones, y de acuerdo con ella. Si ve a un alumno fuera de clase le regaña. Se pasea por el campus con una carpeta que contiene el temario (lleno de faltas de ortografía) de su asignatura. También está el conserje de un colegio, que afirma escuchar a los muertos. Que le dicen quién va a morir pronto, y quién no. Que son dos niños que se ahogaron en la piscina. Huelga decir que se lo cree y lo defiende con uñas y dientes. Sí, somos gente peculiar.

Y en medio del escenario, como iluminada por un foco invisible, se alza la dama que tan cautivado me tenía. No es necesaria una descripción cuando hablamos de gente que nos gusta, así cada uno se imagina a su tipo de persona, su ideal de belleza, y la percibimos como lo que de verdad es: una mujer hermosa, atemporal para mí. Se está rascando con insistencia, y tiene los brazos y el cuello enrojecidos. Me mira, como pensando algo, y se queda ahí, callada. Yo hago lo propio. Un duelo de silencios. “¡Tengo que dar una clase ahora mismo, es muy importante!”, interrumpe nuestra amiga. Pero el duelo prosigue. Sé que es ella, y resulta curioso, porque aún no la he escuchado. Pero es que es perfectamente como la imaginaba. No la imaginaba.

“Los tengo dentro. No puedo hacer nada por sacármelos. Siguen y siguen saliendo. Tú eres médico. ¿Me crees? ¿Puedes hacer algo por mí?” Horas después conozco su historia. Abogada de éxito que llega a salir por televisión. Defensora de los ricos y poderosos, que es antónimo de honrados. Parece evidente que haya acabado aquí. Su moralidad se enfrentó a su codicia, y el conflicto interior resquebrajó su pobre psique. Espera que le crea. Todos esperamos que nos crean. Rogamos para que nos crean. Pero es que su historia es imposible de creer. No está infestada de gusanos. No tiene cientos de bichos dentro, campando a sus anchas, devorándola. No se le notan debajo de la piel. No, pero ella los siente. Los ve con total claridad, avanzando por sus venas, obstruyendo sus canales. Lo ve todo. Ve al ocasional gusano precipitándose cuando le da la mano a alguien, por eso ya no da la mano, por miedo. No abre la boca tampoco, y apenas come, porque no quiere alimentarlos. Evidentemente, su historia es imposible de creer. Pero ella espera que la crea. Y yo espero algo, no sabría decir el qué. Supongo que por eso lo que le respondo es una mentira piadosa.

Es una mujer fascinante. Culta y con sentido del humor. Con conversación. Qué difícil es encontrar a alguien con quien conversar hoy en día. Ni siquiera se molesta en preguntarme qué me pasa, por qué estoy yo también internado. Lo intuye, pero no dice nada más. Pasamos horas en la sala comunal, siendo interrumpidos una y otra vez por la profesora, comentando los últimos logros del autolesivo y evitando cualquier gesto hacia nuestro amigo erotomaniaco. Ni una sola vez surge el tema de las duchas frías. Son lo más desagradable del lugar, y al ignorarlas, el fantasma deja de planear. Más y más horas, y cómo pasa el tiempo, qué agradable es todo de repente.

Siempre me pregunta, y siempre le respondo lo mismo. Le digo que encontraré una cura para lo que le pasa. Que le sacaremos todo eso que tiene dentro. Quizá acupuntura, o alguna cosa de ésas orientales tan de moda. Sí, la acupuntura debería servir. O la reflexología. ¿Alguien le encuentra algún tipo de sentido a que un masaje en los pies, por muchos centros de energía que estimule, pueda curar el cáncer, un dolor de cabeza y el priapismo si se tercia? O iremos a un homeópata. Ambrose Byrce ya lo decía, son los humoristas de los médicos. El problema es que se han tomado demasiado en serio a sí mismos. Al final, lo importante, es lograr que el efecto placebo se asiente y nuestro propio cuerpo nos quite la tontería. Para eso tenemos que engañarle y creer ciegamente a cualquier curandero que nos quiera sacar el dinero que tanto cuesta ganar. Es la idea. Le administraré placebo y más placebo cuando salgamos de aquí. Tai-chi. Hierbas medicinales. Marihuana. Budismo. Chop Suey. Lo que haga falta. Algo habrá que se crea como se cree ahora su castillo de naipes mental habitado por gusanos.

Si no, siempre quedan los nunca suficientemente reverenciados antialucinógenos. Me haré su amigo y se los meteré licuados en las cenas que le prepare. El fin justifica los medios. Haga lo que haga lo haré por ella, por su bien. Para curarla. Para sacarla de su isla en medio de la nada y traerla a la mía. Y quizá ella me ayude, desde allí, a construir una canoa a base de talar palmeras, para volver al viejo continente que tantas veces añoramos. Sí, mi plan maestro. Mi plan, perfecto. Y no lo digo porque tenga delirios de grandeza.

Han pasado varios días. Me siento del todo compensado ya. Las ideas extravagantes, cualesquiera que fueran, se han marchado con viento fresco. Las alucinaciones, si es que alguna vez hubo alguna, han dejado vacante mi cerebro. Tan vacío que hasta da algo de miedo. Tan inmaculado que es de recibo pensar que en cualquier otro momento puede llegar un nuevo inquilino a ocuparlo. Tal vez la psicopatía de la que hablaba antes, o igual la tontería autolesiva. Pero de momento, todo va bien, los pajaritos cantan y las nubes se levantan, sale el sol e ilumina mi cara a través de la ventana. En cuanto pase un examen, me dejarán marchar, no sin antes aconsejarme una elevada dosis de fármacos que me dejen seguir siendo el parangón de normalidad que ahora soy.

Ella está mejor, gracias por preguntar. Ahora sólo piensa que está muerta por dentro, dice que se siente como si algo se pudriese. Que los gusanos se han ido, que ya no tienen nada que comer, y que es su justo castigo por una ofensa que no sé catalogar. Imaginaria o no, ahí está, al menos ya no tiene todo el cuerpo enrojecido de rascarse para sacar a las alimañas de su piel. Más ganas de hablar, más ganas de colaborar con los médicos, y más ganas de tratar con el loco que le sigue la corriente. Todo va bien, todo es perfecto, sublime.

Alegre como estoy, no reparo en otra cosa que no sea mi propia felicidad. Las cuestiones extravagantes de mis compañeros de asilo dejan de tener importancia para mí, ya no me interesan las historias alocadas de todos y cada uno de ellos. No, ya no. El morbo ha pasado. Las ganas de ayudar han llegado. La búsqueda de la verdad está conmigo, y yo soy su paladín. Pronto nos darán el alta a ambos, saldremos de este sitio rodeado de jardines y de sonrisas y daremos con nuestros huesos en la realidad. Una realidad que no nos quiere tolerar, a la que forzaré a entendernos, a la vez que la fuerzo a ella a entenderla. Todo irá perfecto.

Mato el tiempo que queda imaginando cómo será tenerla entre mis brazos. Sostener su cuerpo desnudo, rodear con susurros su cuello y a cada instante notar sus huesos, sus poros abiertos sudando y su voz, acompasada, acompañando al sonido de su corazón. No puedo dejar de pensarlo, y el tema termina por obsesionarme. Los últimos días en la institución mental parece que lo que realmente ha pasado es que una locura ha sustituido a otra, que me he desembarazado de unas cadenas para ponerme otras nuevas. ¡Cómo pesan, cómo pesan las cadenas de los fantasmas que nos acompañan! Pero yo me sonrío, y pienso que una enfermedad así de dulce es preferible a cualquier locura tangible y peligrosa. Su abrazo en mis ansias, eso es lo que deseo con todas las fuerzas. Estar rodeado y sumirme en la más bella de las claustrofobias, en un lugar apartado, a oscuras del mundo, del que no pueda salir en mucho tiempo. Da igual que sea un ascensor, un cuartucho, la sala de las calderas o un hueco debajo de las escaleras, da igual todo siempre y cuando se trate de nosotros dos tergiversando el mundo a nuestro antojo.

Suspiro, encantado, hechizado. Incluso las cosas han cambiado respecto al exterior El enano mental que me guarda, no sé por qué, es más agradable conmigo. Me trata como si siempre hubiera sido mi amigo del alma, mi guardián entre el centeno, que me coge cada vez que voy a resbalar y caer de los campos cuando estoy danzando. Ni me da manguerazos, ni me obliga a tomar nada, y alguna vez hasta se atreve a saludarme. Si la habitación en vez de acolchada, estuviera plagada de cristales, sospecho que la cantidad de sol que inundaría el lugar me dejaría ciego. Y lo terrible es que la ceguera sería dulce, muy dulce.

Me encojo de brazos, enterrado como estoy en un sillón de la sala comunal. Todo a mi alrededor está callado, o más que callado, ausente. Hay gente, pero no hay personas. Sus ojos están fijos en el infinito, hombres y mujeres que miran sin llegar a ver nada. Nosotros seguimos hablando sobre lo anecdótico y poco trascendente, y a cada palabra que sale de su boca termino por hiperventilar más aún. Mi náufraga quiere escapar de la isla, y por primera vez se le ve poniendo algo de su parte. Tiene voluntad, lo noto en sus ojos de color miel, clavados en los míos, como si esperase ver mi alma. Me está contando algo de su pasado, algo que dice no haberle contado nunca a nadie. Hay mucho sufrimiento en la historia, tanto que lo omitiré, evitaré pensar en él, lo reservaré para esos momentos en los que se levante envuelta en sudor frío; perdida en la madrugada. Lo guardaré y atesoraré para luchar contra él cuando le haga falta. Lo curioso es que tras haber soportar tanto sufrimiento, no se resquebrajó. Siguió intacta por muchos años. Recuerdos reprimidos, experiencia olvidada…quién sabe. Lo mayor tontería fue la que la catapultó a su estado actual, abriendo la caja donde había ido acumulando todos esos recuerdos ensordecedores, hasta dejarla como está ahora. Podrida por dentro, dice. Yo no sé qué pensar, sólo imagino que por dentro, como cualquier otra persona, estará caliente. Quiero esos grados Celsius para mí.

¡Qué bien sienta respirar el aire de la mañana! No sé por qué se queja la gente de lo contaminado que está en las ciudades, cuando no es más que el aroma de la vida, de la libertad. Es una forma de saber que nos encontramos fuera de la (como ahora la llaman) institución mental. Ni el aire de la montaña, tan puro, frío y desprovisto de oxígeno, sería saboreado con tanta gula como lo está siendo ahora mismo el de la ciudad. Y me da igual la contaminación. Me importa un bledo. Como si mañana desarrollo un cáncer y me convierto en víctima del mundo moderno. Sí, da absolutamente igual. Lo que importa es que estamos fuera, tan, tan fuera, que si la Tierra fuera plana nos caeríamos por un borde y aterrizaríamos en alguna estrella lejana, quemando deuterio y tritio los dos solos. Pero el mundo no es tan perfecto, y hay que conformarse con la gran ciudad.

Cuando uno es, durante un tiempo, miembro del club de campo de los locos, termina por no entender lo que pasa a su alrededor, como si la lógica enferma de su lugar de reposo se le contagiara y no pudiera comprender la lógica normal. Todavía no me creo Napoleón, pero siento que la realidad me aliena mucho más que antes. Cosas que no comprendo se van sucediendo en el centro de la ciudad, mientras navego entre pavimento y baldosas camino a la farmacia de guardia más cercana. Por ejemplo, hay un mendigo tirado en el suelo, leyendo un libro desgastado, y a su derecha hay una bandejita donde arrojarle dinero. Ni se lamenta, ni se queja, ni nos regala un cartel ortográficamente incorrecto contándonos una tragedia. Se limita a leer y esperar a que algún imbécil decida darle algo de dinero. A su derecha, un cartel de un partido político, en el que salen dos personas sonrientes. Les reconozco porque les voté hace años, y no debería ser para ellos un halago que alguien como yo lo haya hecho. Y sin embargo, ganaron. Dijeron algo de que eliminarían la pobreza de las calles, pero veo que su pogromo no ha avanzado demasiado.

Una vez en la farmacia, una mujer alta me atiende, no sin antes despachar a un adolescente granudo, que había bajado corriendo a buscar una caja de preservativos. Por su cara de ilusión y la prisa que llevaba encima, uno podía imaginar lo que iba a hacer. Yo me limité a sacar una receta de mi bolsillo: Xanax. A la mujer no pareció extrañarle que le pidiera que metiera también algunos de esos preservativos que se había llevado el chico en la bolsa. “Por no hacer dos viajes”, quise decir, pero luego me reprimí. La verdad es que la necesidad de contacto humano se limitaba a una sola persona en estos momentos.

La vuelta a casa no depararía más incidentes dignos de ser contados, salvo esos doce minutos de metro con tal de evitar casi treinta de caminata. No podía volver caminando, yo también tenía prisa.

Me recibió con una sonrisa y envuelta en un camisón que le había dejado. Evidentemente, la estaba alojando en mi casa, algo a lo que en un principio se opuso, pero que dada su necesidad de compañía, terminó por aceptar. Un terapeuta le hubiera costado más caro y probablemente no habría servido para nada, salvo quizás para aligerar sus bolsillos. Y no es que tenga nada en contra de los terapeutas, que lo tengo, sino que me siento mucho más capacitado para convertirme en agente activo de su cambio que cualquier otro matasanos. Le devuelvo la sonrisa, y mentalmente diviso el juramento hipocrático que una vez hice, plasmado ahora en un pergamino que arrugo y tiro a la papelera, anotando un heroico tanto de tres puntos.

Su mano izquierda, que agarro con cuidado, está de nuevo roja como un cadáver tiroteado por la mafia. Ha estado rascándose de nuevo, pero en su mirada parece que algo ha cambiado. Su mirada…Me siento como si pudiera leerla, pero es en realidad ella la que me lee a mí. Me deja fijo en el suelo, clavado, y me obliga a pensar lo que quiero pensar. Quizá se rasque por costumbre, o porque se ha hecho algo en la piel de tanto arrancarla a pedazos con esas uñas que coronan unas manos tan perfectas.

Entonces, es como si algo dentro de mí muriese. Se me apaga la respiración. Mi corazón late con pereza, y el pulso comienza a fallarme. Tiro de ella con violencia calculada, y, aunque se queja, me sigue. La deposito en la cama, y sigo asiendo su mano lo justo para que piense que quiero soltarla.

Pero me voy al sofá y la dejo durmiendo. Me quedo allí, la televisión brillando encendida como si estuviera apagada. Permanezco sentado durante varias horas. Y cuando miro por la ventana, tímidamente, me doy cuenta de que el sol ha salido de nuevo. Y también entiendo, al asomarme, que no está en el cuarto. Que nunca estará. Y asumo, con las lágrimas derramándose por mi cara, un preservativo en el puño apretado, que no es más que otra alucinación.

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