Javier Alemán

La cuarta Fuerteventura

In Paisajes, Personal, Viajar on febrero 6, 2013 at 9:03 pm

Carretera

Mi relación con la isla de Fuerteventura es extensa, tanto en la vida real como en este blog. Podría decirse que es una relación de absoluto amor-odio. En un año he ido cuatro veces, las cuatro por trabajo (incluyendo una de ellas un par de días previos para hacer turismo), y ese trabajo marca una diferencia importante en mi sueldo. Sin embargo, siempre me ha acabado pasando algo: un móvil roto, otro robado, un esguince, una avería de coche en medio de la más absoluta nada…

La cosa es que, poco a poco, voy empezando a apreciar la isla. Hace un año hablaba de ese espíritu oculto que intuía, de algo que había que encontrar bajo la arena y las construcciones abandonadas, símbolo de la destruida burbuja inmobiliaria en España. Ahora, creo que me voy impregnando.

Es importante decir que la isla es enorme, la segunda más grande de Canarias, sólo detrás de Tenerife. Grande, y más larga que un día sin pan. Es prácticamente imposible conocerla y explorarla sin un coche, que se hace necesario para encontrar los distintos paisajes que tiene la isla para ofrecer.

Desde la capital se extienden algunos tentáculos de cemento, que surcan la costa hacia el norte y sur. Son lo más desagradable, los resquicios del boom constructor. Edificios inacabados, grúas de construcción dejadas a su suerte y extensísimas urbanizaciones que muestran su esqueleto y van oxidándose a la intemperie. Gris y feo, sólo salvado por un mar que salpìca de belleza la isla.

Sin embargo, hay más cosas. Enormes paisajes marcianos, roca infinita rojiza, macizos y decenas de montañas con nombre propio (Tindaya, Montaña Roja…) que rodean al conductor. Dunas y más dunas, un desierto lleno de playas de agua color turquesa que nada tiene que envidiar a las fotos del Caribe…y acantilados salvajes de caída mortal. Todo ello a lo largo de una carretera sinuosa y enorme, una recta imposible que sólo hace frenar al conductor al tener que sufrir una de sus numerosas rotondas.

Al final, el momento más espeluznante, es la noche en la carretera. Un vacío con alguna luz que otra en los pequeños pueblos que salpican la isla, pero no más que un vacío. Surcar esa pista sin farolas, con las luces cortas enfocando la grava, es la definición de la soledad. Uno encuentra, en las horas más tempranas de la noche, al majorero que vuelve a casa o al turista perdido ocasional, pero luego, nada más. El negro, las estrellas, y la nada. Una imagen recurrente que recuerda pasajes de la película “Carretera Perdida”, que invita a una temporada de desconexión.

Y si uno se aburre, siempre quedan las ciudades turísticas, pura costa del Levante español sin necesidad de ir a la península: locales para extranjeros que echan la Premier League y sirven Guiness, gente de espalda roja y hamacas y tumbonas a lo largo de la arena.

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