Javier Alemán

Nueva visita al Haring

In Personal on abril 20, 2013 at 1:55 pm

Keith Haring

Cuando creces en Tenerife y te gusta la música alternativa, no te queda más remedio que salir de noche por La (gélida) Laguna y adentrarte en esa peligrosa calle donde se ubica uno de los pubs más míticos de su noche, el Haring.

Cuando era pequeño oía a la gente mayor hablar del lugar, como si fuera una especie de meca del sonido. Y quizá lo fuese en algún momento. No para mí cuando empecé a tener edad de salir. Desde entonces el pub se caracterizaba por su enorme indefinición: si se podía considerar alternativo (metal, indie, electrónica…) era muy posible que acabaras oyéndolo, y aunque esa oferta musical estaba por encima de los demás bares; quizá chocaba con su clientela, más “jebi” que otra cosa.

Pero uno acababa o ahí o en el O’Clock (ahora bar de pago, y ya que están, de ambiente gay), esperando encontrar algo que casara con su gusto musical. El problema del Haring es que, a pesar de una idea simpática y una decoración que nada tenía que ver con su público objetivo (más basada en el Keith Haring que le da nombre que en las “jevatadas”), el sitio se convertía rápidamente en un tugurio gracias a la inexistencia (por entonces) de la ley de humos y a la cantidad de gente que se concentraba en el lugar, tanto dentro como en la calle haciendo botellón. Calle que acababa dando una mezcla entre pena y asco, con gente vomitando y desfasando.

Así era si te gustaba la música alternativa en Tenerife.

Anoche volví a la fatídica calle, con la intención al menos de reírme de mi yo pasado que salía por el lugar. El sitio se ha convertido en una especie de cápsula del tiempo, donde se encuentra atrapada gente de hace diez años y tendencias de hace veinte. Pasas por la puerta y ves a alguien vestido de un gótico que ni en el Londres de los 80; a otro con una camiseta de Sepultura de los años 90 y gente con perilla de chivo que daría envidia al mismísimo Serj Tankian (que es una burbuja temporal en sí mismo).

Lejos de querer reírme del aspecto de los demás (que también), la situación generó en mí y en mi acompañante un intenso desasosiego. No podíamos entrar ahí de nuevo. ¿Dónde podríamos acabar si cruzábamos de nuevo ese umbral? ¿En la rabia de joven adulto de 2005? ¿En la triste adolescencia? ¿Volvería yo a lucir pantalones cagados y perilla? No, jamás. Había un troll en ese puente que cobraba un peaje demasiado caro que pagar. Por dos veces lo intentamos, dos veces nos acercamos, y ninguna lo conseguimos. Ya no podríamos entrar de nuevo.

Y es que, en el fondo, nos hemos hecho mayores.

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