Javier Alemán

Ícaro

In Literatura, Personal, Relatos on mayo 3, 2013 at 7:19 pm

Lament for Icarus

Hace tiempo hablé del certamen Juventud y Cultura de Canarias. Mientras sigo luchando con el bloqueo para ver si escribo algo a tiempo para el de este año, os dejo dentro de este post el relato con el que obtuve la mención honorífica el año pasado. Aquí en PDF.

Como curiosidad, de él puedo decir que se me ocurrió una madrugada que pasé despierto en el aeropuerto de Standsted, de Londres. Llevaba tiempo rumiando la idea del relato, que me vino escuchando una canción de Strata que habla de algo relativamente parecido, y al ver que no podía dormir en los bancos, compré una libreta y me puse a escribir para pasar el rato. Unas dos horas después había surgido la versión preliminar de “Ícaro”, que retoqué para el concurso.

Espero que os guste.

ÍCARO

A través de la ventanilla puedo ver algo salvaje, un paisaje anaranjado como el magma. Las nubes bajan, el sol devorándolas y rompiendo sus rayos en ellas. Por mucho que odie viajar en avión, debo reconocer que adoro esto. Por eso elijo siempre la ventanilla. Aunque pase horas en balde, puedo seguir mirando, atontado, y olvidarme del resto de incomodidades, siempre que encuentre el paisaje perfecto. Es como…¿una comunión silenciosa con la naturaleza?

Entonces un olor peculiar me distrae. No sabría describirlo, no soy un maldito perro, pero es agradable. Y curioso, cómo es precisamente un olor y no un sonido lo que me hace girar la cabeza a la izquierda. Esperaba que al sentarme al final del avión nadie acabara a mi lado, pero la cosa no es tan grave. Es un hombre mayor, de barba (gris) recortada y pelo cano. Lleva un traje azul marino y una camisa blanca debajo. Sonríe con franqueza, de tal forma que me veo obligado a devolver la sonrisa. Pero no es algo que me incomode, al contrario. Realmente, es un momento agradable. Además, es mayor, pero no viejo. ¿Tendrá unos cincuenta y tantos, tal vez?

Parece que ha sido el último en entrar, porque justo se sienta y cierra la puerta del avión. Aunque juraría que ya habíamos despegado…En fin, las azafatas, con esa simpatía estéril y tan contractual nos sonríen a todos, y pasan a explicar los procedimientos habituales de seguridad a los que sólo los niños atienden. Y por suerte, hay pocos niños en este vuelo.

Justo tras despegar (no se permite el uso de ningún dispositivo electrónico) es cuando mi acompañante decide romper el hielo. Y cuando lo hace, tiene una voz tan suave y llena de armonía…No soy el ser más sociable del universo, pero con ese tono conciliador acaba de ganarme como interlocutor.

– ¿No se siente cerca del cielo? – me dice.

¿Del cielo, las nubes, los angelitos, Dios? Parece que ha captado parte de mi admiración por el paisaje. Y como si hubiera sido una pregunta retórica, sigue hablando.

– Aquí arriba, las cosas son tan distintas. ¿No le parece? Es todo tan pequeño que empieza a perder importancia.

No sé qué responder. Llevo años sin tener este tipo de charlas post-clase-de-filosofía, o durante-colocón-de-hachís. Así que asiento, y el hombre, que ahora al sonreír parece más joven, me tiende la mano.

– Lamento si le estoy molestando – añade.

Siento el poder del vínculo cuando yo también tiendo la mano y la estrechamos con fuerza, como caballeros de algún club distinguido. Es entonces cuando decido darle la oportunidad a mi voz de también salir a tomar el aire.

– En absoluto molesta.

– ¿Me tomaría por loco si le digo que me he subido a este avión sin un destino concreto?

Loco…Esa palabra no la usamos para la gente que nos cae en gracia. Probablemente la palabra sería “excéntrico”, “peculiar” o algo por el estilo. Nada despectivo. No puedo evitar indagar.

– ¿A qué se refiere?

– Quería estar cerca del cielo. Ver las nubes, sentirlo todo pequeño.

Raro, desde luego. Debe sobrarle el dinero como a uno de esos millonarios que viaja al espacio. Es más, parece que su motivo es el mismo, sólo que tirando menos billetes a la basura.

– ¿Como uno de esos millonarios que viaja al espacio?

Me ha gustado tanto mi idea que me he visto obligado a usarla. El hombre se ríe. No sé por qué, pero me vienen unas campanas a la cabeza.

– Algo así, supongo. Pero sin alejarse tanto. Desde tan lejos, allí arriba, sería ya perder perspectiva, ¿no?

– Las nubes y el sol, no serían tan…bonitas.

– Veo que me entiende.

Ambos nos quedamos en silencio un momento, pero no es algo incómodo. En las pantallas ponen un gag de “Benny Hill”, un humorista inglés que murió (en paz descanse) hace ya unos años. La gente presta poca atención, hay quien lee (yo los divido en lectores por necesidad, con sus best-sellers de bolsillo, y lectores por amor, aunque probablemente sientan ambos lo mismo), hay quien habla y hay quien duerme (yo nunca he podido).

– La verdad – me escucho – es que yo odio los aviones. Me siento incómodo, aislado y apretado en los asientos. Lamentablemente, por trabajo, tengo que coger muchos. Sólo se salvan por paisajes como éste.

– Ah, el trabajo. Para los católicos un castigo, para los protestantes el camino al cielo. ¿Es usted religioso?

Medito un buen rato la respuesta. Sí que se pone trascendental…

– No lo sé.

Le estoy diciendo la verdad, cada palabra que sale de mi boca es mi realidad, sin florituras ni maquillaje.

– Tiene que haber algo, o igual no. La verdad es que llevo años sin pensar sobre eso. Un día dejé de darle importancia, y así hasta ahora.

– ¿Y si yo le dijera que sé a ciencia cierta que existe ese “algo”, como usted dice?

Vuelve a sonreír, y de nuevo parece más joven. Habla con una naturalidad pasmosa, como si ya fuéramos amigos íntimos. Y lo más curioso es que consigue, no sé cómo, que yo le responda de la misma manera. Y no entiendo por qué lo hago, tan buen usuario de las máscaras que soy.

– Vaya. ¿Es sacerdote, o algo así?

– No, no les pagan tanto como para coger aviones por gusto, ¿cierto?

Sonríe de nuevo, y debe ser un efecto óptico, pero ha ido creciendo. Ahora parece más grande que yo, del tamaño de una montaña en medio de un desierto.

– No soy sacerdote – insiste – Si fuera sacerdote, no tendría mayor idea de la que puede tener usted.

– ¿Entonces?

Llegados a este punto, es como si el resto del avión hubiera dejado de existir. Estoy hablando con un gigante de pelo blanco.

– ¿Me creería si le dijera mi nombre?

– No veo por qué debería mentirme en algo así.

– Bueno, es un nombre conocido, como Napoleón o Churchill.

– ¿Alguien famoso?

– Depende de lo que entienda por “fama”, claro. Los Rolling Stones hablaban de mí. Ya sabe, “encantado de conocerle, espero que adivine mi nombre”.

Esa canción es una de mis favoritas, aunque debo reconocer que me gusta más cuando la versionan los Guns N’ Roses. Hablo, claro, de “Simpathy for the Devil”.

– Me gusta esa canción, mucho.

– Bueno, es un poco ególatra por mi parte, pero es también de mis favoritas.

– ¿Ególatra?

– Claro, ¿necesita más pistas? ¿Olor a azufre, cuernos y cola, un tridente…?

Bueno, después de todo, quizá sí que esté loco. Sin embargo, lo dice con una tranquilidad y una complicidad que invita a pensarlo seriamente. Al menos la charla es divertida, así que decido seguirle el juego.

– Así que…¿Lucifer?

– Encantado de conocerle. – Entona, imitando la melodía de la canción. – Aunque me temo que yo no fui responsable de lo que cuenta el señor Jagger.

– ¿Y qué hace en este vuelo?

– Se lo he dicho, me gusta sentirme aquí arriba, en el cielo. Pienso con más claridad.

– Entonces…¿Dios existe?

– ¿Me creería si le dijera que no?

– No lo sé.

– Hasta un rato dudaba de su existencia, ¿no?

– Ya…pero, ¿y toda esa cosa de la dualidad? Es decir, si existe el diablo, debería existir Dios…

– Una visión un poco pueril de la realidad, si me permite el comentario.

Me fascina, al escucharle, la autoridad que va desprendiendo. Sigo pensando que puede estar loco, pero ese pensamiento cada vez va ocupando una parcela más pequeña de lo que pasa en mi cabeza. Y es más y más joven, y sigue siendo más y más joven, de una forma imparable, ofensiva. Así continúa hablando, ya embebido de su propio discurso, pero mostrando todavía una sonrisa armónica.

– Verá, lo cierto es que no sé si Dios existe o no. No tengo constancia de su inexistencia, pero desde luego, en todo este tiempo, tampoco la he tenido de su existencia, lo que se me antoja bastante irónico. ¿No sabe el diablo nada del Creador?

– Ya…debe ser…ofensivo. – Me escucho decir.

Y como si le hiciera gracia mi súbita empatía, carcajea, pero no esa carcajada de villano de opereta, de archienemigo del superhéroe del cómic antes de contarle su plan maestro. No, sigue siendo la carcajada de un anciano afable, que me invita a seguir escuchándole y a hablar con él con la mayor de las tranquilidades.

– No sé si es ofensivo – y tose aquí, con aire aún sonriente, intentando darle fin a la carcajada – Pero sí es desconcertante. Imagine que despierta un día, pero no ha nacido. Simplemente ha llegado y abierto los ojos, y lo ha hecho ya crecido, ya con ideas en la cabeza, ya con familiaridad con todas las tareas que tiene que desempeñar. ¿Puede entender lo frustrante que debe ser? Los seres humanos tienen padre, madre, o en el peor de los casos, un tutor legal. Alguien, algún tipo de persona que le instruye en lo que significa formar parte del rebaño. Claro, hay gente que ni siquiera tiene eso, pero tiene infancia, aunque sea en un taller clandestino cosiendo balones de fútbol. Tiene un periodo de aprendizaje, de conocimiento de su propio cuerpo y su propia existencia. Dios, si es que existe, no tuvo ese detalle conmigo. Y sospecho que no lo tuvo porque realmente no existe.

A nuestro lado pasa una azafata, de nuevo con esa sonrisa impersonal y aséptica como el más limpio de los hospitales. Yo le pido una cerveza, y mi acompañante se une al cántico y pide otra. Me hace gracia debatir cuestiones tan ultraterrenas de la misma manera que un hombre charla sobre deportes, ex-parejas o cualquier otra cosa.

– Bueno, mucha gente pierde la fe por eso, ¿no? – Me oigo de nuevo. – Cuando uno ve los problemas del mundo, difícilmente puede creer en un ser todopoderoso y misericordioso que no se molesta en arreglarlo.

La azafata trae las cervezas, y se queda por un momento con la mirada fija en mi ya querido contertuliano. Se muerde el labio y ambos se sonríen.

– Seguiré con el ejemplo de antes: Abre los ojos, y tiene millones de cosas por hacer. Mucho trabajo pendiente. Una sensación de prisa le llena, además de unas ganas de cumplir con la tarea que tiene asignada. Por cierto, no sabe quién se lo ha asignado, pero tampoco quiere defraudarle. Y empieza a realizarlo todo, una y otra vez, una y otra vez, sumergido en una rutina que no se cuestiona, porque no conoce otra cosa. Un perfecto esclavo.

Sus mejillas se sonrojan, y de repente comienza a darme algo de pena. Creo todo lo que me dice, ya me es imposible no hacerlo.

– El infierno existe, sé que se lo está preguntando. Y es un lugar horrible. De hecho, es el lugar más horrible. Distinto para cada persona. No es un sitio donde se castigue para devolverle la pureza al alma de nadie. Es un sitio donde se sufre, eternamente, si es que se puede abarcar con la mente el significado de la eternidad. No se para de sufrir, y los pecadores disfrutan de ese sufrimiento.

Ahora siento pánico. Empiezo a hacer un examen de conciencia. A recordar los gatitos que pateé de pequeño, las veces que he mentido, las que he codiciado los bienes ajenos (y eso incluye a la mujer de un antiguo amigo, que por razones obvias ya no lo es). Repaso mentalmente todo eso, cada respuesta de mala gana que le di a mi madre, cada discusión estúpida, cada pelea, cada rivalidad. Estoy lleno de pecados, tantos que, si hubiera que llevar un registro, ocuparía un ordenador entero, o algo así. Y eso que no soy ningún Hitler moderno, sino un simple hombre corriente, común.

– ¿Lo ve? Desea ser castigado. No para de pensar en lo que le espera tras la muerte, ¿cierto? En las deliciosas torturas que hay planeadas para usted. En la sal en sus heridas. En los dedos acusadores. Todos son como usted. Todos desean ser castigados. El ser humano inventó el infierno, y de tanto creer en él le dio forma. Fue la autocompasión la que me dio a luz, ¿lo comprende? El propio deseo de la humanidad de recibir un castigo apropiado a todas y cada una de sus transgresiones. El demonio, sea cual sea el nombre que quiera darle, no es la tentación a la vuelta de la esquina. ¡Ésa es la maldita excusa de la humanidad! Un mal mayor que corrompe a todo el mundo para que no alcance la paz interior. Cuando precisamente es al revés. Yo no soy más que un esclavo del sentimiento de culpa de seis mil millones de personas. Existo para satisfacer su masoquismo y el de sus congéneres. Su incapacidad por dejar atrás el pasado y superar el hecho de que, en su maldita humanidad, pueden equivocarse.

Ante tal revelación, claro, me quedo en blanco. No sé qué responder. De hecho, aunque ha elevado un poco la voz, Lucifer (sí, ya lo llamo por su nombre) sigue con sus modales refinados y su expresión de ser digno de confianza. Me siento como si se fuera a emborrachar y contarme todas sus penas, y yo no puedo hacer más que atenderle. Y si me siento culpable por sentirme culpable, sólo conseguiré empeorar la situación. Cuando me doy cuenta de que llevo un momento en silencio, intento exorcizarlo con otro poco de charla banal.

– Entiendo que no le gusta su trabajo, ¿no?

– Es mucho más que eso – me explica – Durante muchísimo tiempo, disfrutaba con él. Hay muchos seres humanos más allá de la frontera de lo perdonable, que daban a parar conmigo. Y otros, que le daban tanto valor a sus pecados, por nimios que fueran, que, bueno, seguía teniendo sentido no parar de darles su tortura. Pero con el tiempo llegó la revelación de lo inútil que era lo que hacía. ¿Qué se consigue castigando eternamente a alguien por todas las ofensas que ha cometido? Absolutamente nada. El infierno se hacinaba (y esto no es más que una expresión, porque no existe la dimensión más allá) de seres deseosos de tormento, de suplicantes, y con cada muerte uno más. Y uno más, y otro más. Infinitos más. Todos los pecadores de la historia. Y con eso quiero referirme a toda la gente, a todas las personas. Ni una sola se salvaba de la condena. O era la culpa, o eran pecados reales. Todo ha perdido su sentido ya. Yo no elegí esta carga, nadie me pidió permiso para hacerlo, y una eternidad ya es demasiada eternidad.

De nuevo, siento pena. Una pena que me raja de arriba a abajo. Este hombre que está al lado mío, tomándose una cerveza, con las arrugas borrándose con el paso del tiempo, a la inversa de lo que dicta la lógica, está abatido. Destrozado.

– ¿Y qué va a hacer?

– Renunciar. Subirme a un avión y ver las vistas, pasearme por un campo en tranquilidad, perderme en los muros romanos de alguna ciudad antigua. No lo sé.

– ¿Pero se puede renunciar a eso? Si he entendido bien, la humanidad necesita algo así.

Ante mi reflexión se encoge de hombros, y es evidente que no sabe lo que responder. Cuando uno tiene responsabilidad sobre un grupo de personas, es duro tomar una decisión que las abandone. Lo sé, porque yo he tomado ese tipo de decisiones alguna vez. Pero…¿este tipo de responsabilidad? Llamémosle “cosmológica”, o algo así. Sustentar una parte tan importante de la existencia como es el destino de las almas…¿Se puede, simplemente, dejar? No lo creo, y él tampoco lo cree. Con cara triste me mira, y sé que sabe lo que estoy pensando.

– ¿Y cómo se hace para no ir al infierno? – La pregunta no es más que un síntoma de mi claro egoísmo, quiero salvarme a cualquier costa.

– No creo que algo así se pueda hacer. Es donde acaba todo el mundo.

– ¿Todo el mundo? – Me cuesta creerlo. – No sé…hay mucha gente que ha hecho el bien, de forma desinteresada. Gandhi, por poner un ejemplo, ¿no?

– Todos con sus secretos oscuros, sus miedos e inseguridades, y su humana incapacidad para perdonarse por sus errores.

– No es un panorama nada alentador, la verdad.

– No lo debe ser. Imagino que por eso la gente tiene fe. Creen en una deidad que les puede salvar de ese inevitable destino, enfrentada a una criatura de pura maldad que quiere atraparles en la degradación.

– ¿Y la reencarnación y esas cosas? Hay religiones que creen en eso más que en dioses.

– Imagino – y se acaricia el mentón, con la tranquilidad de un poeta pensando un soneto – que es una posibilidad, si se muere totalmente en paz. Borrón y cuenta nueva. O si así lo decido yo sobre cualquier muerto.

– ¿Puede decidirlo? – Me sobresalto. Entonces, no voy a pasar toda la eternidad en un lago de fuego, si le caigo bien. Quizá decida algo más bonito para mí.

– Puedo decidirlo. Pero insisto…¿qué sentido tiene? El ser humano creó su propio infierno para recibir el fin último de su existencia: castigo y más castigo.

– Pero…imagine por un momento que se le puede convencer de lo contrario. Que se le puede explicar a cada uno, con paciencia, que no es eso lo que quiere, que no es lo que necesita.

– Suena tan idealista…

Y es lo único que me responde. Luego se queda callado, como valorando la idea. Una idea que una vez ha salido de mi boca me parece bastante estúpida. A decir verdad, nunca creí demasiado en la pedagogía, así que no entiendo por qué ahora quiero creer tan fervientemente en ella, como si fuera el dios que me va a salvar del cruel destino que tengo reservado porque a millones de gilipollas se les ocurrió desear una eternidad en llamas.

– ¿Y no merecería la pena intentarlo, si tanto le desagrada ahora su actual situación?

– No lo comprende, amigo. Yo no estoy hecho para eso, yo no puedo intentarlo. Pero quizá… – y sus ojos brillan con una tonalidad extraña, de un color al que no sabría ponerle nombre.

– Quizá a usted le interesaría.

– ¿Cómo?

– Se libra del castigo y tiene la oportunidad para resolver la situación.

– No le entiendo – Y asustado, vuelvo a repetirlo. – De verdad que no le entiendo.

– No se preocupe. Pronto entenderá.

Entonces desliza la mano hacia mí, con un movimiento sinuoso, serpentino. Quiere que se la estreche. Que cerremos el acuerdo. ¿Esto es lo que llaman “pactar con el diablo”? Quiero decirle que me gustaría pensarlo. Sopesarlo. Examinar pros y contras de la situación. Pero es ver su mano tendida y su gesto afable, y derrumbarme. No puedo con la realidad. Si voy a arder en el infierno, porque es a donde vamos todos al morir, ¿qué importa si hago un intento desesperado para no ir? Y así, mientras estrecho su mano, me invade un aterrador sentido de la responsabilidad. La solemnidad me engulle, y es como si por un momento el avión hubiera desaparecido y estuviéramos en el centro del mundo, en sus entrañas. Pero al parpadear y soltar la mano, seguimos ahí, volando.

– Entonces…¿ahora soy Lucifer?

– Digamos que el sustituto por vacaciones. Vacaciones indefinidas.

Los dos sonreímos. El piloto anuncia que el avión empieza a aterrizar. Y sé que la coincidencia no es tal. Pero no me viene mal, tengo ganas de empezar a trabajar.

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