Javier Alemán

Volver a jugar a rol

In Personal, Rol on noviembre 4, 2013 at 1:10 am

demonio

Por fin, tras más de cuatro años, hemos vuelto a jugar a rol.

Nunca fue una cuestión de pereza o de habernos aburrido, sino más bien, una cuestión de pura y dura geografía. Y anda si lo he echado de menos. Ya decía hace más de un año que tenía ganas de jugar y que los juegos de rol habían sido, durante mucho tiempo, mi preferencia a la hora de disfrutar del tiempo de ocio. Por un lado, porque significa reunirte con tus amigos y pasar un rato agradable con ellos, y por el otro, por lo fuertemente que está entroncada la actividad con (para mí) la escritura: cuando no juego, escribo menos y estoy menos inspirado.

Así que aprovechando que estamos un poco más cerca, tras tanto tiempo fuera de Tenerife, decidimos ponerle fin a la sequía en el último viaje que hicimos a la isla con motivo del puente de Todos los Santos. Fue más fácil de lo que parecía. Nos juntamos tres para jugar (no soy fan de los grandes grupos): yo de narrador, y mi chica y mi amigo Enrique Castro. No es la primera partida que empezamos “in absentia” (ya jugamos una mientras vivía en Bilbao, los fines de semana que iba para allá), pero creo ésta será más interesante, más asidua (espero) y está mejor enfocada.

A pesar de lo mucho que me están gustando los nuevos manuales de la Tecnocracia (Mago: La Ascensión), decidimos honrar a la última partida que jugamos (al final de este post). Ya que fue a Demonio: La Caída, ¿qué mejor que retomar la afición continuándola? Ésta es la tercera parte de la historia que hemos ido tejiendo entre mis jugadores y yo, y será la última con esos personajes. Supongo que también tardaré en volver a dirigir al juego, porque me gusta variar entre historias.

Se hace raro jugar de nuevo en casa de mis padres, tras cuatro años y medio fuera. Ahora no ya en mi cuarto (ocupado con toda lógica por mi hermana pequeña), sino en el de “invitados”. Por suerte en el mismo hay un ordenador (herramienta imprescindible, al menos para mí) y es bastante amplio para que pudiéramos jugar los tres. Ocupé las horas previas de preparativo buscando imágenes de Gante (donde se ubica la acción) y trasteando de nuevo con Grapevine, una fantástica herramienta para gestionar partidas a la serie de Mundo de Tinieblas (pensado para rol en vivo, pero fácilmente adaptable). Creo que el hecho de retomar el ritual, los preparativos previos, me ayudó a enfocarme un poco, a recuperar la tradición.

De nuevo, repetimos el viejo hábito preparando las fichas de los personajes. Cada vez las usamos menos, pero forma parte del ritual, del empezar una partida nueva. En este caso, uno de los personajes repetía, pero no encontramos la ficha por ninguna parte. Cuatro años y medio sin jugar dan para perder muchos papeles. Tampoco estaban los datos de la partida anterior en ningún ordenador, víctima de mi estupidez al no hacer copias de seguridad. Pero haciendo memoria, recordábamos lo más importante. No importó a la hora de empezar.

Ay, el óxido del narrador. Creo que tardamos un poco en meternos en ambiente después de tanto tiempo. Ahora, en unos cuantos minutos ya estábamos centrados, sin apenas comentarios fuera de partida y con los dos jugadores muy concentrados, llevando a sus personajes a la perfección. No jugamos mucho más de dos horas (la visita a Tenerife era fugaz y apetece hacer más cosas), pero es que además se pasaron volando. Era todo tal y como recordaba: satisfactorio, interesante y divertido. Es muy fácil narrar cuando tus jugadores lo hacen tan bien, y en parte por eso hemos tardado tanto: no quería jugar con otra gente a “otra cosa”.

Y, como sospechaba, ahora que hemos vuelto, las ideas empiezan a fluir. Primero para la partida, pero luego para la escritura. Hay que ver lo relacionado que está todo.

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  1. […] habernos dispersado en el espacio mi grupo de jugadores habituales, pero es curioso. Es curioso que hayamos retomado la afición en Tenerife, en la sempiterna casa de mis padres que tantas partidas albergó, antes incluso que probar a jugar […]

  2. […] Años después, ya a la vuelta de Bilbao, seguimos con el arco argumental de los demonios de Nijmegen. Sólo repetía uno de los jugadores y su personaje, y se sumaba otro nuevo. De nuevo una gran partida, quizá algo menos intimista que la anterior, casi engullida por la tragedia inicial, un culto mortal y un antagonista del tipo “Cosa-horrible-que-no-debe-ser-nombrada”, pero gran partida en sí misma, con entidad propia y un dúo protagonista que funcionaba muy bien. Fue la última partida a la que narré antes de irme a vivir a Madrid e iniciar la mayor etapa de sequía rolera que he vivido. […]

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