Javier Alemán

La carbonara perfecta

In Personal on enero 26, 2014 at 4:46 pm

carbonara

Y no, no hablo sobre cocina.

Sino más bien, sobre la curiosa manera en la que categorizamos las cosas en nuestra cabeza, creando ideas y esencias muy parecidas al ideal platónico de las cosas. Pero no lo haré desde el punto de vista de la psicolingüística, que ha estudiado (y mucho) los procesos de categorización, de cercanías y límites entre distintas clases…No, lo voy a hacer, como casi siempre, hablando de mí.

Hace unos días, mientras cocinaba el primer plato que aprende un soltero que quiera pretender que sabe cocinar algo, normalmente cuando invita a alguien a casa, me daba cuenta de que nunca acabo satisfecho con el resultado. Sí, hablo de los clásicos spaghettis (aunque yo prefiero tallarines) a la carbonara, que han salvado la vida a generaciones de hombres que, como yo, algún día han querido cocinar para su pareja algo que no saliera directamente de una bolsa o de una cajita congelada.

La receta es sencillísima y no me voy a parar en ella, porque también hay varias formas distintas de hacerla. Incluso, si nos ponemos tontitos puristas, y siempre según LA BIBLIA DE LA COCINA ITALIANA, no lleva nata, avisados quedáis. Pero no me paro en ella. Decía que hay mil formas de hacerla, y yo sé exactamente cómo me gusta más: con mucha pimienta. Recuerdo, además, cuándo fue la primera vez que probé una pasta a la carbonara en completa posesión de mis facultades: en casa de mi abuela paterna, con 7-8 años. Tengo grabado a fuego el sabor por toda la lengua, tan picante que casi me escocía. Y ésa es mi categoría platónica, mi ideal carbonárico. No es un plato que suela pedir cuando como fuera (si hasta un torpe como yo puede hacerlo decentemente, no voy a pagar por él, pudiendo pagar por algo que no sepa cocinar…), pero siempre que lo pruebo, ya sea en casa o fuera, espero ese sabor.

Y claro, no lo encuentro. No lo encuentro porque, en parte, es un ideal, un recuerdo lleno de nostalgia, y en parte porque la gente no es tan pródiga con la pimienta negra como mi abuela. En el fondo, sospecho que a la mujer se le fue la mano ese día, pero yo quedé maldito con esa categoría y la busco cada vez que cocino. Decía que hace unos días, mientras cocinaba, me daba cuenta de que, hiciera lo que hiciera, no iba a acabar satisfecho con el resultado. Me recordaba a mí mismo: “echa pimienta a mansalva, como si fuera tu última oportunidad”. Pero no era suficiente pimienta. Y el plato acabó estando bien, pero no era ideal. No era esa carbonara perfecta que busco cada vez que cocino.

Me resulta curioso ser capaz de recordar, también, el intento con el que he quedado más cerca: cocinando para mí cuando vivía solo en Bilbao. En esa difusa estancia vasca, durante casi todo el 2007, fue cuando más cerca estuve de conseguirlo, ¿por qué lo recuerdo con tanto detalle?

En fin, a lo que iba: las categorías. No sólo tenemos ideales con la carbonara, sino con todo lo que uno pueda imaginar. Quizá tenga que ver con la progresiva conversión en carca que se va experimentando con la edad: tengo una idea de lo que quiero con un libro de Auster (y tiene mucho que ver con el primero suyo que leí), tengo una idea de a qué videojuego quiero jugar (y puedo perdonarle, o no, según lo que se parezca a ella), tengo una idea sobre qué esperar de un concierto…¡Tengo infinitas categorías jodiéndome la cabeza y esperando a ese momento definitivo! Ese momento en el que diga: “está bien, pero antes…”, “está bien, pero era mejor cuando…”

Quizá la clave sea disfrutar un poco más de la experiencia presente y dejar de desear esa carbonara ideal que nunca volverá.

PD: La imagen es de esta web, que, curiosamente, trae la receta que dicta “la Biblia”

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