Javier Alemán

La tarde de Marianne Leigh

In Literatura, Relatos on enero 31, 2014 at 9:45 pm

shattered_memories

Hoy es el 15 aniversario de Silent Hill, y lo celebro con este relato. También aquí en PDF.

La tarde de Marianne Leigh

Un frío de muerte recorre el pasillo. El otoño se ha despedido con demasiada prisa, y ha dejado colarse al invierno a una fiesta en la que no estaba invitado. Los copos de nieve asolan las ventanas y el perfume de la congelación se acurruca en el aire. Sí, un frío de muerte asola el pasillo interior de la casa, de una manera en la que no lo había hecho nunca. Marianne lo recorre para ir hasta la habitación, pero desiste rápidamente: se está mucho mejor en el sofá del salón y no quiere seguir avanzando.

Afuera, a través de las ventanas, destaca la suprema claridad del día, el reflejo de los rayos del sol en la nieve. Llena de luz la estancia, aunque la profundidad del frío genera tanto abatimiento que podría decirse que hace todo más oscuro. Desde debajo de varias mantas, acurrucada en el sofá, Marianne espera a su marido y su hijo. Acaba de despertar de una siesta reparadora, de ésas en las que uno es incapaz de diferenciar en qué momento estaba despierto y cuándo cayó en coma.

Quizá el temporal haya trastocado la antena, porque ahora machaca los botones del mando de la televisión con desesperación, encontrando lluvia y más lluvia. Desde debajo de las mantas, Marianne se pregunta qué hora es. No sólo qué hora es. ¿Qué día, una tarde de viernes como le parece, o una decepcionante tarde de jueves? Puede que incluso sea miércoles. Los días de invierno son eternos, cansados e indistinguibles. Y si encima no funciona la televisión…

Las manos del aire gélido intentan infiltrarse en el fortín que ha construido. Toquetean con furia los cojines, empujan las mantas y buscan cualquier recoveco que no esté sellado herméticamente. Por muy bien que lo haga Marianne, poco puede hacer para combatirlo. Siempre hay un hueco por el que abrirse paso. Las manos son ahora garras que se deslizan lentamente por sus piernas, erizando el vello a su paso y casi levantando la tela del pijama. Erosionan sus tobillos y consiguen helar sus rodillas, con tanta fuerza que Marianne acaba dando un respingo.

No está a salvo en el sofá. Pero sabe dónde encontrar la salvación: los témpanos pueden derretirse ante la furia de una ducha hirviendo.

Marianne vuelve al pasillo, aterida. Juraría que las paredes están cubiertas de hielo, pero cuando enciende la luz encuentra la misma blancura aburrida de siempre: una simple pared que aún no han querido pintar. Con Michael, todavía tan pequeño, es todo más difícil, todo más cansado…Ya la pintarán.

¿Por qué está cerrada la puerta del baño? ¿Por qué no cede al tirar de la manilla? ¿Por qué es tan ajena? ¿Realmente era de ese color? Marianne no alcanza a comprenderlo. Juraría que la manilla de la puerta era de un soso color metálico, pero ahora es casi dorada. Pero no, el frío debe estar atontándola, congelándole las neuronas. Es normal que no pueda pensar ahora mismo con lógica. En la calle los coches no arrancan, las clases se cancelan en los colegios y, como es obvio, a ella también le cuesta un poco más pensar.

Un ruido le obliga a mirar debajo de la puerta. ¿Cómo puede aullar el viento con tanta fuerza dentro de casa? Marianne agacha la mirada y topa con un folio que sobresale. ¿Uno de los típicos “recaditos de amor” que le deja Douglas? No, hace tanto tiempo del último…

Al agacharse a recogerlo se duele en los huesos. Los músculos están más rígidos que nunca y se quejan con un horrible pinchazo. Pero completa el esfuerzo y ya tiene el folio en la mano. No puede ser. ¿Cómo se ha colado algo así en la casa?

Es el dibujo de un niño, pero es imposible que sea de Michael. Los bebés no dibujan con tantísimo detalle. Y desde luego, los bebés tampoco saben escribir. Una única figura, pintada en negro y rojo, con ojos y boca pero no nariz. Los trazos se salen del dibujo, pero de forma metódica, como si alguien lo hubiera hecho aposta. El pelo largo de la figura recuerda al suyo propio. Debajo, sólo dos palabras: “gracias, mamá”.

Los dientes le rechinan y Marianne sabe que tiembla por algo más que el frío. Esperará a Douglas (¿por qué se ha llevado a Michael con el tiempo que hace afuera?) y le preguntará qué estúpida broma pretendía gastarle. Como es evidente, no podrá ducharse para combatir el frío, así que toca volver al plan inicial: volver a la cama. El edredón es lo suficiente tupido como para combatir (y ganar) a la temperatura extrema del exterior.

Por suerte la puerta de la habitación no ha sido cerrada por el payaso de su marido. Pero al encender la luz, Marianne topa con otra sorpresa: el colchón desnudo de la cama y la cuna vacía. Ni rastro del armario, ni rastro de las mesitas de noche. Ni rastro del cálido edredón. La broma ya no tiene gracia.

Douglas solía esconderle las cosas cuando aún no había nacido Michael. Disfrutaba ocultando las llaves o las gafas en los lugares más recónditos, y haciéndole recorrer la casa para encontrarlas. A veces se dejaba sobornar con un beso o podía convencerlo haciéndole cosquillas, y lo más normal es que acabaran riéndose los dos. Pero hasta su marido tenía límites que no rebasaba, y no sería capaz de ocultarle varios muebles de la casa y el jodido edredón. No era humanamente posible, y hacía mucho que ya no jugaban a eso…

De mala gana se acerca a examinar el colchón, lleno de manchas de un rojo apagado que sabe que no estaban ahí. Marianne está tan consumida por el shock que ya es incapaz de asustarse o ponerse nerviosa. Sólo quiere hacerse un ovillo debajo de un kilómetro de tela y esperar a que alguien abra la puerta de casa y la saque de la pesadilla. En la esquina superior izquierda, donde debería estar la almohada de Douglas, hay un pequeño agujero.

Cada una de sus neuronas lanza un chispazo al unísono, una advertencia. Estaría mejor debajo de las mantas, en el sofá. Desamparada contra las heladas garras del invierno, sujeta a sus oscuros deseos y caprichos. Porque lo que hay en ese agujero es el punto de no retorno. Tras meter la mano ahí, tras perforar el colchón, no habrá vuelta a atrás. Pero Marianne está harta, abotargada y casi zombi: lo que haya ahí no puede ser peor que el abrazo del frío.

Desliza con cuidado la mano hacia adentro, y un tacto cálido y húmedo le embota la piel. Un rasguño le recorre mientras hunde el brazo, más y más adentro, en un ángulo aún más imposible que la longitud del recorrido. Dentro hay algo. Lo palpa con sus manos, frío y ajeno a la realidad del interior. Al cogerlo le perfora los dedos y una fuerza invisible tira de su brazo hacia afuera, negándole la zambullida en el calor. Ahí, en su mano ahora helada, está la llave del baño. No la ha visto en su vida, pero sabe que lo es.

Marianne sonríe para sí misma. Por fin podrá ducharse y olvidar el frío.

El pasillo es una cabina frigorífica, un enorme congelador que la quiere preservar. Pero apretando la llave en el puño, con tanta fuerza que se hace sangre, Marianne encuentra la resolución para abandonar el salón y avanzar. Cada paso es un acto de heroísmo, cada zancada le pega los pies más al suelo y le exige abandonar. Pero la promesa de la ducha la mantiene libre de la congelación. Douglas bromeaba con frecuencia sobre cómo Michael fue concebido en ella.

La llave penetra con violencia en la cerradura, que chirría como única queja al girarla. Y la puerta del baño se abre. El vapor le golpea en la cara, y es tan placentera la sensación que Marianne entra y cierra. Apenas puede ver entre las nieblas, pero la memoria la ayuda a sentarse en el retrete. Ni siquiera se plantea por qué su baño es un nido de bochorno. Sólo cierra los ojos y, alejado el pálido fantasma de la congelación, puede relajarse por fin.

Algo cálido y líquido toca sus pies, descalzos. Poco a poco funde el hielo de entre sus dedos, calma sus tobillos y avanza hasta sus rodillas. Sube con calma, envolviéndola de cariño amniótico.

Entonces, Marianne recuerda. Recuerda las discusiones y los gritos. Recuerda el tiempo menguante con su marido. Las noches de dormir sola en la cama con Michael. Los alaridos del chiquillo, que no la dejan dormir.

Se pone en pie con los ojos abiertos. El vapor casi no la deja ver, pero sus oídos se han librado de la escarcha y sabe que el agua sigue y sigue fluyendo. Mientras avanza hasta la ducha, Marianne rememora los días infinitos sin sexo. La falta de apetito. Los amigos que ni la miran a la cara. Sus propios padres, que ahora son sólo abuelos. La ducha en la que no han vuelto a bañarse juntos.

Marianne va saliendo de su embotamiento mientras descorre la cortina. El agua sigue desparramándose, hirviendo sobre sus pies y pantorrillas. Michael, con los ojos apagados, la mira desde el fondo. Al menos no ha tenido que padecer el frío de la tarde.

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