Javier Alemán

El tránsito

In Literatura, Personal on febrero 3, 2014 at 11:45 pm

transit

Todo lo que soy se lo debo al tránsito.Quizá sea una exageración o haya que acotar, así que acotamos: todo lo que soy como escritor se lo debo al tránsito. Entiendo que no es mucho, pero es lo que he sido hasta ahora. Lo comentaba de pasada en este post sobre lo que he leído en 2013, cómo el hecho de que mi mayor “producción lectora” desde la edad adulta ha sido siempre estando de camino a algún otro sitio. Y sin lectura no hay escritura que valga. Durante muchos años de mi vida leía con naturalidad en casa, pero la cosa fue muriendo hasta alcanzar la tierra baldía de ahora.

Con la escritura, evidentemente, pasa lo mismo. Los periodos de mi vida en los que más he escrito han sido aquellos en los que iba de un lado a otro, en incesante trashumancia. Especialmente en 2007, atrapado en el trayecto entre Bilbao, Zaragoza, Oviedo y Tenerife. Dos noches en un sitio, tres en otro y un fin de semana en otro más. Del panorama desolador de no tener un lugar donde echar raíces surgía la necesidad de volcarlo en alguna parte, de escribir sobre lo que fuera como manera de quitarle la tapa a una olla que estaba a punto de reventar. Y claro, en todo ese tránsito, libros y más libros que iban cayendo en guaguas, aviones y barcos, haciendo que el tiempo entre un punto y otro pasara más rápido.

Entiendo que salir de casa inspira profundamente, que el camino (que se lo digan a Kerouac) recupera parte del sentimiento de maravilla y fantasía que no se tiene en lo cotidiano. En la Edad Media la frontera y las tierras sin explorar se convertían en la fábrica de las leyendas, en el tejido de los cuentos y las cosas extrañas que sucedían en los extremos del mundo. Todo lo irreal puede pasar fuera de casa de uno. Frontera, lejanía, límite…Todas son palabras hermosas. Me fascina especialmente el término en euskera, muga, quizá porque es herencia de aquella época. Me obsesionan en la literatura las estaciones de trenes, los aeropuertos o los acantilados que insinúan un mundo más allá. Y he escrito sobre ellos en profusión.

Sin tránsito no existiría “En el país de los acantilados“, que empieza con un viaje en barco. Y sin tránsito tampoco existiría “Ícaro“, que fue escrito durante el tránsito del tránsito del tránsito, tirado de madrugada en el aeropuerto de Stansted habiendo salido desde Bilbao, yendo de un lugar ajeno a otro a consumirme en soledad y buscar quién sabe qué. Escribiendo con furia y cansancio para hacer que pasara el tiempo es cuando (creo) he llegado a mi mejor nivel, convirtiendo la escritura en bálsamo para una necesidad (dormir, llegar…) que estaba aplazada.

Pero no se puede depender permanentemente del tránsito. Llega un momento, por narices, en el que el cuerpo debe descansar. En el que la mente se harta de aventuras y quiere volver a un hogar, abandonar el empuje del momento lineal. Porque vivir en mil sitios y ninguno a la vez es un auténtico coñazo. Se hace insoportable cambiar de cama, tener una habitación en un hostal y el baño en el pasillo o levantarte en medio de un asiento de avión sin saber dónde estás ni qué día es. Eso no es vida, y no se puede depender de algo así como fuente de inspiración. La escritura debe ser algo agradable, algo que uno hace porque le gusta, una afición que nazca de una necesidad mayor que la de llegar de una puta vez, la de recorrer los límites del mundo mendigando emociones.

Tengo un plan para aprovechar la parte positiva del tránsito, pero, sobre todo, para liberarme de su embrujo. Y no es ningún secreto ni nada especial: leer sin parar, leer todos los días en casa (algo que no practico desde hace muchísimo tiempo) y también escribir sin parar. El viaje siempre va a seguir estando ahí, las calles de la ciudad y las fronteras por descubrir en esta isla o en otros sitios me siguen esperando. Pero mientras tanto, toca ponerse las pilas en el campamento base y empezar a disfrutar de una afición de la que hace muchísimo que no disfruto. Si me ciño a mi plan, si prescindo de la noción romántica (y falsa) de la inspiración para escribir y aprendo el oficio, si consigo sentarme todos los días y teclear algo, lo que sea; seré por fin libre.

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  1. […] viene a cuento, pero arrancado de mi casa por un viaje de trabajo, sometido al tránsito y a las horas muertas en una habitación (preferida a una cansina fiesta de disfraces) tuve la […]

  2. […] Como era de esperar, también me encanta ser copiloto de noche. Recostarme en el asiento rodeado de oscuridad. Tan metido en el papel, que muchas veces acababa siendo el DJ del coche, el que elegía las canciones para el trayecto. O, directamente, como sujeto aún más pasivo en la guagua o el tren, el pasajero que asiste al espectáculo del movimiento mientras va pasando de una canción a otra. Y no sé muy bien si fue antes la costumbre de elegir la música o si ya eso existió como vehículo de mi necesidad, pero por ahí acabaron apareciendo las canciones de viaje: canciones fantásticas que funcionan aún mejor quemando asfalto, dejando el mundo atrás en ese estado extraño de tránsito. […]

  3. […] Es jodido, pero en cierta medida, las guaguas me han esculpido como hace el mar con los acantilados. Durante horas y horas me han acercado a la experiencia de la conducción como sujeto pasivo, del viaje inerte del pasajero que se deja llevar y fantasea con lo que ve por la ventana. De, en definitiva, el tránsito. […]

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