Javier Alemán

La mayor colleja de la historia™

In Personal on febrero 18, 2014 at 4:10 pm

dunk

Cuando estaba en el instituto era gilipollas.

Tampoco es que cuente ninguna primicia. Todos éramos gilipollas en el instituto. Y si echas la vista a atrás y no te da un poco de vergüenza ajena tu yo adolescente es o porque naciste viejo, o porque sigues siendo ese adolescente. Sí, todos éramos bastante gilipollas en el instituto, y yo reconozco que hacía oposiciones para ser el más gilipollas del lugar. Supongo que mi gusto por la competición y que no me gusta perder ni a las chapas se unieron con la tontería adolescente para formar un megazord de la gilipollez, un Gestalt de tontería andante.

Por supuesto, no era el único. A mi alrededor se reunía un grupo de acólitos, de imbéciles ilustres con los que desarrollar la gilipollez hasta cotas aún mayores. Si me pongo a recordar, me viene a la mente la vez que pusimos el respaldo (arrancado) de una silla entre otras dos y le dábamos golpes en plan karateka (conmigo gritando a lo Bruce Lee y la jefa de estudios mirando detrás…) o la sarta de imbecilidades que hacíamos en el laboratorio de “papología” (biología, larga historia). Éramos muy tontos, pero creo que esa tontería alcanzó su culmen, su cénit idiota, cuando desarrollamos la temible LIGA DE COLLEJAS.

Todos sabemos lo que es una colleja, ¿no? Ese golpe hermoso con la mano abierta en el cuello de un adolescente, que retumba como las trompetas de Jericó si se administra con la suficiente fuerza. Bien, pues decidimos crear una liga. Una competición por ser el que más collejas daba a los demás. Al principio todo era risa y fiesta, pero tarde o temprano se creó una especie de Guerra Fría, con nosotros recorriendo los pasillos con paranoia y usando pantallas de humo para evitar ser collejeados. Amenazas, insultos…todo valía en la escalada armamentística para dejar claro que quien nos diera una colleja iba a sufrir consecuencias terribles.

Pero las collejas seguían cayendo. Eran collejas furtivas, como dos besos entre amantes a escondidas, collejas que apenas nacían y se disolvían en el acto, pequeños golpecitos seguidos de una huida hacia un lugar donde no pudiera haber represalias. En medio de esto, un compañero cuyo cuello era el Stradivarius de las collejas: sólo con mirarle ya sonaba. Él era, por supuesto, el objetivo ideal, y a su vez, el más precavido de todos. La gacela en cuanto veía a los depredadores escapaba, haciendo muy difícil pillarle en un renuncio y asestarle la colleja que su cuello pedía a gritos. La colleja que el destino exigía.

Aquí es cuando me convierto en protagonista. En el fondo, siempre he tenido algo de héroe trágico, cierta alma de poeta, cierta visión de la belleza. En vez de capturarla grabando bolsas mecidas por el viento, durante esos años me dedicaba a construir letras para canciones que nunca escribiría (aunque hubo un grupo lo bastante temerario, y amigo, como para usar algunas) y poesía idiota. Estaba incubando el escritor que quiero ser, creando un capullo de mí mismo del que tendría que salir un alma sensible y algo menos tontica. Por eso, cuando el destino me lo puso en bandeja, no pude fallar. Cuando se me ofreció ejecutar la mayor colleja de la historia™ no tuve elección: acabé convertido en su marioneta.

Mi compañero bajaba la cuesta que hay a la salida del instituto. Yo estaba en lo alto aún, divisando su glorioso cuello desde la distancia. Tenía que hacerlo. Más que correr cuesta abajo, me dejaba caer por la pendiente. Ingrávido, casi volando, aceleraba más y más. Y entonces me elevé. Creo que nunca he dado un salto tan largo en mi vida. En ese momento de eternidad escuchaba I believe I can fly y el mismísimo Michael Jordan se hubiera arrodillado ante mi gloria. La belleza estaba en marcha. Flotaba sobre el aire, mi mano era un misil sin voluntad que sólo podía acabar en el cuello de mi compañero. Todavía sigo ahí, suspendido en el aire, mecido por la música y la hermosura de momento.

Entonces aterricé. Nacieron y murieron mil estrellas. La explosión de un millón de soles bramó su mensaje sublime. La palma de mi mano acarició por un momento la divinidad. Yo podía en ese momento morir, que ya habría cumplido mi cometido. Había traído al mundo un momento de genuina perfección, había alumbrado la mayor colleja de la historia™ y ya nada sería igual.

Con eso acabó la liga. Con el cuello marcado de mi compañero me retiré en la cumbre. Y supongo que sigo siendo algo gilipollas, porque ahora, al recordarlo, no puedo evitar sonreír un poquito. Será mi alma de poeta. Será.

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