Javier Alemán

Las reglas de la felicidad

In Literatura, Relatos on febrero 26, 2014 at 1:30 pm

fábrica

Animado por el taller de creación literaria que estoy haciendo en El Corte Inglés, he conseguido terminar un relato que llevaba un mes sin tocar. 

En el fondo es tan sencillo como escribir, escribir y escribir; y nunca está de más que te lo recuerden y te insistan. De dejarlo pasar continuamente a sentarme dos días, abrir el procesador de texto y, simplemente, disfrutar. Me queda mucho oficio por desarrollar, mucha costumbre por adquirir y muchas horas de lectura, pero me alegra estar en el buen camino. Como siempre, aquí está el relato en PDF por si no os queréis romper los ojos leyendo. De resto, ahí va: “los mercados”, la incesante cultura de la eficiencia y Agaete.

Las reglas de la felicidad

1. “Si lo deseas, puedes ser el mejor.”

Las sirenas de la fábrica aúllan con pereza. Lo hacen cada cierto tiempo para recordarnos que trabajemos, que no podemos distraernos. Vomitan su ruido con estridencia, pero con una planificación tan racional, que acaban por ser monótonas. Ya no causan ningún efecto entre los que estamos en la cadena de montaje, porque sabemos que su ulular nos golpea cada quince minutos.
El detalle de los minutos lo conocemos porque una vez mi compañera, número 37, se lo escuchó a un supervisor. Tampoco es que sepamos lo que son los minutos porque nadie nos lo ha explicado, pero entiendo que son una unidad de tiempo y que hay quince entre alarma y alarma. Suficiente.

Yo nunca me distraigo porque me gusta lo que hago. Más de una vez me lo han reconocido los supervisores. Me dicen “ojalá fueran todos como tú, número 22” y también “tus manos son las de un verdadero trabajador, 22”. Incluso una vez me dijeron “sigue así y un día serás supervisor”. Yo mantengo la vista en la cadena de montaje y ensamblo cada pieza que me llega. Nunca nos dicen lo que fabricamos, pero sí que es muy importante. Tampoco es que sienta curiosidad. Siempre son dos piezas cuando llegan a mí, y cuando las engancho se convierten en una especie de cubo, con un hueco dentro para que el siguiente de la cadena ensamble otra parte. Número 37 me dijo una vez que cree que es un cilindro con dos aberturas. Yo le dije que no nos importa. También me insiste en que estamos ensamblando durante setecientos veinte minutos, que lo descubrió contando cada vez que suenan las alarmas desde que sabe que lo hacen cada quince.

No entiendo la obsesión de mi compañera. ¿Realmente es tan importante? ¿De qué le serviría saber más, salvo para no ser nunca supervisora? Más de una vez me he quejado de tenerla de compañera de habitación, pero hasta ahora no me han asignado a un nuevo compañero.

La habitación es plácida y reconfortante, y es donde estamos cuando no vamos al comedor, a los baños o a la cadena a ser útiles. Tiene dos camas, una en cada extremo, y cada cama tiene un soporte al lado donde posar nuestro libro de citas. En el centro de la habitación hay una mesa y dos sillas para cuando queremos conversar, pues los supervisores nos han advertido de los peligros de hablar a gritos desde cada extremo o de compartir cama. Número 37 siempre me insiste para sentarnos a hablar, para llenarme la cabeza de todas las preguntas que se hace a sí misma, pero yo prefiero la tranquilidad de la cama y la lectura del libro de citas.

Sin embargo, y como tenemos que llevarnos bien con nuestros compañeros, intento al menos hablar con ella antes de tumbarme a leer. Hay días en los que me dice las veces que ha contado las veces que suenan las sirenas, otras en las que intenta explicarme lo que es un minuto por separado, fuera de su intervalo lógico de quince en quince. Incluso, los días que más le dejo hablar, empieza a preguntarme qué es lo que creo que fabricamos. Yo procuro pararla para que no me inunde la cabeza de pensamientos y me voy a la cama antes de que apaguen la luz, para poder leer un poco.

El libro de citas es precioso. Su cubierta es de un color agradable, muy distinto al que hay en la cadena o en la habitación. Es más cálido, más sosegador. Puedo sentir el calor en mi pecho cuando lo abro y empiezo a repasar las citas que recorren las páginas. Sonrío cuando leo una de mis favoritas, que siempre repaso antes de dormir:

2.“La felicidad está en producir hoy más que el día anterior”.

Siempre intento conducirme de acuerdo a esa cita, y sé que por eso los supervisores están contentos conmigo. Otra de mis citas favoritas está en la siguiente página, y dice así: “Tu familia es quien está antes en la cadena y quien está después en la cadena”. Y también me gusta leer una que hay cerca del final del libro: “Ama lo que haces, y todo lo que hagas será amor”. Siempre tengo una sonrisa en los labios cuando la luz se apaga y puedo dormir.

Pero no hoy, porque número 37 no me deja ir a la cama a leer. Me dice que ha encontrado una cosa en su libro de citas y quiere enseñármela. Con lo poco que lo lee, me sorprende que haya encontrado nada, pero espero a que lo traiga para ver de qué se trata. Se la nota muy tensa, con una emoción que no sabría nombrar pero que parece negativa.

De entre el libro saca un pequeño papel descolorido y me lo tiende. Es de forma rectangular, y hay un montón de letras escritas en un lenguaje que no entiendo. No sé qué le ve de importante. Mi compañera se da cuenta y me dice que no, que le dé la vuelta al papel y veré a qué se refiere.

Lo hago.

Y me sorprende muchísimo. En lo que tengo delante veo muchas cosas que no he visto en toda mi vida. Como si estuviera frente a la escena, como si alguien la hubiera recortado y la trajese para que la veamos. Hay tierra, pero también hay un montón de agua de color azul muy oscuro, muy distinta a la que sale del grifo. Al menos, creo que es agua. Se apila contra el suelo, formando una línea que se evade más allá de donde abarca la vista. Hay elevaciones inmensas de roca, como la que parten en uno de los extremos de la cadena, pero tan grandes como la habitación, ¡o más aún! Por encima veo un techo de un color distinto al que tenemos en la habitación, más parecido al del agua de las duchas. Y hay varias personas, como número 37 y yo, pero con la piel más oscura. Me miran y no sé qué pensar. Dos de ellas están subidas sobre otra cosa que no es una persona, que se alza a cuatro patas y tiene un cuello larguísimo y un bulto inmenso en la espalda. ¿Qué es? ¿Por qué tiene este papel número 37?

Tanto nos entretenemos con su hallazgo, que la luz se ha apagado y seguimos en la mesa. Me siento a disgusto sabiendo que no podré leer ninguna de las citas antes de dormir, así que cuando me voy a la cama empiezo a recitar las que recuerdo en voz baja, tranquilizándome.

3. “Lo mejor de la vida es ser eficiente.”

Siempre intento ser eficiente en todo momento. Cuando estoy en la cadena pienso en mi familia, en el miembro que hay antes en la línea de montaje y en el que hay después, y me siento responsable ante ellos. Si enlazara mal las dos piezas que manejo, un miembro de mi familia se retrasaría y padecería mi error. Y si el que está antes hiciera mal su trabajo, sería yo mismo el que tuviera que dar una explicación a los supervisores. Pero nunca se ha dado el caso, porque todos funcionamos pensando el uno en el otro, como nos han enseñado: no podemos decepcionar a quien nos precede ni a quien nos sucede. Lo que hacemos es amor, porque lo hacemos con amor.

Por la mañana cometo un error fatal.

No tenía que haberlo mirado de nuevo. He intentado palpar la escena, recorrer el bulto del animal, apresar las caras y tocar el techo. He mirado al libro de citas buscando consuelo, pero he vuelto a centrarme de nuevo en la imagen.

Tantas veces lo he hecho que al llegar a la cadena no puedo funcionar con amor. Me duele. Las dos porciones de mi trabajo, las dos piezas que ensamblaba hasta ahora con tanto cariño, tienen un tacto distinto. Sólo sentía calor. Sólo sentía felicidad. Se han convertido en algo rígido, frío y casi cortante. Me disgusta su color.

A pesar de ello, me comporto como un buen trabajador y sigo ensamblando. Mi familia no tiene la culpa de esta sensación extraña, que seguramente sólo será transitoria. Tenía la cabeza vacía, la mirada posada sobre la cadena de montaje. Pero estoy vagando, a la deriva en la escena que número 37 me ha descubierto. Quiero entrar y sentir lo que hay dentro.

De vuelta en la habitación, 37 y yo volvemos a sentarnos en la mesa para hablar. La noto contenta, y estoy seguro de que sabe las molestias que me ha causado lo que me enseñó. Los problemas que he tenido hoy para estar a la altura de la familia, para ensamblar las dos piezas con amor. Me pregunta si he estado pensando en el animal extraño, en el color del techo. Yo le miento y contraataco, citándole nuestro libro:

4. “Hay personas incapaces de amar.”

¿Es ella incapaz de amar? Las personas incapaces de amar están condenadas a no ser supervisores nunca. Eso lo sabemos todos. Las personas incapaces de amar tienen un defecto con el que han nacido y que no se puede arreglar. Ese tipo de personas preguntan y preguntan, y no hacen más que generar problemas. Una vez tuvimos un compañero, 40, incapaz de amar.

Por suerte, recibió tres avisos y dejamos de soportarlo. Molestaba continuamente, sugería formas distintas de hacer las cosas…incluso llegó a preguntar por qué estábamos en la cadena. ¡Todo el mundo lo sabe! Porque sin nosotros no habría amor. El resultado de nuestra obra da mucha felicidad a mucha gente, y somos la parte más fundamental de la sociedad. Los supervisores siempre nos lo recuerdan: “Ojalá pudiera volver a donde estás, porque un supervisor no es tan importante”.

Él seguía con sus ofensas, citaba mal el libro y llegaba tarde. Tres avisos. No lo hemos vuelto a ver y eso me alegra.

37 recibió hace tiempo un aviso. Los supervisores fueron de uno en uno contándolo a la hora de la comida. Había pedido, en sucesivas ocasiones, que las alarmas sonaran cada minuto, para entender su sentido. Nos pidieron que la vigiláramos por si decía alguna cosa rara más, y a mí me prometieron que me cambiarían la habitación. Luego se olvidaron.

Pero ahora, trayéndome la escena y alegrándose de mi malestar, vuelvo a recordar su aviso. ¿Puede ser una persona incapaz de amar? Me asusta. No quiero compartir habitación con alguien así, ni escuchar una sola de sus palabras.

Le recuerdo su aviso, y ella responde diciendo que es una costumbre antigua. Me da igual. Sólo se lo he recordado para que deje de insistir. Consigo dejarle claro que no quiero hablar y me vuelvo a la cama y al libro de citas.

5. “El amor se contagia.”

He conseguido trabajar con tranquilidad durante tres turnos distintos. Me repito las citas del libro, saboreo cada palabra mientras ensamblo las piezas. La repetición me devuelve la sonrisa a la cara y los cumplidos de los supervisores al pasar por mi puesto. Intuyo que la felicidad se propaga por la cinta, que ha llegado hasta la persona antes de mí, hasta la persona después de mí.

La fuente de toda esta paz es mi nueva compañera, 16. Es joven, casi está empezando. Es toda entusiasmo, y ya antes de dormir para este turno, estábamos leyendo los dos juntos el libro de citas. Cada uno el suyo, los dos colocados sobre la mesita de la habitación: una visión imponente, una vuelta a la belleza de la familia.

16 es capaz de amar. Tiene un corazón tan grande que no le cabe en el pecho. Antes de despedirnos para ir a la cadena me ha recitado una frase que no recordaba, tan poderosa que me saca las lágrimas de los ojos: “Trabaja como si fuera tu último turno”.

Enfervorecido, junto las piezas como si ésta fuera el final. Pero sé que no, que por fortuna siempre habrá otro turno. Que mientras no haga preguntas impertinentes, como 37, nadie vendrá a sacarme de la cama y expulsarme al horrible lugar al que van las personas incapaces de amar.

Ella se condenó así, insistiendo. Sabía que ya tenía un aviso, sabía que yo ya había pedido que me cambiaran de compañera en la habitación. No tuve otro remedio.

6. “El desamor se contagia.”

¿Cuántas sobremesas de alegría hemos tenido 16 y yo? Nos abrazamos cuando volvemos a la habitación, siempre tras el turno. Nos susurramos al oído nuestras citas favoritas. Nos acariciamos, imaginando que aún estamos en la cadena de montaje, que nuestras voces son las sirenas de la fábrica llamándonos a ensamblar.

Pero la imagen sigue ahí, escondida debajo de la cama.

Su techo hermoso, su animal extraño y sus habitantes me persiguen mientras duermo, seguramente porque la he metido en el forro de la almohada. Sabía que iban a registrar la habitación cuando vinieran a por 37, en busca de algún indicador de su desamor. Lo sabía porque también lo hicieron con el desagradecido de 40. Así que no tuve más remedio que mentir por primera vez, de guardar con desesperación el trozo de papel para que no me lo quitaran.

La vida se complica conservando la imagen. Las sirenas aúllan con pereza cada quince minutos, y ahora molestan porque me alejan del agua y las rocas inmensas del trozo de papel. La única forma que tengo de soportar el dolor de no estar a la altura es cerrar los ojos. Imaginar una vida sin nada que hacer: el peor destino posible. Sólo así consigo alejar la imagen y centrarme en trabajar.

Vivir es producir, pero producir también es vivir. No hay otra forma de existir siendo feliz. No existe un amor más puro que la solidaridad entre los miembros de la cadena.

Se lo digo a 16 cuando nos sentamos a la mesa. Ella me da la razón y no me acosa con preguntas sobre lo que es un minuto, sobre lo que fabricamos o sobre cualquier idiotez que se le ocurra. Es perfecta, sencilla, trabajadora. Con esa mente despierta, esa ilusión incesante y su increíble capacidad de trabajo estoy seguro de que en algún momento será supervisora.

Sabe que algo me pasa. Me pregunta, y no sé qué decirle. De ninguna manera voy a contaminarla con el horrible pedazo de papel que me hace estar así. Una criatura tan pura no merece algo así. Yo tampoco, pero 37 no tuvo ese cuidado. 37 era incapaz de amar y me embrujó, sacó esa imagen de algún lugar siniestro para hacerme daño, para robarme el amor que ella tampoco tenía.

16 insiste. Me invento una historia. Le digo que creo haber visto a 40 entre los supervisores y que me da mucho miedo que vuelva. Ella me abraza y me consuela diciendo que no, que la gente que recibe tres avisos no puede volver. Que un supervisor le ha dicho que van a un lugar tan horrible que gritan para volver a la fábrica según llegan.

¿También ha ido 37 a ese sitio?

¿También iré yo?

7. “Producir es vivir.”

Qué frías están las piezas que ensamblo.

Dos veces ha venido un supervisor a preguntarme qué me pasa. Creen que estoy enfermo, porque sólo eso podría justificar mi mal rendimiento durante este turno. Ojalá estuviera enfermo. Sospechando el contagio de algo extraño me mandan a la habitación.

16 no ha llegado aún, porque tiene la suerte de estar trabajando. Todo este rato a solas, fuera de mi turno, es una agonía inmensa. Repaso el libro de citas, me revuelvo en la cama, miro el trozo de papel maldito… Las personas que hay en él me devuelven la mirada, me tienden la mano y me prometen recuperar el calor.

Sin duda estoy enfermo. 16 también lo piensa cuando llega. Dedica un rato a relatarme con pelos y señales lo que ha hecho hoy. Saber que hoy ha logrado ensamblar más piezas que ayer me devuelve algo de energía. Ella está viviendo el sueño que ya no puede ser mío, está acariciando lo mejor que da la vida: ser eficiente.

8. “Huye de las personas incapaces de amar.”

Un supervisor me saca de la cadena al poco de empezar mi turno. Me lleva a la habitación a empujones, seguramente disgustado por mi nula productividad. Yo también lo estaría.
Al llegar encuentro a 16 sosteniendo la imagen, avergonzada. No sé cómo la ha encontrado, pero cuando me mira no puedo soportar su decepción. Ella es perfecta, la imagen de lo que cada uno de nosotros aspira a ser. Es el libro de citas hecho persona, y yo no merezco mirarla a la cara.

El supervisor me pregunta de dónde he sacado “la foto”. Así llama al trozo de papel. Le digo, con lágrimas en los ojos, que me lo enseñó 37. Me dejo caer sobre el suelo y estallo. Grito de rabia, doy golpes con los puños en el suelo y suplico que por favor me dejen trabajar. Exijo firmar mi aviso para poder volver a la cadena de montaje y reencontrarme con el amor. Insisto en que nada de esto hubiera pasado si me hubieran cambiado de compañera la primera vez que lo pedí.

16 me dice que soy incapaz de amar. Su voz es más fría que las piezas que apenas puedo sostener en la cadena. Sólo dice eso, y yo, con los ojos emborronados por las lágrimas, no tengo nada que responder. Sale de la habitación y camina orgullosa de vuelta a la cadena, con el paso firme de quien cumple con su deber.

Una patada del supervisor me devuelve a la habitación. Me llama “rebelde” y me avisa de que ya no contaminaré a nadie más con mi foto. Que ya no corromperé más vidas. Yo asiento con la cabeza, le digo que quiero firmar mi aviso, que por favor, quiero trabajar.

9. “Imagina una vida sin nada que hacer. Sería horrible, ¿verdad?”

Se abre una puerta inmensa. Un empujón me lanza fuera. No quiero mirar a atrás. No quiero volver a ver la fábrica, porque me secaré de tantas lágrimas que echaré. Sólo avanzo. Camino entre las piedras. El techo es del mismo color que en la foto. El frío me hace temblar. Más y más piedras delante.

Sólo quiero trabajar.

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  1. Un relato muy logrado. Bien escrito, buen ritmo y con un interesante conflicto.

  2. […] de Ícaro a algo más fácil de filmar, para un corto. El año de mis dos mejores cuentos: Las reglas de la felicidad y La boda del siglo. El año en el que escribí (y luego reescribí) mi primer relato serio de […]

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