Javier Alemán

Un Barça sin Puyol

In Fútbol on marzo 7, 2014 at 11:03 am

puyol

Malos tiempos para el culé.

La retirada de Carles Puyol del Barça, por previsible, no sorprende a nadie. Es el último gesto del gran capitán, que le perdona al equipo dos años de contrato porque no quiere arrastrarse en el campo o chupar banquillo en el club que lleva tatuado en el corazón. Es el servicio final, la confirmación de que está por encima de la mayoría de futbolistas, que se aferrarían a un contrato multimillonario o forzarían un traspaso con insinuaciones a la prensa. Y haciéndolo, obliga al inepto de Zubizarreta a fichar, por fin, el central que lleva necesitando el equipo desde hace años.

Puyol nunca fue el jugador más técnico del equipo, ni ese zaguero que saca el balón jugado limpiamente. Él era otra cosa. Era el alma y los cojones del equipo, el capitán eterno que no permite a sus compañeros faltar al respeto a su afición no dando el 150% en cada partido. El de La Pobla de Segur es un futbolista de los de blanco y negro. Al verle en televisión la señal se atenuaba y parecíamos volver a un fútbol en sus orígenes, a un deporte sin los malos modos actuales. Jugador de los de antes, “futbolista antiguo” en la mejor de sus acepciones, el capitán ha sido un vestigio de todo lo que un aficionado amaba y que se ha llevado el fútbol moderno.

Nunca un mal gesto, nunca una agresión. Central “corajudo”, de los que llaman “de raza”, era capaz de entrar siempre con fuerza pero sin mala idea. Cuando perdía daba la mano en vez de armar gresca. Cuando un compañero estaba lesionado de larga duración, aunque su importancia en el equipo fuera anecdótica (Fontàs…) era el primero en acordarse y lucir su camiseta en una victoria importante. Cuando Piqué se despistaba no paraba de gritarle. Cuando iba a llorarle al árbitro un mecherazo era también el primero en quitarle la tontería. Y si alguien quería bailar para celebrar una goleada visitante, corría a exigir respeto a la afición del contrario.

abidal

Siempre lejos del foco, siempre callado y trabajando. Siempre poniendo al equipo por delante, algo que se va perdiendo en un deporte en el que juegan once y no sólo las estrellas de turno. Hasta tal punto odiaba el protagonismo que fue capaz de cederle el brazalete de capitán a Abidal tras su enfermedad y regalarle ese inmenso honor que es levantar la Copa de Europa. ¿Quién sería capaz de eso en el fútbol moderno?

Es cierto que hablo poco de fútbol, pero es que eso es lo más importante. Como futbolista regaló al aficionado, de cabeza y como un rayo, un 2-6 en el Bernabéu y una semifinal contra Alemania en el mundial. Paró a incontables atacantes. Formó parte de una dupla terrorífica en los primeros años del guardiolismo. Pero aunque hubiera sido peor defensa, seguiría siendo uno de los jugadores más importantes de la historia del F.C. Barcelona. Porque Puyol, el jugador en blanco y negro, de tarde de carrusel deportivo y campos de pie, es lo poco que le queda al Barça de los valors de los que tanto presume y tan poco se conduce.

Carles Puyol, seguramente, nunca habría puesto a Qatar en la camiseta del Barça. Tampoco habría ideado el loquísimo contrato de Neymar, ni fichajes de golfo apandador del laportismo como Keirrison. Ni habría vuelto a abrir la brecha cainita al largar a Cruyff de presidente honorífico. El capitán estaba por encima de esas cosas, porque el capitán sólo ama al Barça, y a nadie más.

¿Qué panorama nos queda a los fans del F.C. Barcelona? Perdemos a un maravilloso defensa al que la edad y las 36 lesiones sufridas por poner todo el corazón en el juego nos han ido arrebatando. Pero los jugadores se pueden sustituir. El problema es que perdemos a un símbolo. Perdemos a un hombre capaz de poner en su sitio a una panda de niñatos multimillonarios y mimados, a una voz con la que temblaban cada vez que pensaban en hacer alguna tontería. Perdemos a un caballero. Y nos quedamos con una directiva plagada de oscuros intereses, con el padre de Neymar y el lloro perpetuo de segundón.

T’estimem, capità. Por favor, vuelve pronto.

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  1. […] ejemplifica mejor el fin que la decadencia del corazón y el cerebro del equipo. El primero, el eterno capitán, ya no puede coleccionar más cicatrices. El segundo, el arquitecto de mil y una victorias, […]

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