Javier Alemán

Ícaro Adaptado

In Literatura, Relatos on marzo 19, 2014 at 12:09 am

Deal_with_The_Devil

Cómo mola reescribir.

Acabo de terminar de retocar un relato antiguo (Ícaro, con el que recibí la mención honorífica en los certámenes Juventud y Cultura de Canarias) para un encargo. La idea es convertirlo en algo más fácil de rodar, para hacer un corto basado en él.

Salga o no salga finalmente, me ha encantado poder volver a él, releerlo con los ojos de un lector y no del propio autor, y he disfrutado con el desafío de darle una vuelta y hacer de él otra cosa. Al final tiene la misma alma y la partitura es la misma, pero ahora suena en otro estilo. Puedo decir que estoy orgulloso de él, y por eso voy a compartirlo por aquí.

(Aquí en PDF)

Ícaro (Adaptación)

La empresa no tiene página web. No tiene perfil de LinkedIn ni tampoco Twitter. Obviamente, tampoco está en Facebook ni Foursquare. De hecho, no recuerdo ni siquiera cómo llegué a ella. Llamaron al teléfono, preguntaron por mí y me recordaron la oferta. “Experto en márketing y ventas”.

Busqué en Infojobs y no la encontré. Tampoco en mi correo ni en las alertas de Google. Pero el paro se hace demasiado duro y necesito trabajar. Así que aquí estoy, en un edificio antiguo que luce ya poca gloria, peleándome con el ascensor. Me han dicho por teléfono que es en el quinto piso, pero los botones sólo llegan al número cuatro.

¿Es una broma de mal gusto?

No, no me he debido fijar bien. Ahí está el quinto botón, encima (como es lógico) del cuarto. Sonrío nerviosamente. Hace tiempo que no estoy en una situación así, y no puedo evitar pensar lo que me estoy jugando. Pero mejor calmarme.

Salgo del ascensor, que me despide con un bostezo cansado. El mundo que tengo delante es distinto. Una única puerta entornada, la de una oficina que me espera para la entrevista. Al pasar es como si me transportara en el tiempo: la modernidad ha llegado al lugar y los ordenadores y equipamiento parecen sacados de otro sitio.

En la recepción hay una chica de edad indeterminada, de sonrisa contractual y vestida “de oficina”. Me pregunta si asisto a la entrevista, y pronuncia como si fuera en mayúsculas. LA ENTREVISTA.

Me pide que espere un momento en unas sillas que hay, pero tarda poco en llamarme. No parece haber nadie más en el lugar, salvo ella y su sonrisa obligada.

El despacho al que entro da una sensación que no sabría definir. Hay una mesa inmensa y detrás de ella un hombre entrado en la cincuentena. Su sonrisa no parece tan forzada como la de la chica, sino que es más bien afable, creíble. Luce un traje de color azul oscuro sin corbata, con varios botones de la camisa abiertos. La palabra “confianza” viene a la cabeza al mirarle. Con su sonrisa fija y un gesto de la mano me indica que me siente, y no puedo no hacerle caso.

– Buenas tardes. – Su voz es la que habría que esperar. Limpia, agradable.

– Buenas tardes.

– ¿Es usted una buena persona?

La pregunta es la más rara que me han hecho en una entrevista de trabajo, pero hay algo en la mirada del hombre que me impide tomármela mal. Se me dibuja una leve mueca de sorpresa en la cara, pero nada más.

– Pues…supongo que sí.

– ¿Supone que sí? – Replica, divertido, imitando el tono de mis palabras.

– No creo que sea yo el que tenga que decidirlo.

– Quizá tenga en eso razón. Pero disculpe, no le quería incomodar con la pregunta. ¿Podemos tutearnos, le parece?

– Claro.

Hace años pude ver, como público, una sesión de hipnotismo, y no puedo evitar recordarla mientras mantenemos la conversación. Es extraño, pero hay algo que me obliga a responder con tranquilidad, a no tomarme lo que me dice como una estupidez, como una ofensa.

– ¿Por qué estás aquí?

– ¿Cómo?

– ¿Por qué has venido a esta entrevista?

Ésa sí es la típica pregunta de entrevista, y la he ensayado tanto que me arde en la lengua mientras escupo la respuesta que me han dicho, es la ideal.

– Porque me muero de ganas de trabajar. Me he dedicado muchos años al márketing y quiero aprovechar esta oportunidad para seguir en un sector que me apasiona, por el que quiero dar el máximo.

El hombre sonríe un momento y coloca sus dos manos, entrecruzadas, sobre la mesa.

– No lo dudo. Pero no era eso lo que te estoy preguntando.

– No entiendo.

– Quiero saber por qué has venido a esta entrevista.

– Bueno…estoy ahora mismo buscando empleo y me llamaron.

– ¿Cómo supiste de ella?

– Lo cierto – no puedo mentirle – es que no lo recuerdo. Me llamaron ayer y me citaron, y aunque estuve buscando información sobre la empresa, no la encontré en ninguna parte.

– Qué raro, ¿no?

Empiezo a ponerme un poco nervioso. Me cruzo de brazos y huyo del contacto visual por un momento. Sí que es raro. Lo normal sería levantarme e irme, porque esto no está yendo a ninguna parte. Pero sé que no puedo.

– Sí que es raro.

– Pero aquí estás, ¿no?

– Sí, aquí estoy.

Intento rebuscar en mis bolsillos el pendrive en el que he traído mi currículum, pero mi interlocutor me hace un gesto con la mano para que pare.

– No será necesario. Ya sé todo lo que tengo que saber.

– ¿Perdón?

– Sé que todavía no superas lo que le hiciste a tu mujer. Que te arrepientes de haber tratado así a tu padre. Que le tiraste un petardo a un gato de pequeño y lo recuerdas cada vez que acaricias al tuyo.

Trago saliva y aprieto los puños. Quiero levantarme. Quiero zurrarle al imbécil éste. Pero él me sonríe con franqueza, con una serenidad imposible, y ahora parece que su traje haya cambiado a un color más cálido. Sigue hablando y yo, parado, sólo puedo escuchar.

– Sé muchas cosas sobre ti. Sé que vives sumergido en una culpabilidad inmensa, insoportable. ¿por qué crees que lo sé?

– ¿Ha hablado mi mujer con usted? ¿Es esto una broma? – Vuelvo a tratarle con formalidad, porque algo me dice que es alguien a quien ya no puedo tutear.

– No he hablado con nadie, te lo prometo. Y sin embargo, sé todas esas cosas.

– ¿Quién es usted? – Intento gritarlo, pero mi voz sale apagada.

– ¿Te gustan los Rolling Stones? Tienen una canción en la que hablan de mí. Ésa en la que estás pensando ahora mismo.

– No le sigo…

– Sí, sabes qué canción es. “Sympathy for the Devil” se titula, ¿no? Es un poco narcisista, pero me gusta mucho.

Permanezco mudo, casi en trance. Mis puños siguen apretados. El hombre está sugiriendo que es el demonio bíblico, y en vez de levantarme, largarme o reírme en su cara, aquí estoy, mudo, crédulo.

– Di mi nombre.

– Yo…

– Di mi nombre.

– …¿Lucifer?

– Encantado de conocerte. – dice, imitando la estrofa de la canción.

– No entiendo nada.

– No hace falta que lo entiendas. Estás aquí porque tengo una oferta de trabajo para ti.

– ¿Cuál es el precio de todo esto?

El hombre se ríe, como si le hubiera dicho una tontería. Yo ya no sé qué hacer ni qué pensar.

– ¿Piensas en tu alma?

Asiento con la cabeza, mudo.

– Ya es mía.

– ¿Qué?

– Que ya es mía. Todas las almas de todas las personas que algún día nacieron son mías. Todos van a parar al Infierno.

Me llevo las manos a la cabeza e intento respirar. Este hombre va en serio y un ruido dentro de mí se extiende en todas direcciones. Va en serio, y lo sé. Empiezo a recordar cada cosa mala que he hecho y la culpa me aplasta, me inclina hacia la mesa.

– ¿Ves? Siempre hay algo por lo que sentirse culpable.

– Pero habrá alguien que… – consigo exhalar.

– Nadie. Nadie en la historia de la humanidad. Imagínate no tener padres ni nadie que te eduque, que te explique qué esperar de la vida. Imagínate no nacer, abrir los ojos y de repente tener la sensación de que hay un trabajo que debes hacer, que tienes un destino inquebrantable que cumplir. El silencio y la furia y el inmenso Infierno, sin que nadie te explique nada. Y la triste humanidad inventándote para pagar por sus pecados, reales o imaginarios, el resto de la eternidad.

– ¿Y Dios? Algo habrá que se pueda hacer…

– Dios no existe. O al menos, jamás lo he visto. En todo caso, si existe le das igual. Todos vais a parar al lugar del castigo eterno, porque estáis demasiado ocupados en sentiros culpables.

– Así que yo también iré al Infierno…

– También.

– ¿No hay forma de librarse?

Tengo un nudo en la garganta, y es como si alguien hablase por mí. Soy un muñeco en manos del diablo, que está conversando consigo mismo y teniéndome de espectador. Al menos, así es como me siento.

– La hay y es muy sencilla, pero nadie lo ha hecho: dejar la culpabilidad estúpida y los remordimientos. Sé que piensas que podrás, pero no, tarde o temprano te volverás a castigar, y en unos años nos veremos en el Infierno, en tu propio lugar de castigo eterno tal y como deseáis todos. Pero no estamos aquí para hablar de eso.

Suspiro aliviado. ¿Y si es una broma de la televisión, un loco haciéndome perder el tiempo?

– ¿No?

– No, estamos aquí porque tengo un trabajo que ofrecerte. Y ya sabes cuál es.

Me encojo de hombros. ¿Sé cuál es? Claro que sé cuál es. Está hablando consigo mismo para hacerme entender, pero yo ya sé lo que está pasando. Diría que ahora mismo su traje es de color rojo, casi deslumbrante.

– Me he hartado. Toda una eternidad de pena y castigo, de estupidez y autocompasión. No pedí esto, y de haber podido, nunca lo habría elegido. Soy esclavo de todos vosotros, existo sólo para hacer una tarea repetitiva que ya no disfruto. Creo que merezco unas vacaciones, ¿verdad?

– Imagino que…

Me interrumpe, como siempre, con su sonrisa y su voz cálida.

– Sí, merezco unas vacaciones. Me iré a pasear por la ribera del río. A tomar un café tranquilamente mientras leo el periódico. Me acostaré con algún hombre deseable, con alguna mujer apetecible. Saborearé una comida en un restaurante de prestigio y dormiré hasta tarde un lunes. Setenta años, no quiero mucho más. Me los he ganado, ¿verdad?

– Sí.

No puedo decir nada más. No soy capaz de articular más palabra que esa.

– Por supuesto, el trabajo tiene unas condiciones idóneas. Todo el dinero que quieras para gastos y un nivel de entendimiento del cosmos que ni Stephen Hawking soñaría con tener. El trabajo requiere creatividad y se hace divertido con la gente que realmente se lo merece. ¡Y tendrás un piso con muy buenas vistas!

– Claro.

– Pero sé que quieres otra cosa también a cambio, y te la puedo garantizar. Cuando se acaben mis vacaciones y algún día mueras (aunque eso puede arreglarse también), no pisarás el Infierno.

Eso es lo que quería oír. Sólo eso. Le tiendo la mano, como si fuera un títere, y el hombre me la estrecha con una sonrisa y una lágrima bajándole desde el ojo. Acabo de pactar con el diablo y de convertirme en su suplente, en un “interino infernal” y lo único que se me ocurre decir es…

– ¿Cuándo empiezo?

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  1. […] o temprano están destinados a aparecer en una antología). Ha sido el año de la conversión de Ícaro a algo más fácil de filmar, para un corto. El año de mis dos mejores cuentos: Las reglas de la […]

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