Javier Alemán

La poesía del desmayo

In Literatura, Personal, Psicología on abril 7, 2014 at 12:35 am

desmayo

La fobia a la sangre es la única con una respuesta específica.

Porque todas las fobias tiene, evidentemente, una respuesta conductual, pero la hematofobia (no me gustan los nombres cursis griegos que se le ponen a las fobias específicas, por cierto) tiene su propia respuesta corporal bifásica. Al inicio el cuerpo aumenta la frecuencia cardiovascular, para justo después disminuirla de forma drástica. Tiene su lógica: el cuerpo no quiere desangrarse.

Creo conocer el origen de mi fobia a la sangre: una prueba larguísima en la que tenía que estar una hora tumbado para hacerme un análisis de sangre. Tendría once o doce años, no más. Recuerdo levantarme rápido tras esa hora postrado, recuerdo acercarme a una cabina en la planta del hospital y cómo el mundo empezaba a girar a mi alrededor. Plaf, el desmayo. De ahí la lógica asociación con la sangre (no paraba de mirarla cuando me la sacaban del cuerpo) y de la continua evitación el refuerzo de la fobia. La sangre no tuvo nada que ver, pero sí el levantarse rápidamente tras tanto tiempo en reposo.

Desde entonces es mayor el temor al mareo (y desmayo) que la propia sintomatología. Lo típico en el trastorno. No me hace la vida muy incómoda, pero sí que tengo que mirar por la ventana cuando voy a donar sangre, o tener cuidado con las películas que veo o los libros que leo. Mi pobre novia es testigo de la levedad de mi cabeza en cierta escena de Million Dollar Baby o viendo Dexter (paradójicamente, una de mis series favoritas, que algo me ha desensibilizado), igual que uno de mis amigos (pobrecito) ha tenido que asistirme cuando la gravedad quería raptarme al final de Sympathy for Lady Vengeance. Tengo más anécdotas, claro, pero cerraré con la vez que en medio de un vuelo mi mareo inmenso leyendo Descansa en Paz (que no he querido seguir leyendo, de nuevo, la evitación) me consiguió, compasión de la azafata mediante, una Coca-Cola gratis. ¡En un avión!

Todo esto hace que conozca con cierta intimidad al desmayo. No con la fría holgura del científico (que también, al fin y al cabo lo he estudiado), sino con la extraña calidez del que lo ha padecido una buena cantidad de veces. Es una sensación curiosa. Evidentemente desagradable. El cuerpo se va apagando poco a poco, y es uno de esos pocos momentos en los que uno es capaz de sentir (momentáneamente) sus extremidades sin el privilegio de usarlas con normalidad. El mundo da vueltas, las habitaciones se convierten en trompos y el techo te cae sobre la cabeza. Entiendes de repente el poder de la gravedad, que te arranca de ti mismo. Plaf, el desmayo.

El más extraño que recuerdo (y el último desmayo “de verdad”, más allá de mareos contenidos mirando a otro lado y respirando) no fue sino un revival del primero. Ya en la veintena, jugando a la consola durante horas tirado en el sofá, no se me ocurrió mejor idea que incorporarme con velocidad para ir a la habitación. Todo iba bien mientras salía del estudio y recorría el pasillo, pero poco a poco, sin darme cuenta, una ligereza fulminante se apoderaba de mi ser. El mundo se apagó mientras alguien empujaba mi cabeza hacia el suelo. Traspié a traspié seguí avanzando, a trompicones y con la vista oscurecida, hasta empotrarme contra la mesa del ordenador. No sabía lo que era, pero recuerdo seguir empujándola durante unos segundos eternos, sin terminar de caer. Empujando, empujando, como un dios idiota que condena su omnipotencia a mover una puta mesa. Porque con esa levedad uno todo lo puede. Con medio cerebro apagado y el cuerpo dejándose ir, parece no haber obstáculo ni pensamiento desalentador.

Y de repente, abrir los ojos.  Abrir los ojos y darme cuenta de que me había casi tirado encima de la mesa, todo mi tronco superior sobre ella y las pilas de CD’s en el suelo, donándome su espacio. De nuevo, segundos larguísimos de perplejidad, de preguntarse qué ha pasado. De agradecerle a la mesa no haber caído de boca y seguir teniendo dientes. Es una sensación evidentemente desagradable, pero extrañamente poética. Es la segunda vez que escribo sobre ella, y estoy seguro de que podría hacerlo muchas más veces.

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