Javier Alemán

A Dos Metros Bajo Tierra y la orfandad

In Series on mayo 1, 2014 at 10:26 pm

six

Hablemos de horror finis.

Lo que viene siendo a ser, en cierta contraposición al horror vacui, el miedo a que las cosas que nos gustan tengan un final. Porque aún no he visto Los Soprano, ni The Wire, ni Breaking Bad ni True Detective, pero acabamos de terminar A Dos Metros Bajo Tierra en casa y la enorme sensación de desasosiego y orfandad que nos invade creo que tardará en irse. En casa llegamos tarde a las cosas, probablemente porque no podemos aguantar la espera entre capítulo y capítulo y nos da por comprar las series al peso cuando vemos alguna oferta, pero aún quedándome todo eso por ver (que mis amigos no paran de recomendarme, a la par que cientos de desconocidos en el hinternecs), estoy seguro de que va a costar mucho encontrar algo igual.

La serie de Alan Ball (que, me soplan por aquí, fue el guionista de American Beauty) es la a vez sencilla y compleja. Trata temas como la muerte en sí misma, el sentido de la vida o las relaciones entre las personas, y lo hace sin filosofía barata de porrero ni profundidad falsa, sino con una naturalidad inmensa. A su vez se mete con un montón de temas espinosos para su época y, de nuevo, lo hace con tranquilidad, mostrando el mundo tal cual es y no como la idealización que se hace de la vida en las películas.

Sus personajes son profundamente humanos y se equivocan, pero no les persigue ese recurso narrativo barato que es el castigo o la recompensa por el mal y buen comportamiento. Aquí no hay juicios sobre los errores que cometen, no hay moralina al final del capítulo y no hay odas de sociedad inmadura: sólo hay vida, perversa y cruel, bella e injusta. Y muerte por todos lados. Muerte arbitraria, estúpida y carente de significado, como todas las muertes. Muerte sin artificios, como se muere la gente en la vida real.

Ahora, con el final de la serie aún quemándome la piel, no creo que sea momento de hacer análisis extensos de lo que quiere aportar y lo que significa. Sólo sé lo que me ha generado, cómo me ha enganchado y cómo ha conseguido hacer que me crea todo lo que pasa en la pantalla. Las risas que me ha sacado y las lágrimas que ha conseguido extirparme de cuando en cuando. Cómo crea una de las parejas homosexuales más creíbles (y bonitas) que he visto en cualquier medio. Su música y su simbolismo están ahí, su inicio y su final a la contra, su progresión absolutamente natural de los personajes y sus tramas que van preparándose con muchos capítulos de antelación.

¿Y qué hacer ahora? Porque en casa estamos huérfanos de ficción de semejante nivel. Hemos visto grandes series y grandes películas en el último año, pero nada que se nos meta tanto bajo la piel como esto. Recuerdo, mientras veía el último capítulo, pensar “por favor, que esto no se acabe nunca”. Suspirar cuando veía que el reloj iba agotando su transcurrir y que ya no quedaba mucho más que ver. Y zas, llega el final. Una última secuencia colosal en la que Alan Ball decide que no te va a dejar ir con el corazón intacto, en la que hace honor a la serie y nos muestra que todas las cosas, en algún momento, tienen un final. La serie, las tramas, tu propia mortalidad, todo es finito y no te queda más que aceptarlo con lágrimas en los ojos mientras se sucede la carretera que todos compartimos y aparecen los títulos de crédito.

Llegó el final, y como con las mejores cosas de la vida, uno esperaba que, al menos ésta no acabara. Pero todo termina.

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