Javier Alemán

Blue Moon

In Literatura, Relatos on mayo 29, 2014 at 12:18 am

luna

Me apetecía escribir algo corto y lo he hecho de una sentada.

Tiene sus riesgos escribir así y estoy seguro de que ha quedado alguna errata por corregir, así que agradecería mucho que alguien me lo indicara. Aquí está el relato en PDF, si prefieren.

Blue Moon

Salió de casa y mató.

La luna miraba entre las nubes al cadáver, engulléndolo el mar. A los días resurgiría y sería sólo un turista idiota más al que se había llevado la corriente. Ya ni se esforzaban en comprobar las causas del fallecimiento. “El mar se lleva a otro turista borracho”, pensarían.

Tampoco tenía gran importancia.

Giró la llave del contacto y el motor del coche le dio la bienvenida. Saciado, parecía sentirse de buen humor. Le esperaban unos cuantos kilómetros de pavimento precario, de piedras y baches, porque había ido a tirarlo hasta una playa recóndita pasado Morro Jable. El viento golpeaba el capó tanto como las rocas arañaban las ruedas.

Mentalmente se decía que iba hasta allí porque era lo lógico. Si el cuerpo aparecía en la zona sería normal asociarlo con el típico alemán idiota que, con la osadía del que se sabe dueño de Europa, se bañaría con bandera roja. Pero lo cierto es que el sitio le gustaba. La noche se derramaba sobre la costa, las olas golpeaban en acometidas regulares y no había un alma en muchos kilómetros a la redonda.

Las nubes se movían con velocidad por encima de su capó. En parte era el viento, en parte el transcurrir del tiempo. Le gustaba conducir, sentir el pie en el acelerador y pisar con fuerza por esa enorme recta que era la carretera que conectaba el sur de la isla con su norte. De cuando en cuando topaba con conductores (no era tan tarde, según el reloj del coche), viajeros nocturnos que irían también a cenar. Se entretenía adelantándoles, jugándose la existencia avanzando en hileras en medio del carril de doble sentido y provocando frenadas ansiosas y volantazos temerosos.
Quizá entraba así en comunión con ellos.

Por la pista de tierra aún no había nadie y sería así durante unos kilómetros más. Sólo el viento y las rocas, porque de tan lejos y tan a oscuras era imposible distinguir el mar del cielo. Probablemente era de las cosas que más le disgustaban.

Llegado a Morro Jable hizo una parada en la gasolinera del puerto. El último barco del día acababa de atracar y decenas de personas se bajaban para volver a sus casas. ¿Tanta gente? ¿Era viernes, sábado…?

Se distrajo un momento poniendo gasolina, mirando a la muchedumbre. Al menos cien caras y todas idénticas, todas borrosas. Con el depósito ya lleno entró y pagó en efectivo con el dinero del turista. Siempre llevaban mucho efectivo.

Como movido por una vieja costumbre volvió a girar la llave y se sumergió en la carretera. Pasando por la zona turística, tan animada y llena de paseantes, tuvo que parar para dejar pasar a dos viejos. Parecían alemanes también. Uno de ellos se le quedó mirando, como si no se creyera algo. Le devolvió la mirada y el anciano entendió que tenía que irse.

A la salida del pueblo entendió por qué lo había mirado con tanta sorpresa: no se había cambiado la camisa. La luna ahora estaba tapada por nubes finas. Recorrió un tramo de al menos diez kilómetros más, oscuro y lleno de construcciones ruinosas, antes de poder apartar el coche a un lado. Salió y el frío le envolvió. Si fuera de día podría ver el mar azul y verde, los tonos blancoamarillentos de la arena y el azul cerúleo del cielo. Pero era sólo la noche y el paisaje horrible y vacío que hay en ella. Abrió el maletero, tiró con un amago de rabia la camisa hecha un ovillo y cogió una de las que siempre llevaba de repuesto. Iluminado por la luz de los faros comprobó que su pantalón no estuviera manchado y volvió al coche.

Quería llegar hasta Corralejo, así que aceleró. Pasó por el desierto, por carreteras en obras y macizos de roca. Por vastas llanuras rojizas cuyo color sólo era ya una intuición. Las cabras a los lados de la carretera le miraban como a todos los demás.

Obsidiana reflejando la luz del coche, bares de carretera, polígonos industriales y soledad en cada palmo de terreno hasta llegar a Caleta de Fuste. Allí la luz se intensificaba y se intuía la pequeña playa, el faro y el fracaso turístico en forma de urbanizaciones fantasma, bungalows en multipropiedad y locales tapiados.
Pisó aún más el acelerador.

Varias rotondas más allá la carretera llegaba hasta el aeropuerto, y de allí a Puerto del Rosario. Por un momento estuvo tentado de tomar la entrada, pero eligió rodear la ciudad y seguir acelerando. El color negro impregnaba todo y no pudo ver a su derecha Puerto Lajas, salvo unas tímidas lucecitas. Pisó y pisó, adelantó y adelantó. La luna, ahora libre de la prisión de nubes, le ayudó a divisar Montaña Roja pero no a percibir el por qué de su nombre. Y, de nuevo, arena por todos lados, que de noche es sólo polvo triste y gris.

Habrían transcurrido dos horas en total y ya estaba rondando la entrada de Corralejo. Apartamentos para turistas allá donde mirase, negocios cerrados (más aún) y parques de atracciones en estado de abandono. Farolas iluminando los carteles de pubs irlandeses, de bufets de comida asiática y de restaurantes italianos. Aparcó donde pudo y salió a dar un paseo sin tener muy claro por qué.

Recorrió la zona de compras y había demasiada gente en la calle. Decididamente, tendría que ser viernes o sábado. O quizás esas consideraciones dieran igual a los turistas, que quemarían los últimos cartuchos fuera el día que fuese. Se mezcló con ellos y devolvió una sonrisa a un hombre fornido que le miró con deseo. Sólo una sonrisa.

Se hartó rápido y acabó llegando a la avenida marítima. Más gente aún en las terrazas de los restaurantes y un olor nauseabundo a pescado impregnando cada poro de su piel. Las luces de los locales alcanzaban el agua, pero no eran capaces de devolverle el color azul.

No tenía ya hambre, y era probable que estuviera unos días inapetente. ¿Qué más podía hacer?

Volvió al coche y giró de nuevo la llave. Se miró en el espejo retrovisor y repitió la sonrisa que había devuelto a su “admirador”. Por un momento se gustó. Le hizo recordar el disco que guardaba en la guantera. Lo sacó y lo introdujo en el reproductor. Frank Sinatra habló a través de los altavoces:

“Blue moon,
you saw me standing alone,
without a dream in my heart
without a love of my own”

La bestia siguió el ritmo de la orquesta con las manos, casi alegre. Sabía que esa canción tenía que recordarle algo, traerle imágenes de años atrás. Devolverle el calor a las mejillas, sacarle una sonrisa sincera, revivirle su juventud…

Pero no recordó nada.

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