Javier Alemán

La boda del siglo

In Islas Imposibles, Relatos on junio 27, 2014 at 11:09 pm

boda

Servidor escribiendo una historia de amor.

Como siempre, puede leerse en PDF aquí, o en este mismo blog.

La boda del siglo

A veces un familiar se opone a tu boda.

Puede ser que a tu madre no le caiga bien tu elección: ella te ve con ojos llenos de perfección y de irrealidad, y seguramente piense que no hay nadie a tu altura. Eso es normal. Puede que sea tu padre, porque piensa que hay alguien intentando arrebatarle su sitio de protector, una especie de memoria primigenia del cazador-recolector que fue su primer antepasado. Eso también es normal.

Pueden ser tus abuelos o tus tíos. Pueden ser tus suegros, por las razones ya mencionadas, aplicadas a la otra parte. Puede ser una ex-pareja despechada que, de manera imaginativa, acaba en medio de tu boda vociferando y poniendo pegas al casamiento. Pueden ser muchas cosas.

No era el caso de Daisuke y Haruka. Quien se oponía a la boda era la Madre Naturaleza, con mayúscula.

Habían elegido la fecha con esmero, enviado las invitaciones con cuidado y acordado la cita con el ayuntamiento para inscribirse en el registro. Incluso habían convencido a sus padres para celebrar una boda de estilo occidental, dándole un disgusto a la abuela de Haruka, que no podía entender por qué no se unían en un templo Shinto, como siempre se había hecho.
No contaban con el Monte Oyama.

El volcán, en su vil dictadura, no estaba satisfecho con la fecha de la boda. Así se lo hizo saber a los técnicos que trabajaban en el centro de prevención, bramando ondas sísmicas y corrientes que ellos sabrían identificar. Quizá fue porque no le enviaran una invitación. Educado pero furioso, avisó con mucha antelación de que acudiría a la boda, que no se la perdería por nada en el mundo.

Haruka conoció a Daisuke fuera de la isla pequeñita que la vio nacer. Ocurrió mientras estudiaban en Tokyo, en la Universidad de Gakugei. A menudo bromean sobre la suerte que tuvieron al compartir amigos comunes y acabar enredados en una gokon. Daisuke ni siquiera iba a acudir, pero el amigo que la organizaba, Taro, no paró de insistirle. Le repitió una y otra vez que no tenía a nadie más, que Osamu había enfermado (qué novedad) y no podría ir, que Misaki se enfadaría mucho con él si no conseguía a otro amigo para la cita en grupo…
Haruka, a decir verdad, sí que quería ir.

La vida en Tokyo se hacía muy extraña para ella. Lejos de sus padres, lejos de su querida abuela, lejos de la estación del ferry en la que fantaseaba con viajar a la gran ciudad. Una cosa era la idea, las horas en blanco dejando volar la imaginación…y otra era Tokyo. Le gustaba y había conocido a mucha gente, pero no podía evitar sentir que no pertenecía a ese mundo. Sentir que las personas que la rodeaban no habían llevado durante días una máscara para escapar de la muerte, que la única sensación similar que habían vivido era portar una mascarilla para no propagar sus gripes. Por eso, en cuanto se presentaron y Daisuke le dijo que también era de Miyake-jima, sintió algo estremecerse en su interior.

Había algo de fortuna en la enfermedad de Osamu, en la insistencia de Taro y los legendarios enfados de Misaki. Si en medio de esa enorme cadena hubiera fallado un solo eslabón habría acabado accediendo a los ruegos de su abuela y dejando a sus padres organizar un omiai para que conociera a un hombre con el que casarse. Pero como en las historias de los cuentos, ganó el amor y las fuerzas del mal (de momento) fueron contenidas.

Daisuke y Haruka pasearon y pasearon. No hacían más que pasear cuando no estaban estudiando. Veían películas americanas soñando con escapar de Tokyo un momento, como ya habían hecho con Miyake-jima. A veces se sentían como si hicieran algo malo. Como si realmente no estuvieran destinados el uno para el otro. Eran producto de un lugar que no era el suyo, ¿cómo podrían estar seguros de su amor cuando se daba en un sitio que no los había visto nacer ni crecer?

Pero tuvieron que esperar. Estudiaban y estudiaban, paseaban y paseaban. Los parques alrededor de sus residencias se convirtieron en los lugares de encuentro. De la mano, amagaban con recorrer Tokyo para luego agobiarse ante la inmensidad y refugiarse en casa de Taro para ver aún más películas cogidos de la mano. Comedias románticas occidentales en las que perfectos desconocidos acababan casándose tras hora y media de contratiempos. Reyes y reinas en mundos de fantasía queriéndose por encima del paso del tiempo. Haruka le apretaba la mano y Daisuke tragaba saliva, soñando con el momento en el que serían marido y mujer.

La primavera llegó y se fue varios años, regalando un pequeño verano en Miyake-jima a cada paso. La primera vez volvieron separados, cada uno a horas distintas, porque ambos eran demasiado tímidos como para contárselo a la familia.

Bucearon entre los famosos corales de la isla, rodeados de turistas y de la fauna local. Se abrazaron bajo el agua con el aire y el océano oprimiéndoles la espalda. Haruka jugaba con los peces y Daisuke buscaba cangrejos. Paseaban y paseaban de nuevo en su islita, con el Monte Oyama de permisivo buen humor.

Ya el segundo año volvieron juntos en el ferry y anunciaron su amor a quien quiso escuchar. Sus padres se conocían y la abuela de Haruka, tan insistente en organizar el omiai, había pensado en Daisuke como probable marido para su nieta. Toda la familia aprobaba el enlace entre la pareja, y, si acaso, aprovechaban cada momento para sugerirles la boda. “¡No tan rápido, aún tenemos que acabar de estudiar!” El verano transitó entre las insistencias de boda en forma de broma y las tardes perezosas de amor y paseos. Justo antes de volver a Tokyo hubo un amago de queja del Monte Oyama, que lanzó sus protestas sulfúricas a la atmósfera.

Lucieron por primera vez las máscaras juntos, cuando resonaron las alarmas por el pueblo. Haruka con la de Daisuke, Daisuke con la de Haruka, como tontos enamorados. La luna en el cielo, y ella como un espíritu enmascarado, una criatura de leyenda embaucándole en medio de la noche. Él, un caballero de historia fantástica, engalanado con su casco a prueba de dragones y volcanes.
Se quisieron mucho.

El tercer y el cuarto año hubo calma, un nuevo tipo de amor sosegado, de tardes tranquilas sentados en un banco del parque bromeando sobre qué nombres pondrían a sus hijos, de helados de vainilla e inmersiones tranquilas. A ella le gustaba Akane para una niña, y a él le gustaba Taro, como homenaje del accidente que les presentó.

Sesteaba el volcán y sesteaban ellos en la hierba contando las estrellas. Se abrazaban en momentos interminables pensando que, al año siguiente, habrían terminado de estudiar y podrían escapar de Tokyo.

Tokyo los sentía como agentes externos, pequeños patógenos en sus calles y túneles de metro. Taro había desaparecido, Osamu siempre estaba enfermo y Misaki ya no quedaba con ellos. El quinto año fue el año más largo de la historia. Los últimos exámenes eran horribles y había días en los que no se veían porque Daisuke era incapaz de concentrarse. Lloraron más que nunca y se echaron de menos con todo el corazón. Pero llegó de nuevo la primavera y estaba más cerca el verano.

A principios de abril, bajo los cerezos en flor, Daisuke se declaró. Fueron pocas palabras, porque no podían parar de llorar. Las flores blancas cayeron con calma agitadas por el viento y Haruka gritó: “¡Sí, claro que sí!”

Cada día hasta llegar el verano fue una eternidad. Volvieron a separarse para luchar contra los exámenes, volvieron a enfrentarse a innumerables noches sin dormir y a profesores desalmados que les retenían en la universidad. Haruka marcaba el paso del tiempo en un calendario con un pintalabios que Daisuke le había regalado. Daisuke salía a correr bien temprano para relajarse.
Casi se desmayaron de júbilo al ver las notas finales. ¡Por fin eran libres! Era más grande la alegría de volver a Miyake-jima que el éxito académico.

El trayecto en el ferry fue accidentado, pero el oleaje no les paró. Los turistas se asustaban ante el barco tambaleándose, pero ellos sólo se bastaban con su abrazo. ¿Qué iban a importar unas pocas olas?

El quinto verano fue el mejor de sus vidas. El padre de Daisuke enfermó del corazón pero eso tampoco les hizo mella. Su hijo montaba guardia en la habitación donde reposaba tras la operación, y Haruka le consolaba llevándole pastelitos de arroz. Fue la primera vez que los preparó para Daisuke, como si hubiera estado reservándolos para una ocasión especial. Fueron dos semanas de nervios, de preocupación y de ansia: Daisuke había escapado de Tokyo para acabar prisionero del hospital y un padre dolorido y malhumorado. Pero aguantaron. Las semanas se acabaron y llegó el alta. Volvieron los paseos de la mano y el amor sosegado.

Daisuke empezó a trabajar en el estudio de arquitectura de un amigo de su padre. Viajaba algunas veces fuera de la isla, pero no eran tantas como para desesperar a Haruka. Ella daba clases de matemáticas en el colegio en el que había crecido, encantada de estar rodeada de tantos buenos recuerdos. Aunque querían vivir juntos decidieron esperar a la boda para no inquietar al padre de Daisuke; no debían hacer nada que pudiera desbaratar su pobre corazón.

Volvieron a sonar las alarmas mientras Daisuke estaba fuera de la isla. Haruka, acostumbrada como estaba, no podía entender cómo estaba tan llena de congoja. Con la máscara antigás calada parecía un tengu, que hubiera bajado a enseñar a sus estudiantes los secretos de la supervivencia en Miyake-jima. Los ayudaba a ponerse sus máscaras conteniendo las lágrimas, deseando abrazarse a Daisuke, cambiarse de nuevo las caretas.

Estaba claro que la vida no tenía demasiado sentido si uno permanecía demasiado tiempo separado del otro. Haruka rogó y Daisuke ni siquiera necesitó ceder: le resultaba cada vez más tortuoso alejarse de su pequeña isla y de su futura mujer. Se prometieron de nuevo felicidad eterna y no separarse más, y Daisuke llegó a un acuerdo con su jefe para no tener que ausentarse tanto.
La abuela de Haruka murió poco antes de la boda. Ella lloraba y lloraba y no había forma de consolarla. Su querida abuela, que tanto había deseado casarla en vida. Su querida abuela, que aún con el disgusto de la boda occidental había aceptado llena de ilusión. La pareja vivió una pequeña crisis: ella pidió una baja por ansiedad y moraba por los parques a los que le había llevado la anciana de pequeña. Él, simplemente, no sabía qué hacer.

Se separaron en el tiempo pero no en el espacio. Daisuke la acompañaba de la mano en alguno de sus paseos lagrimosos por los parques, callado. Él estaba fuera de la isla, como en los momentos de máxima alerta y exilio, cuando abandonaban por meses Miyake-jima por el riesgo de enfado del Monte Oyama. Fuera en el futuro, con el niño y la niña que querían tener, imaginando un mundo distinto en el que Haruka recuperaba la sonrisa. Su futura mujer, claro, estaba en el pasado, con la pequeña máscara infantil calada paseando de la mano de su abuela.

Pero la tragedia amaina con la paz de las mareas que vienen y van: erosionó la relación, creó finos granos de arena en lo que era roca y formó una playa tranquila en la que volver a quererse con intensidad.

Adelantaron la boda y Haruka volvía a sonreír. ¿Por qué esperar más? ¿Por qué asistir, sentado en un banco, a una vida de la que no esperas más que un acontecimiento que nunca llega? Los padres de Daisuke aceptaron el adelanto con alegría, los de Haruka aún tenían difícil expresar algo que no fuera pena silenciosa.

No localizaron ni a Taro, ni al enfermo Osamu ni a la rabiosa Misaki. Era lógico, pues ahora parecían actores secundarios de una película antigua. Pocos eran los invitados: las familias de cada uno, la ausencia inmensa de la abuela, el jefe de Daisuke y algunas compañeras de trabajo de Haruka.

Compraron un vestido sencillo, muy occidental: blanquísimo, con una cola larguísima y un velo que sólo dejaba intuir la sonrisa más bella del mundo. Daisuke luciría un traje que su padre insistió en regalarle y que le quedaba un poco grande, un vestigio familiar de algún tío abuelo que vivió fuera de Japón: pantalones oscuros, chaqueta oscura, chaleco gris y camisa blanca. El tedio que azotaba a Daisuke cuando pensaba en comprar otra vestimenta era más grande que la ilusión, así que aceptó, en parte por alegrar a su padre, en parte por no complicarse más la vida. ¡Sólo quería casarse!

Dos meses antes de la boda los técnicos encontraron las inusuales ondas sísmicas que eran tan usuales en Miyakejima. El Monte Oyama volvería a escupir lava y bramar su descontento lleno de azufre. Nadie lo había invitado a la boda. Esta vez iba a ser algo serio: tendrían que dejar durante muchos meses (¿quién sabe cuantos?) la isla y seguramente se llevara por delante alguna carretera cercana y quién sabe si casas. Las familias empezaron a planear la evacuación y Haruka y Daisuke cayeron en un trance triste. ¿Cuánto tiempo tendrían que seguir esperando para tener lo único que deseaban?

Los ferrys zarpaban llenos de gente. Algo más de dos mil habitantes, una cifra casi ridícula, pero demasiados para los pequeños barquitos. Ida y vuelta sin cesar para recoger gente y dejarla en el puerto de Takeshiba en Tokyo. Primero los niños y luego las mujeres, como se suele decir. Había tiempo de sobra para huir de la isla, nadie es tan estúpido como para irse el mismo día de la erupción, pero la prisa estaba en la mente y nadie reparó en la ausencia de los dos enamorados hasta que cerraron el servicio y dieron a todo el mundo por evacuado.

Se les ocurrió a la vez. Nadie podría decir que el otro influyera en su decisión para permanecer en Miyake-jima. Los dos querían quedarse y se quedaron, con naturalidad. Apagaron los teléfonos y seguramente ignoraron los intentos de la familia por volver y llevárselos a rastras si era necesario. Fueron muy llorados desde Tokyo, pero nunca lo supieron. Durmieron en un hotel de turistas vacío porque no se atrevían a hacerlo en las camas de sus casas. Hicieron cientos de veces el amor contrarreloj, intentando parar el tiempo hasta la boda, incumpliendo la promesa de entregarse el uno al otro en una noche que seguramente ya no existiría.

La mañana llegó con el azufre y los humos tóxicos. Los estallidos en el horizonte y la tierra temblando con timidez, participando con vergüenza en el casamiento. Desnudos y abrazados aún tras la noche, se precipitaron hacia sus máscaras y las compartieron como habían hecho en el verano lejano en el que se anunciaron a sus padres. Sus pieles blanquísimas se abrazaron mientras respiraban un aire que ya no era el que compartían.

Cada uno fue a su casa a vestirse. El mundo olía a quemado. Haruka quiso notar a su abuela ayudándola con el vestido, peinándola y dándole consejos para satisfacer a su marido. Daisuke temblaba mientras se abrochaba la chaqueta. El suelo temblaba cada vez más y el intruso Monte Oyama empezaba a vomitar lava.

Acudieron, cada uno por su lado, al parque favorito de los dos. El sol iluminaba a Haruka, un bello fantasma de blanco radiante, con su hermoso velo rozando la máscara antigás. Daisuke, de negro con su máscara blanca, casi parecía la Muerte. Se tomaron de la mano y empezaron a pasear, destruidos por el gozo.

La vida a su alrededor moría corroída por los gases nocivos. El magma avanzaba lento, pero inexorable. Los pájaros dejaban de cantar pero ellos los seguían oyendo. Pasearon y pasearon hasta llegar a la playa y se dijeron sus votos.

Se casaron junto al mar.

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  1. No son mi pasión los relatos de amor, pero éste tiene ese halo vaporoso y oscuro que lo convierte en algo más que una historia de amor. Me gustaría saber el tono del mar junto al que se casaron y el olor que desprendía. Y también si sobre sus aguas flotaban peces o eso es cosa mía…
    Salud!

  2. Me alegra que te haya gustado, tampoco es que suela escribir sobre amor, precisamente 🙂

    Los detalles aquí prefiero dejarlos a la cabeza del lector.

    ¡Gracias!

  3. […] fácil de filmar, para un corto. El año de mis dos mejores cuentos: Las reglas de la felicidad y La boda del siglo. El año en el que escribí (y luego reescribí) mi primer relato serio de vampiros y también el […]

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