Javier Alemán

Mal músico hace escritor

In Personal on julio 3, 2014 at 7:04 pm

malmúsico

Al menos, así es en mi caso.

Y, claro, cuando digo escritor, realmente estoy diciendo “escritor”, porque me pesa demasiado la calificación como para dármela a mí mismo.

Porque lo más seguro es que, de haber tenido algo más de paciencia al aprender a tocar un instrumento, el gusanillo de la escritura me hubiera picado mucho más tarde, o ni siquiera le habría dado por aparecer. Porque todo empezó con la música, y en el fondo, todo sigue con la música.

La música fue mi primer contacto real, ya de adolescente, con “el arte”. El arte como vehículo de expresión, como manera de sentir y como forma de capturar la belleza en un botito. Mis primeras sesiones de goce estético fueron escuchando el S&M de Metallica (1999, su disco en directo con la Sinfónica de San Francisco), y aunque desde pequeño leía un montón (cosa que no me cansaré de agradecer a mis padres), durante años mi único contacto auténtico con lo sublime era oyendo discos sin cesar.

Empecé a escribir letras mierdosas para futuras canciones que sonaban perfectas en mi cabeza. Pero lo importante no era realmente la letra, sino que el conjunto acabaría siendo una canción. Incluso un amigo incluyó estrofas de varias de mis letras en su grupo, colmándome de gozo. Pero no me acompañaba la voz y había poco que rascar ahí, así que decidí decantarme por el instrumento más típico por el que puede decantarse un ser humano: la guitarra.

Ahora, hay dos cosas que me faltan en la vida: pulso y paciencia. Avanzaba a trompicones tras apuntarme en la escuela municipal de música, practicando muy de cuando en cuando con una preciosa Alhambra que hacía bueno cualquier intento. También llegó una Fender Squire a casa como premio a las buenas notas de 1º de Bachillerato (aunque yo a día de hoy sostengo que fue mi carácter picajoso, que pulverizó el reto de sacar un número de sobresalientes por parte de mis padres) y también le di menos uso del que se merecía.

Hasta hubo amago de montar un grupo con dos compinches, con nombre chulo (Dawn Inc.) y más ideas que ejecución, pero creo que ensayamos dos o tres veces. Ahí queda mi aportación al mundo de la música, aparte de una idiotez que grabamos (y que ahora no encuentro en mp3).

Sentía que tenía dentro muchas cosas que expresar, pero desde luego, mi mundo no era la música. No me habían tocado con esa varita, mi coordinación había llegado tarde al reparto de cerebros y mi tolerancia a la frustración no funcionaba cuando tenía que aprender a tocar un instrumento.

Un mal músico menos en el mundo, ¿no?

Así que empecé a escribir. Coincidió con la época en la que empecé a jugar más en serio a rol, y mucho de lo que escribía tenía que ver, al principio, con las partidas. Escribir es algo que puedo hacer: es algo de lo que es capaz todo el mundo, e ingenuamente creemos que no requiere un aprendizaje, simplemente sentarse a hacerlo. Así que escribí y escribí un poco más. Me hice un blog en 2004 donde hacía lo que ahora, pero en peor. Subía todo tipo de estupideces, quejas, boberías de furia post-adolescente y algún que otro intento de poesía o literatura seria.

Mi “consagración” coincidió, obviamente, con la época en la que más leía, ya como “joven adulto”. No se puede escribir si se es mal lector, al fin y al cabo. Escribía como intenté hacer música, a trompicones. Pero esos trompicones eran más seguidos, estaban más inspirados y al menos valían para algo más que los adefésicos rasgueos de guitarra. Un cuento corto surgió en medio de un viaje en avión, y le siguieron un par más hasta llegar a Ícaro (llegados a aquí, siempre recuerdo que me hizo ganar un “premio”).

Luego cayó la novela (¿novella, más bien?), con la obsesión de terminarla con la misma edad que Bret Easton Ellis con Menos que cero (y lo conseguí, pero así quedó) y siguieron los relatos y los talleres de escritura, que son lo que de verdad, junto con la práctica habitual, han servido para aprender a escribir decentemente.

Y sin embargo, a día de hoy, la música sigue siendo, dentro de toda la cultura que “consumo”, lo más importante para mí. Oigo más música que leo, juego a videojuegos o escribo, con muchísima diferencia. Y aunque hace mucho que no compro discos (o más bien, ahora compro con bastante más calma), mi colección de música es más grande que mi biblioteca de Steam y de libros juntas (casi, casi). Amo la literatura con todas mis fuerzas, escribo todos los días (ya sea en Nivel Oculto o en este blog) y me rodeo de historias, pero nada me dice más que un paseo por la playa oyendo a God is an Astronaut: nada es tan sublime, tan extático ni tan bello como esos minutos de eternidad.

Pero ay, yo no soy capaz. Mal músico hace escritor.

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