Javier Alemán

La cara más triste del mundo

In Personal on julio 28, 2014 at 9:28 pm

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Mi relación con los aeropuertos es un poco como la de Mircea Cărtărescu.

Y me asusta que se parezca tanto en su descripción a lo que escribí en mi primer libro (sí, otro link, nada más empezar). Porque los dos hablamos de un limbo infinito que surca la Tierra con su veneno, de un círculo infernal que se reproduce a gran escala por todo el planeta donde no pasa el tiempo y sólo hay gente cansada y aperitivos caros.

Mi odio por el viaje en avión probablemente tenga que ver con que soy un converso, y ya se sabe que nuestra fe es más radical aún. Porque antes de odiar amaba. Adoraba subirme a un avión cuando era pequeño, especialmente en esos momentos mágicos de cuasi-ingravidez en los que uno despega y aterriza (más cuando se despega, la verdad). Disfrutaba de la explicación de las medidas de seguridad y me encantaba escabullirme al baño de ciencia ficción que tenían. Mi entusiasmo infantil llegaba hasta la comida de los aviones, cuando las compañías aéreas aún se dignaban a darte algo caliente a cambio de un billete que sólo ha subido y subido. Era un amor sincero y desinteresado, sin la esperanza de que alguien me enseñara la cabina del avión, a la que nunca llegué como tampoco toqué jamás a los míticos delfines del Loro Parque.

Con tanto amor aeroespacial, estaba claro que cuando me pasara al otro bando tendría que ser el Jiménez Losantos del odio aeronáutico: debía demostrar que mi militancia izquierdosa fue sólo un pecadillo de juventud y que a facha aéreo no me ganaba nadie. Así que odio con furia todo lo que tiene que ver con subirse a un avión. Los aeropuertos me producen jaqueca y los trayectos hasta ellos me enervan, por no hablar del desasosiego que me invade hasta que me subo al avión. Teniendo un trabajo que me obliga a volar con asiduidad, y encima en momentos en las que aún el mundo no se ha despertado. Viajando solo a horas intempestivas, en noches aeroportuarias. Sólo así fui capaz de desarrollar una melancolía especial: un ennui creativo al que le debo haber escrito un gran puñado de cosas y horas de tristeza.

Por eso creo que pude entender hace unos días al hombre que lucía la cara más triste del mundo. Bajaba del avión en un trayecto Lanzarote – Gran Canaria, muerto de cansancio y tras sobrevivir a una hora de retraso (más que la duración del trayecto) en el triste aeropuerto insular de Lanzarote, donde la soledad no se aventura porque saldría derrotada. Decía que bajaba del avión, pero bajaba de la guagua que te recoge, realmente. Entraba en la sección de las cintas que devuelven el equipaje (que facturé para que no me hicieran tirar el bronceador, so pena de proteger la piel del piloto) y ahí estaba él. Podría ser cualquier persona, atrapado en el limbo de la aviación, en esos segundos eternos en los que no sale tu maleta. Expresión de concentración, ceño fruncido, boca torcida hacia abajo. Tristeza infinita y melancolía, una cara que hubiera derretido el corazón de Cristóbal Montoro o de María Dolores de Cospedal, el día que le trasplanten uno. A mí, exhausto y aturdido, me partió en dos.

¡Conocía esa cara!

En esos ojos negros y apagados veía el reflejo de mi adolescencia, y a esa misma cara extasiada de éxito. En el salón de actos del instituto bailaban (supongo que bien) los todopoderosos (en ese momento) Backstreet Boys de Tenerife. Su momento de grandeza final, el cénit de una vida rodeados de ojos llenos de admiración y envidia por el visible éxito con las chicas. Por un instante fueron dioses. Pero ahora es el futuro y su vida está gastada y él se sostiene con pena, luciendo la cara más triste del mundo. ¿Qué sería de su vida tras los Backstreet Boys de Tenerife? ¿A dónde habría ido y por qué compartía un instante así de penoso conmigo?

Mi maleta salió antes que la suya y respiré aliviado, casi abrazándome a ella y escapando del lugar. Porque la cara más triste del mundo es una máscara que va cambiando de portador, recorriendo los enclaves deprimentes del mundo. Una máscara que anhela volver con quien la lució.

Y yo, corriendo hacia la guagua para huir del aeropuerto, tuve que recordar un periodo en el que casi la llevaba con orgullo. Vivía tres días en un ático en Bilbao y luego tres en la Pensión Iglesias, en Zaragoza. Tres días en una habitación, con el portátil y una cama y nada más, en el invierno más frío de mi vida. Ni siquiera me miraba al espejo, pero viéndole a él tengo claro que también lucí la cara más triste del mundo.

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