Javier Alemán

Hay que quejarse más

In Opinión, Política on septiembre 3, 2014 at 6:13 pm

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Qué bueno es ser agorero.

Y sin embargo, qué mal visto está. Normalmente la gente acaba huyendo del quejica, del tipo al que le parece todo mal y en las empresas se llega al punto de dejarlo tirado en un despachito para que no moleste. Eso ya sin hablar de los libros de autoayuda y los iluminados que nos piden que nos quejemos menos y hagamos más cosas para estar mejor. Porque quejarse no encaja en la nueva religión del positivismo: la última entrega sonriente del neoliberalismo.

Por poner un ejemplo: a día de hoy se nos dice que nadie fue capaz de prever la crisis. Una afirmación más falsa que un duro de chocolate si a uno le da por mirar un poco cualquier hemeroteca o rebuscar en la memoria. Aquí hay una tonelada de políticos desmintiendo, desde 2003, que hubiera burbuja inmobiliaria. ¿Por qué lo desmentían si nadie era capaz de imaginarlo? No, había mucha gente que hablaba de la burbuja inmobiliaria en España, pero continuamente eran desestimados como quejicas y agoreros en medio de la orgía crediticia. La información se escondía (si es que salía) en las páginas interiores de los periódicos y si te he visto no me acuerdo.

Yo mismo (que de economía sé menos que Zapatero tras sus míticas dos tardes) recuerdo quejarme en 2007 (estoy seguro del año porque era cuando vivía en Bilbao) de la cantidad de anuncios de Cofidises varios que había en televisión, y cómo cuando pude invertir (tontamente) lo muy poco que tenía en ladrillo, me negué. Hablamos de un niñato de 21 años que sale por primera vez de casa, con la carrera a medio terminar y que no sabía lo que es el euríbor.

¡Claro que había voces hablando de crisis y de estallido de la burbuja! ¡Pero eran unos quejicas! Y a los quejicas, claro, no se les hace caso. Al que se sale de la fila se le excluye, al que pone una pega en una reunión de trabajo en la que todo el mundo está dándose friegas se le censura (y no se le vuelve a invitar) y al que señala que, a veces es el emperador el que va desnudo, se le echa a la puta calle.

En el fondo hay una serie de sesgos psicológicos implicados en este tipo de comportamientos: el excesivo triunfalismo se alimenta del sesgo de polarización grupal, las posturas se van haciendo cada vez más radicales entre gente que piensa lo mismo, hasta que llegamos a punto en el que se alejan para siempre de la realidad. ¡España va bien, España está en la Champions de la economía, España va a superar en PIB a Italia! Ay, si hubiéramos hecho caso al quejica, ay si alguien en algún maldito momento hubiera decidido que mejor era una voladura controlada que comerte todo el edificio cuando se te cayera encima…

Es natural no querer oír las quejas de los demás. Son molestas, nos cortan el rollo cuando estamos en pleno desenfreno metiéndonos los impuestos de la gente por la nariz…Y así llegamos a los gurús de la autoayuda, que acaban prohibiendo que nos quejemos. Un movimiento para que no nos quejemos más, para que “atraigamos la positividad” dejando de torcer el gesto y para que cambiemos lo que no nos gusta, y ya está.

Sin protestar, ¿qué le queda al ser humano? Consumir calladito y poner una sonrisa bobalicona mientras se muere por dentro. Porque la incomodidad, por mucho que hagamos, no desaparece mágicamente. El hecho de que seamos capaces de modificar cómo nos afectan las cosas no implica que no tengamos derecho a subrayar lo que no nos gusta o nos parece mal. ¿No es, en el fondo, toda esta tontería de prohibir las quejas, un ataque sonriente a la libertad de expresión? Es la nueva estrategia del neoliberalismo, acabar con la contestación social a base de dormir a la gente con tonterías sobre la sonrisa, el poder transformador del deseo y el ahuyentar a la “gente tóxica”.

Si echamos de la empresa y de nuestra vida a la persona que se queja vamos a perdernos una fracción importante de la realidad: ésa en la que no todo son éxitos y nubes de algodón, esa experiencia que han edulcorado tanto que han hecho que ya ni se llame vivir. Yo en mi caso lo tengo claro: prefiero rodearme de gente que se queja, que le parecen las cosas mal, a meterme en un aquelarre complaciente donde todo es maravilloso, España va fantásticamente y no hay burbuja inmobiliaria (bueno, lo dicen unos cuantos, pero son unos agoreros y tienen envidia). 

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  1. […] Por mi antiguo trabajo he tenido que lidiar durante años con cantamañanas, vendedores de crecepelo y magos de la comunicación, tragando siempre saliva y aprovechando las largas pausas entre conferencias mierder para desahogarme con el pobre compañero que quisiera escucharme. No sólo eso, sino soportar innumerables recomendaciones de libros de esos que te cambian la vida, asintiendo y callando porque nadie quiere escuchar una opinión que no sea la suya. […]

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