Javier Alemán

Despedirse de las cosas

In Personal on septiembre 16, 2014 at 11:19 pm

Jean-Léon_Gérôme_-_Diogenes_-_Walters_37131

Estoy convencido de que seré un viejo Diógenes (si la edad alcanza).

Tengo un recuerdo muy concreto de pequeño, que ilustra a la perfección lo que me cuesta decirle adiós a los objetos. Con mi hermana con unos pocos meses, calculo que yo tendría unos siete u ocho años en aquel momento. Mi hermana (que en esa época era un ser llorón y vomitón, que no les engañen con la belleza de los bebés) tenía un biberón de cristal, transparente y con dibujos infantiles en un tenue color rojo, casi pálido. No recuerdo los dibujos, pero imagino que habría pequeñas personitas, soles…lo típico que le dibujas a un biberón. Sí que tengo en mi memoria lo que aquel objeto me fascinaba. Me hipnotizaba el vaivén que hacía mi hermana al beber de él, y podría decirse que, en cierto modo, estaba hechizado.

Un día, ese biberón resbaló y fue a dar con el suelo, haciéndose añicos. Los cristales se repartían por el suelo del salón de la casa, y aunque yo no tenía nada que ver con su caída, me sentía culpable sin saber por qué. Psicológicamente, ese biberón era una parte importante de mi hermana, y casi que de mí. Y ahí estaba, desparramado por el suelo, la tetina flotando entre una sopa de agua y cristal.

Durante días no hice más que pensar en el biberón. Ya no estaba y ya no estaría. En secreto soñaba que mis padres comprasen otro idéntico, pero nunca volví a verlo. Llegué a tenerle manía a su sustituto, mucho más soso, sin esos dibujos que me habían atrapado.

Sirva esta anécdota para ilustrar lo difícil que me resulta separarme de los objetos. En mis años de nómada entre Zaragoza, Tenerife, Bilbao y Tenerife otra vez me la jugué de varias formas para poder cargar con todas mis mierdas de un lugar a otro, llegando a ser la vuelta de Bilbao una odisea en la que rezaba para que no notaran que la maleta que llevaba como equipaje de mano pesaba más de quince kilos y no era la bolsa de deporte que aparentaba ser, sino un depósito de libros, películas y memorabilia euskalduna.

Y ahora, ante otra gran mudanza entre islas, encuentro que me es difícil separarme de mi colección de cosas. Cada una de ellas (y son un montón) son, de alguna manera, una parte de mí que no quiero perder. En esa categoría entran hasta cosas que no son mías, como ropa que mi chica ya no usa y que, de alguna manera, ha de ser conservada. Bendita paciencia la de mi señora, que suele responder que sí cuando le digo que hay que conservar algo. Por mi parte, haciendo acopio de voluntad, he conseguido despedirme de ropa que hace años que no uso, decidiendo que quizá sea mejor que la tenga otra persona. Pero ni un solo libro, ni una sola película y ni un solo disco van a perecer en esta mudanza.

No señor. Se unirán a todos los que aguardaban en casa de mis padres y crecerán y se multiplicarán, como colesterol colapsando las venas de nuestra nueva casa. Y cuando ya no quepa nada más habrá que pensar en otro sitio, ¿verdad? Son demasiadas cosas y mi corazón no podría con tantas despedidas.

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