Javier Alemán

El libro pródigo

In Literatura, Personal on septiembre 22, 2014 at 8:47 pm

señortiempo

Las cosas acaban llegando.

Realmente no, normalmente las cosas no acaban llegando y la causalidad es una ilusión que nos hace infelices, pero me parecía una cabecera bonita. Las cosas no acaban llegando si uno lo desea, pero quizá sí que surjan casualidades que lo único que le piden al que participa en ellas es prestar un mínimo de atención al mundo, en vez de ir mirando apollardado al móvil.

Hablo de mí, claro.

Resulta que hay una asociación de vecinos por Las Canteras, en una de esas calles indefinidas que desembocan en la playa y que uno acaba confundiendo con las demás. En esa asociación tienen un stand de libros viejunos que uno puede llevarse a cambio de dejar algo de comida para la gente más desfavorecida. Los libros son los que uno podría esperar, normalmente las ediciones antiguas y descoloridas que muchos de los propios viejillos que ayudan en la asociación guardan en casa, y tampoco es el objetivo encontrarse con las últimas novedades editoriales. El medio del libro (inteligente elección) nos lleva al fin de la solidaridad, así que tampoco importa demasiado.

Pero ahí se suman la casualidad y la atención. Uno de esos días espesos de verano en los que volvía del trabajo decidí levantar la vista del móvil y topé con la asociación (que ya había olvidado tras haberla visto por primera vez) y su stand de libros. Y con una leve mirada me di cuenta de que ahí estaba un libro que busqué durante años y nunca encontré: El orden y el caos, de Louise Cooper. El listillo se pensará que soy imbécil y no sé que existe Internet, pero es que había olvidado hace años mi búsqueda.

Hablo de un libro que es la tercera parte de una trilogía (El señor del tiempo) que me empecé muy pequeño, cuando Internet ni siquiera existía (sí, ese momento se dio). No sé qué hacían en casa de mis padres, porque no es lo que lee ninguno de ellos, pero ahí estaban las dos primeras entregas. Me las zampé en esa época indeterminada entre los diez y trece años que devoraba libros, y recuerdo el agobio que me dio cuando vi que el tercer libro no estaba ahí. Ni ahí ni en ninguna parte, había sido engullido por algún tipo de agujero editorial y en Tenerife era imposible de encontrar. Nada de nada.

Lo olvidé, y lo olvidé tanto que ni siquiera recuerdo la trama de los dos primeros. Lo olvidé, pero están en una estantería en casa de mis padres (que acaba de trasladarse a mi casa en Tenerife) y de repente: ¡zas, ahí está! Es ver el libro y recordar el esfuerzo del preadolescente por encontrarlo.

Seguro que en cualquier momento, de haber recordado que lo buscaba, lo habría tenido a golpe de click. Pero, honestamente, la historia no valdría la pena. Hay algo de romántico en este tipo de ocurrencias, en estas casualidades al límite, en los rincones perdidos de otra isla que vas a abandonar que te consiguen sorprender a una semana de irte. Así que me lancé al SPAR y aproveché para hacer una pequeña compra para la asociación, porque tampoco me hubiera parecido bien aparecer con un vulgar paquete de arroz para llevarme un libro.

Ahora es prácticamente el último libro que queda en casa, devorada por la mudanza, y no lo puedo leer porque no recuerdo los dos primeros. Pero ay, qué buena historia ha nacido.

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