Javier Alemán

Diez días en guagua

In Diez días en guagua, Literatura on noviembre 27, 2014 at 5:20 pm

Titsa playa san marcos 13.jpg

Mi relación con las guaguas es…complicada.

Por no decir que, en cierta medida, odio las guaguas. No tengo nada contra el transporte público per se (si lo tuviera, a mis casi treinta años me habría sacado el carné de conducir en algún momento), ni mucho menos. Al contrario: al tranvía de Tenerife le debo haber ido a la universidad mis dos últimos años de carrera. Y a la 015, guagua infame (aunque no tanto como la 014) le debo haber tenido una excusa maravillosa para apenas haber aparecido por la facultad los tres primeros años (sólo a las clases obligatorias).

Cuando pienso en guaguas no pienso sólo en los monstruos verdiblancos de TITSA, la empresa de transportes de Tenerife. Recuerdo con amargura también las guaguas rojas de TUZSA (Zaragoza), haciendo oposiciones a mi archienemistad los días lluviosos de finales de 2006. ¿Y cómo olvidarme de los autocares de ALSA y los infinitos trayectos entre Bilbao y Oviedo, Bilbao y Zaragoza, Bilbao y Madrid…?

Es jodido, pero en cierta medida, las guaguas me han esculpido como hace el mar con los acantilados. Durante horas y horas me han acercado a la experiencia de la conducción como sujeto pasivo, del viaje inerte del pasajero que se deja llevar y fantasea con lo que ve por la ventana. De, en definitiva, el tránsito.

Existe otro Javier en medio del viaje. Un yo liminal que se activa aún más los días de lluvia golpeando los cristales, pero que es en trayectos largos cuando comienza a desperezarse. Esa parte de mi ser es la que, a mi juicio, mejor escribe. Quizá no en el momento, pero actúa de activador de mí mismo para llegar a casa y ponerme a darle a la tecla. Mi propia musa soy yo en el trayecto, en la encrucijada, entre vías.

A esto se suma que vivo en un lugar maravilloso, tras haber vivido en otra isla preciosa (Gran Canaria), y la única forma que tengo de relacionarme con la larga distancia, aparte del gorroneo casual de coche y conductor, es la guagua. Y es que de haber nacido en la Península sería habitando sus trenes, pero me ha tocado convivir con el autobús, que dirían en el resto de España.

Así que…¿por qué no sacarle partido a esta relación extraña, especial? Salir de casa, exponerme a la intemperie guagüística y visitar lugares recónditos de mi isla…en su área metropolitana. Más que nada porque las guaguas son caras, y el abono mensual sólo sirve para los municipios de Santa Cruz, La Laguna, Tegueste y El Rosario. ¡Más que suficiente! Serán diez días, no necesariamente seguidos, en los que me meteré en una guagua e iré hasta su última parada. Pensando sobre si hacerlo al azar o según me venga, me temo que parte del romanticismo ha de morir, porque no quiero acabar dos días en el Barrio de la Salud y otros tantos en Muelle Norte (por decir algo).

Elegiré las guaguas, cogeré la cámara de mi padre, tomaré notas sobre el camino, sacaré fotos, me tomaré cafés, compondré algún haiku mierdoso y volveré a casa. Diez días para habituarme a ese Javier de entremundos, para que me cuente lo que quiera contar.

¿Me acompañan?

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