Javier Alemán

Corralejo

In Islas Imposibles, Relatos on diciembre 16, 2014 at 11:58 am

Fuerteventura_from_space

He reescrito un relato para hacerlo un poco más evidente…

CORRALEJO

Salió de casa y mató.

El invierno quería ayudarle, porque la noche llegaba cada vez antes. Con horas de sobra, podía no sólo matar, sino también darse un paseo en coche, recorrer de arriba abajo la isla en la que ahora estaba confinado. Descorrió las pesadísimas cortinas, de un rojo espeso que sólo llevaba buenos recuerdos. La luna brillaba en lo alto del cielo, luchando con las nubes por seguir asomada un rato más. En la calle no había nadie, y eso era bueno.

Recorrió el bulevar marítimo de Morro Jable, con sus restaurantes y tiendas para turistas, cargado de ansia. Las olas rompían con la arena, cansadas. La gente le rodeaba, pasaba a través de él, hablaba de sus vidas, de sus planes futuros para la noche, de lo buen día de playa que había hecho, a pesar de la estación. Había voces de todo tipo. Canarios que engullían las palabras y los sonidos, peninsulares de fortísimo acento, ingleses de horripilante tono nasal, alemanes que parecían eternamente enfadados…No conocía los bufés en los que podía pagarse y comer cuanto uno quisiera, picando entre cientos de platos, porque le vendrían ahora a la cabeza.

Siguió con cuidado a un grupo de alemanes. Con su entendimiento nefasto del idioma podía deducir que iban a salir de fiesta, ¿y qué mejor lugar para matar? Entre las luces de una discoteca precaria, rodeado de sudor y colonia barata, con el aliento apestando a alcohol y cigarros. Un mundo donde todo era mucho más fácil desde hacía tiempo. Ni siquiera sabía cuánta distancia había recorrido ni por dónde volvería a su casa, embelesado como estaba. No le cabía otro pensamiento en la cabeza que no fuera consumir, devorar.

Bailó un rato con varios de ellos ocultando lo mejor que pudo su mueca de disgusto. No le gustaba para nada la música, una cadencia horripilante sin ritmo de teclados, trompetas y voces de pito. Era, en el fondo, el choque generacional. Pero bailó y bailó, se aproximó tanto a hombres como mujeres, y acabó siendo uno de los primeros el que más caso le hizo. Olía tanto a alcohol que le recordaba al típico olor de los hospitales. ¿Había estado en alguno, verdad?

Le dijo su nombre, pero no se molestó en aprenderlo. Bailaban cada vez con más furia, de una manera primitiva, como horribles monos en celo. No hubiera podido vomitar aunque quisiera porque no recordaba cómo se hacía. Se dejó agarrar por la cintura, se dejó besuquear el cuello y palpar la entrepierna, incapaz de sostener una erección. Hablaban en el idioma internacional de las discotecas, un inglés macilento lleno de gestos y que supuraba ansia sexual, que funcionaba mejor para comunicarse que muchas de las lenguas del globo.

Como no podía aguantar más la situación, le susurró algo de irse a casa y el alemán, tan cándido, no puso pegas. Era fácil, aburrido, cotidiano. Salieron a la calle y no sabía dónde estaban. Le costó un minuto orientarse, apartados en una esquina con el tarugo metiéndole la mano bajo la camisa. Una mano caliente, que casi hervía en comparación con su temperatura corporal. Estaban a quince minutos de su chalé. El trayecto a pie se hizo eterno, plagado de insinuaciones, de caricias y palabras melosas que no podían sonar peor en alemán. Pero llegaron. Un adosado, con jardín y garaje que daba la propia vivienda, con la pintura carcomida por la humedad del mar y la gloria olvidada. En el fondo un residuo, como él.

Cruzaron la puerta llenos de carantoñas, pero el juego terminó en cuanto se cerró. Puso sus manos, que tan delicadas parecían, sobre el cuello del idiota, y apretó hasta acabar con su vida. Apenas tenía mérito hacerlo así. Gorgoteó, intentó decir unas últimas palabras mientras agitaba los brazos, inútilmente. Cuando lo arrojó sobre la mesa ya estaba muerto.

Comió hasta hartarse, pero con una precisión de cirujano. Nadie tenía que saber lo que había pasado. Cuando terminó, era el mismo guiri borracho al que había conocido, algo más pálido. Casi parecía uno de esos santos lívidos que adornan las cristaleras de las iglesias. Lo cargó hasta el maletero del coche con cuidado de no manchar nada en la casa. Al abrirlo despidió un inmenso hedor que no le molestó.

Salió y arrojó el cuerpo al océano Atlántico.

La luna miraba entre las nubes al cadáver, engulléndolo el mar. A los días resurgiría y sería sólo un turista idiota más al que se había llevado la corriente. Ya ni se esforzaban en comprobar las causas del fallecimiento. “El mar se lleva a otro turista borracho”, pensarían.

Tampoco tenía gran importancia.

Giró la llave del contacto y el motor del coche le dio la bienvenida. Saciado, parecía sentirse de buen humor. Le esperaban unos cuantos kilómetros de pavimento precario, de piedras y baches, porque había ido a tirarlo hasta una playa recóndita pasado Morro Jable. El viento golpeaba el capó tanto como las rocas arañaban las ruedas.

Mentalmente se decía que iba hasta allí porque era lo lógico. Si el cuerpo aparecía en la zona sería normal asociarlo con el típico alemán idiota que, con la osadía del que se sabe dueño de Europa, se bañaría con bandera roja. Pero lo cierto es que el sitio le gustaba. La noche se derramaba sobre la costa, las olas golpeaban en acometidas regulares y no había un alma en muchos kilómetros a la redonda. El silencio pesado del lugar era casi solemne, casi un mensaje sólo para él.

Las nubes se movían con velocidad por encima de su capó. En parte era el viento, en parte el transcurrir del tiempo. Disfrutaba conduciendo, adoraba sentir el pie en el acelerador y pisar con fuerza por esa enorme recta que era la carretera que conectaba el sur de la isla con su norte. De cuando en cuando topaba con conductores (no era tan tarde, según el reloj del coche), viajeros nocturnos que irían también a cenar. Se entretenía adelantándoles, jugándose la existencia avanzando en hileras en medio del carril de doble sentido y provocando frenadas ansiosas y volantazos temerosos.

¿Qué era lo peor que podría pasarle en caso de accidente? Desparramarse sobre un amasijo de hierros no era un gran problema. Saldría del coche, atacaría a quien viniera a ayudarle, y repetiría de nuevo su ciclo, con la paciencia de un depredador. Es más, quizá entraba así en comunión con ellos, simulando que se jugaba la vida con las hordas de conductores temerarios de la isla. Sólo imitaba lo que veía.

Pero por la pista de tierra aún no había nadie y sería así durante unos kilómetros más. Sólo el viento y las rocas, porque de tan lejos y tan a oscuras era imposible distinguir el mar del cielo. Probablemente era de las cosas que más le disgustaban.

Llegado a Morro Jable hizo una parada en la gasolinera del puerto. El último barco del día acababa de atracar y decenas de personas se bajaban para volver a sus casas. ¿Tanta gente? ¿Era viernes, sábado…? ¿Y tan pronto abría la discoteca? Algo en el paso del tiempo no le encajaba, pero no le dio importancia.

Se distrajo un momento poniendo gasolina, mirando a la muchedumbre. Al menos cien caras y todas idénticas, todas borrosas. Parpadeó con fuerza, intentando revelar los rasgos definitorios de algunas de ellas, pero ahora, atiborrado como estaba, era imposible. Con el depósito ya lleno entró y pagó con el dinero del turista, un billete grasiento de cincuenta euros. Siempre llevaban mucho efectivo, un beneficio colateral de centrarse en ellos.

Como movido por una vieja costumbre volvió a girar la llave y se sumergió en la carretera. Pasando por la zona turística, tan animada y llena de paseantes, tuvo que parar para dejar pasar a dos viejos. Parecían alemanes también. Uno de ellos se le quedó mirando, como si no se creyera algo. Le devolvió la mirada con los ojos de un animal terrible y el anciano entendió que tenía que irse.

A la salida del pueblo entendió por qué lo había mirado con tanta sorpresa: no se había cambiado la camisa. La luna ahora estaba tapada por nubes finas. Recorrió un tramo de al menos diez kilómetros más, oscuro y lleno de construcciones ruinosas, antes de poder apartar el coche a un lado. Salió y el frío le envolvió. Si fuera de día podría ver el mar azul y verde, los tonos blancoamarillentos de la arena y el azul cerúleo del cielo. Pero era sólo la noche y el paisaje horrible y vacío que hay en ella. Abrió el apestoso maletero, tiró con un amago de rabia (todo eran amagos ya) la camisa hecha un ovillo y cogió una de las que siempre llevaba de repuesto en la guantera, arrugada y dos tallas más grande. Iluminado por la luz de los faros comprobó que su pantalón no estuviera manchado y volvió al coche.

Quería llegar hasta Corralejo, así que aceleró. Pasó por el desierto, por carreteras en obras y macizos de roca. Por vastas llanuras rojizas cuyo color sólo era ya una intuición. Las cabras a los lados de la carretera le miraban como a todos los demás.

Obsidiana reflejando la luz del coche, bares de carretera, polígonos industriales y soledad en cada palmo de terreno hasta llegar a Caleta de Fuste. Allí la luz se intensificaba y se intuía la pequeña playa, el faro y el fracaso turístico en forma de urbanizaciones fantasma, bungalows en multipropiedad y locales tapiados.

Pisó aún más el acelerador.

Varias rotondas más allá la carretera llegaba hasta el aeropuerto, y de allí a Puerto del Rosario. Por un momento estuvo tentado de tomar la entrada, pero eligió rodear la ciudad y seguir acelerando. El color negro impregnaba todo y no pudo ver a su derecha Puerto Lajas, salvo unas tímidas lucecitas. Pisó y pisó, adelantó y adelantó. La luna, ahora libre de la prisión de nubes, le ayudó a divisar Montaña Roja pero no a percibir el porqué de su nombre. Y, de nuevo, arena por todos lados, que de noche es sólo polvo triste y gris.

Habrían transcurrido dos horas en total y ya estaba rondando la entrada de Corralejo. Apartamentos para turistas allá donde mirase, negocios cerrados (más aún) y parques de atracciones en estado de abandono. Farolas iluminando los carteles de pubs irlandeses, de bufés de comida asiática y de restaurantes italianos. Aparcó donde pudo y salió a dar un paseo sin tener muy claro por qué.

Recorrió la zona de compras y había demasiada gente en la calle. Decididamente, tendría que ser viernes o sábado. O quizás esas consideraciones dieran igual a los turistas, que quemarían los últimos cartuchos fuera el día que fuese. Se mezcló con ellos y devolvió una sonrisa a un hombre fornido que le miró con deseo. Sólo una sonrisa.

Se hartó rápido y acabó llegando a la avenida marítima. Más gente aún en las terrazas de los restaurantes y un olor nauseabundo a pescado impregnando cada poro de su piel. Las luces de los locales alcanzaban el agua, pero no eran capaces de devolverle el color azul.

Ahíto, sin hambre y con la previsión de unos cuantos días inapetente, ¿qué más podía hacer? Intentó pensar, recordar qué opciones le daba la existencia, más allá de los días de embotamiento y saciedad y los días de fulgor y hambre. El mundo era una cosa demasiado extraña fuera de esas certezas.

Volvió al coche y giró de nuevo la llave. Se miró en el espejo retrovisor y repitió la sonrisa que había devuelto a su “admirador”. Por un momento se gustó. Le hizo recordar el disco que guardaba en la guantera. Lo sacó y lo introdujo en el reproductor. Frank Sinatra habló a través de los altavoces:

“Blue moon,
you saw me standing alone,
without a dream in my heart
without a love of my own”

La bestia siguió el ritmo de la orquesta con las manos, casi alegre. Sabía que esa canción tenía que recordarle algo, traerle imágenes de años atrás. Devolverle el calor a las mejillas, sacarle una sonrisa sincera, revivirle su juventud…

Pero no recordó nada.

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