Javier Alemán

Ser medio canarión

In Personal, Viajar on enero 31, 2015 at 4:46 pm

grancanaria

Gran Canaria es una isla que se hace echar de menos.

La conocí muy pequeño, tanto que sólo tengo recuerdos borrosos de ella. Escenas casi de fotografía en blanco y negro (y por dios, ya había llegado el color), fotos fijas de un sillón, memorias nebulosas de la cocina de la casa y sus ventanas…Imagino que es la casa familiar de la calle Viriato, pegada a la playa de Las Canteras. No haré un ejercicio hipócrita de escritor fantoche diciendo que esos recuerdos me persiguieron hasta que volví, porque no es verdad. Viví sin Gran Canaria hasta entrada la veintena, sin echarla de menos.

Volví por trabajo tres veces (dos en 2006, una en 2008) y no me moví demasiado de la zona de la plaza Santa Catalina. Ni siquiera me bañé en la playa. Dos reuniones fugaces las dos primeras veces en la sede de Cruz Roja de León y Castillo, dos comidas de trabajo y una noche saliendo por El Muelle, cuando aún tenía discoteca arriba. En el primer viaje probé por primera vez la comida hindú en el mítico “Nan Keema” (el Polar, por Las Canteras) y poco más me llevé. La última vez una cena de postín en La Marinera, con unas vistas espectaculares y tampoco mucho más. Me fui y seguí sin extrañarla.

No volví a pensar en la isla hasta que, de repente, surge en mi vida a finales de 2010. Viviendo aún en Madrid, aparece en el horizonte como posibilidad de volver a Canarias. A mí chica y a mí nos encanta Madrid, pero no tenemos que pensárnoslo mucho. De eso pasaron cuatro años hasta que nos hemos “vuelto” (realmente, he vuelto yo) a Tenerife y me doy cuenta de que la isla de Gran Canaria se me ha metido debajo de la piel con una fuerza que no lo han conseguido otros sitios donde he vivido. Sitios que recuerdo con cariño, que puedo echar de menos, pero que tampoco llegaron a hacerme sentir de allí.

Porque, en el fondo, tras todo ese tiempo y todo lo vivido, he acabado por sentirme “medio canarión“, el orgulloso Anticristo de los fans imbéciles del pleito insular. Entiendo que tiene que ver con el tiempo que he pasado allí, pero me niego a basar toda la explicación en eso. Tiene mucho que ver también con la forma de ser de la gente de allí (algo más cálida que en Tenerife), con el carácter cosmopolita de la ciudad y con la infinita playa de Las Canteras y el bonito añadido del Confital. Es más que eso, claro. Infinitamente más que eso. Es también ese sur de sol perpetuo, ese laguito que hay al lado de las Dunas de Maspalomas, las mañanas de ir a trabajar (y echar unas risas) a Vecindario o Gáldar…y también son las cosas que no dio tiempo de hacer y que brillan en un futuro en el que tengamos coche y tiempo para darle a la isla el homenaje que merece.

Son muchísimas cosas y no quiero hacer un resumen de mis cuatro años de vida en la isla, porque siempre quedará algo en el tintero. Quien ha sido especial durante este tiempo ya sabe que lo ha sido, así que tampoco haré una lista de nombres de gente a la que echo mucho (muchísimo) de menos. Realmente no tengo mucha idea, ni siquiera, de por qué estoy escribiendo todo esto, con qué objetivo. Supongo que es la morriña, el saudade canarión, que me hace añorar una tarde de verano cualquiera tomando cañas y tacos en La Bikina o llenar de referencias isleñas mi última novela.

Y en el fondo es curioso. Cuatro años deseando volver a Tenerife y ahora me doy cuenta de que no tengo una patria, sino dos.

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