Javier Alemán

El juego de reyes

In Personal on febrero 21, 2015 at 11:00 am

apertura-espanola

1. e4 e5 2. Cf3 Cc6 3. Ab5

Así empieza la apertura española, la que era mi favorita de niño cuando jugaba con asiduidad al ajedrez. Mi idilio con el juego de reyes fue fugaz, como el estilo que profesaba. No recuerdo bien los años que tendría, pero creo que empecé con 14 y con 16 ya lo había dejado.

La cosa empezó como divertimento en los recreos del instituto, en una biblioteca en la que tenían varios tableros. Allí, sin tener ni puta idea de lo que hacíamos, atentábamos contra las normas más elementales del juego y nos regalábamos piezas como si estuviéramos de oferta. Tanta afición fuimos cogiendo, que acabaríamos por apuntarnos al ajedrez como actividad extraescolar y jugando en los recreos con nuestro profesor de matemáticas. Si añado que era un instituto público en un barrio de la periferia de Santa Cruz de Tenerife y que el menos macarra era yo, da para guión de cine oscarizable.

Llegó a mis manos el Larousse del Ajedrez y no hacía más que leerlo y releerlo. Me aprendí de memoria anécdotas de varios campeones del mundo y hasta soluciones de ejercicios. Empezamos a competir en los juegos escolares y yo a entrenar dos veces por semana con un profesor particular. Estaba metidísimo. Y quiero pensar que hubiera sido un jugador digno (y digo digno, ni siquiera bueno) de haber tenido un poco de paciencia.

carokann

El horror

Porque nunca llegué a tener paciencia. Se me hacía eterno esperar los movimientos del oponente, me precipitaba y cometía locuras, sacrificaba piezas cada dos por tres en busca de hacer una jugada espectacular…Fui relajándome un poco, pero la sangre me seguía hirviendo. Apertura española con blancas, y tras intentar tirar de Caro-Kann con negras la descarté porque me parecía un coñazo defensivo. Volví a responder e5 a e4 y que fuera lo que dios quisiera. Siempre un ajedrez agresivo, buscando abrir el centro rápido, cambiar piezas y atacar en pocos movimientos. ¿Un ajedrez juvenil?

Ese año no me fue mal en los juegos escolares, nada mal. Pero vi una serie de cosas que no me gustaron, y a falta de dos partidas para cerrar la clasificación (con muchas posibilidades de quedar entre los 5 primeros), me retiré. Quizá decir “me retiré” sea mucho decir. Me cabreé ante las enésimas tablas de salón (entre alumnos del mismo entrenador) y me largué del sitio donde estábamos jugando. Seguí entrenando con el profesor unos meses, pero lo dejé.

Se habla mucho de los beneficios que produce el ajedrez (tanto, que quieren convertirlo en optativa en la educación secundaria). Yo creo que es discutible y que hay afirmaciones que tienen que venir detrás con mucha evidencia científica, aunque celebro que se quiera convertir en optativa. Yo mismo veía los cambios que durante dos años operó en mí: me calmó (poco), aumentó mi capacidad para concentrarme, la memoria a corto plazo…pero no sé si sólo durante la ejecución del ajedrez o si la mejora generó algún tipo de transferencia.

Sin embargo, se habla menos de lo dura que es la derrota. Porque aquí el objetivo es destruir al contrincante. Hacerle sudar, maldecir internamente y lamentarse. Joderle la vida con la mente. Y a la vez, evitar que nos jodan la vida a nosotros. Hay quien ha descrito esto mucho mejor de lo que yo lo haré, así que no le daré más florituras. La derrota es algo dolorosísimo en el ajedrez, y da igual si se produce por nuestros fallos y faltas de concentración o porque el oponente ha sido, simplemente, mejor. Durante un momento nuestro ego se hace añicos y debemos vivir con la sensación de que no somos indestructibles, de que hay gente mejor que nosotros, de que no siempre se gana.

En vez de aprovechar la lección de humildad, no la soporté. Siempre me ha costado perder, muchísimo. Y si encima veía los chanchullos de los demás tras haber tenido que lidiar con un severo correctivo, más difícil se hacía. Así que abandoné. Abandoné hasta el punto de ni jugar con amigos (tampoco ninguno jugaba), de no seguir los campeonatos internacionales…no fue algo consciente, sino un alejamiento progresivo. No me ha dado por volver hasta casi quince años después.

Ahora llevaré una semana jugando contra el ordenador todos los días, y sigo cayendo en los errores de crío. Juego deprisa, sin el extra de concentración que gané durante esos dos años, sin la capacidad de atisbar un buen número de jugadas futuras, que antes tenía. Pero al menos, disfruto.

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