Javier Alemán

El templo de la cruz verde

In Islas Imposibles, Relatos on febrero 25, 2015 at 3:20 pm

brujas

He escrito un relato sobre brujas, un poco a mi manera.

Pero no digo más, a ver qué os parece. Y como siempre, si no os gusta leer por aquí, aquí está en PDF.

EL TEMPLO DE LA CRUZ VERDE

Marchaban las brujas a través de la villa sagrada. Nadie tenía el cuajo de seguirlas, de atravesar los caminos antiguos ennegrecidos que bajaban de la montaña. Ellas iban y venían, como fuerzas de la naturaleza, sin que nadie osara pararlas, porque eran las únicas que dominaban los secretos de la sanación. Pupila y maestra, como se hacía desde tiempo inmemorial, recorrieron las sendas antiguas, hechas de un material que no era ni piedra ni tierra.

“¿Quién hizo esta calzada, aya?”, preguntó la aspirante.  Era una mujer nervuda, escuchimizada y de mirada febril.  Su pelo sucio y lleno de fango la delataba como iniciada menor, desconocedora de muchos de los secretos. No se lo podría lavar hasta dominar el arte sagrado de la curación.

“Los que vinieron antes”, despachó la maestra. Pasada la cuarentena, era la mayor de las mujeres de la tribu, una auténtica reliquia. Había quien susurraba a su espalda encorvada que era inmortal, que había hecho un pacto con Bánquia, el demonio helado que destruye las cabañas y rapta a los niños. Conocía esa historia porque ella misma se había encargado de propagarla… ¿cómo si no iban a conocer a un demonio tan antiguo, terror de los que vinieron antes?

Tras mucho caminar por esas sendas extrañas dieron con otro tipo de calzada, de color más claro, rota por las raíces de los innumerables árboles que se desperdigaban por el lugar. La maestra musitó la palabra “ciudad” para darle a entender a la neófita que ya habían llegado. Era la primera vez que bajaban juntas, parte importante del aprendizaje. La alumna miraba fascinada a su alrededor:  los que vinieron antes habían sido capaces de construir bosques en mitad de su mundo, bosques atrapados por muros como los de las feas casuchas que habitaban en la montaña, muros de materiales increíbles. De uno de esos bosques en miniatura salían desfilando aves achaparradas a las que su mentora llamó “patos”, que más que mostrar sorpresa, sólo atinaron a frenar y observarlas con algo que parecía respeto.

“Los que vinieron antes se marcharon sin avisar, de repente”, exhaló la preceptora. No caminaron mucho más. Aún quedaba parte del camino larguísimo por delante, y la mujer mayor debía descansar. Se apartaron a un lado, sentándose sobre la parte clara de la vía.

“¿Por qué se marcharon, aya?”, comentó la iniciada, incapaz de creer que alguien con semejante capacidad para obrar milagros pudiera desaparecer.

“Nadie lo sabe con seguridad, hijita. Nadie.” La frase terminó con una tos horrible y un esputo aún más desagradable, una mezcla de verde y rojo que era preocupante.

“Cuenta la leyenda que la Primera Madre fue a dormir, y al despertar, no había nadie más. Como sabes, ella formaba parte de la tribu de los que vinieron antes, así que conocía algunos de sus secretos. Asustada corrió por la ciudad, como ellos la llamaban, buscando restos de vida en el mundo. Pero pasaba y pasaba el tiempo y no encontraba a nadie, así que tuvo que abandonar su villa. Se refugió en los montes y luchó contra fieras terribles y criaturas de la noche, herederos del cruel Bánquia y de la terrible Uribór, hasta que se alzó sobre ellos y encontró al Primer Padre.”

La neófita conocía la leyenda, pues la contaban las brujas a las muchachitas que iniciaban. El resto de la tribu tenía sus propias historias, evidentemente equivocadas, que tachaban el valle más abajo de los montes como territorio prohibido. Eso fue obra también de la Primera Madre, empeñada en que los hombres no volvieran nunca más al lugar que fue el principio del fin de su mundo.

“Nosotras, las brujas, conocemos la verdad, pequeña. Sabemos que la Primera Madre mintió al Primer Padre, y que éste, aún siendo taimado, quiso creer su mentira para poder arrejuntarse con ella. Sospechó siempre de su esposa, pero danzaron entre engaños mutuos y procuraron no hablar del pasado y establecer el futuro, pues serían los nuevos padres de los hombres. El Primer Padre tejió sus historias falsas de lucha y conquista y las transmitió a toda la tribu para que le alabasen como un dios y la Primera Madre le dejó hacer. Sólo le pidió autoridad para decirnos la verdad a las que naciéramos en noche sin luna, como tú y yo. Pero arriba, que queda mucho por caminar.”

Se levantaron y prosiguieron su marcha. Al jefe de la tribu le dolía el pecho muchísimo, y también el brazo izquierdo. En ocasiones perdía el habla de tanto dolor, y aunque intentaba que nadie lo supiera para que no lo exiliara un joven más fuerte, su pelo empezaba a encanecer. La bruja mayor sabía que ayudarle era una pérdida de tiempo, pero necesitaba la autorización del jerarca para completar el ritual de iniciación de su pupila. Buscarían su remedio, su “medicina” para que viviera el tiempo suficiente para la iniciación, y luego que muriese y fuera a transitar las hileras interminables de la villa sagrada, pues allí es donde moraban las almas al abandonar el cuerpo.

“¿Qué buscamos, aya?”, murmuró la joven, con impaciencia. No podía soportar el secretismo de la mayor, que hasta ahora nunca había sido capaz de prodigarse en más de dos o tres palabras con las que mantenerla callada.

“Un templo de las diosas de la sanación, hijita.”

Pasada la zona de los bosques contenidos y la larga senda, llegaron a un enorme cuadrilátero despejado, donde bien podría caber toda la tribu.  El suelo era del color de la piedra, pero quizá algo más claro. Y en todo ese espacio, nada más que tres palos erguidos, de un material que no había visto, alzándose al cielo. La pupila, con ojos de asombro, quería pararse a contemplar el sitio, pero la vieja la tomó con fuerza de la mano y con una mirada terrible la obligó a seguir caminando. Al menos esta vez no le dio un capón, cosa habitual en su mentora.

Las cabañas de los que vinieron antes no eran esas cosas penosas en las que ahora vivía la tribu, chozas bastas de madera húmeda comida por el musgo, incapaces de contener el frío de la montaña. Eran enormes amasijos de colores vivos, con madera asomando por delante y materiales que hacían justicia a sus leyendas. Nadie pasaría frío en semejante morada, nadie tendría que dormir acurrucado en la penumbra, piel con piel, dándose calor. Para una bruja, a quien le está vedado el contacto con otros, ni siquiera existía esa posibilidad.

“¿No se puede morar aquí, en estos lares?”

Ahora sí fue respondida con un capón en la frente, tan fuerte que casi la tira al suelo. Era por todos sabido que no se podía dormir en la villa sagrada. Para el resto de la tribu, la prohibición era absolutamente religiosa: allí moraban las almas y no se las podía molestar. Para ellas, era puro pragmatismo: no podían hacer el camino todos los días de vuelta al monte sin que los demás empezaran a sospechar que realmente venían de allí. Pero también había algo de miedo, pues las almas son envidiosas.

La vieja prosiguió el camino, sin soltar la mano de la herida alumna, que hacía lo posible por seguir empapándose de la belleza de las construcciones de los que vinieron antes.

“A ver, hijita, ¿cómo sabemos si estamos ante un templo?”

“Por la cruz del color verde, de las hojas de los árboles, ¿verdad?”, respondió la chiquilla, temblorosa.

“Al menos esa lección la tienes sabida. ¿Recuerdas el símbolo de la cruz cómo es, cómo te lo mostré dibujando en el suelo con un palo?”

La cruz era una de las últimas lecciones, antes de bajar por primera vez a la villa sagrada. La maestra la dibujaba con un palo, y corregía a bastonazos a la iniciada hasta que era capaz de replicarlo a la perfección. La “ciudad” estaba salpicada, de cuando en cuando, de templos señalados con ella donde podían encontrarse los últimos regalos que dejaron los que vinieron antes: “medicinas”.

No tuvieron que caminar mucho más para encontrar uno de los templos. La iniciada lo señaló, emocionada, en cuanto vio la cruz, a lo lejos. Los ojos de la maestra ya no eran los mismos, y por un momento no creyó a la chiquilla, hasta que estuvieron más cerca. ¡Qué lugar de maravilla! La pupila casi chillaba de júbilo al ver cómo la pared era absolutamente invisible, dejando ver el contenido del interior.

Entraron empujando una puerta que era una mezcla del material de los palos que habían visto antes y el tejido invisible, con un tacto frío como la noche y liso como el culo de un bebé. La vieja se agachó y empezó a entonar una salmodia, imitándole su alumna.

“Por la Primera Madre hemos venido hasta la villa sagrada, nosotras que somos sus únicas hijas verdaderas. Bá-Yer del corazón blanco, déjanos alabarte. Nobaratis de la llama candente, ayúdanos a encontrar tu bendición. Y las gemelas, Fáiser y Rioché, que siempre encuentren el camino en las noches sin luna.”

Tuvo que ayudar la joven a la vieja a levantarse, que volvía a toser y escupir lo que ambas sabían que era una condena. Las brujas no vagaban por la villa sagrada en la siguiente vida, sino que se elevaban hasta la luna para morar con la Primera Madre, como estaba dicho. Pero primero, la alumna tenía que aprender. Puestas en pie, siguió a su maestra en un enfervorecido escrutinio, en el que repetían sin cesar los nombres de las diosas de la sanación. La mayor parecía conocer el lugar y navegaba por él con más facilidad que por los montes, asiendo contenedores que salían de las paredes, rebuscando en envoltorios mientras le indicaba a qué diosa pertenecía cada símbolo.

La bruja experta, por cada tres envoltorios blancos que desechaba, se guardaba uno en un pequeño zurrón, no sin antes indicarle para qué servía cada cosa. Había “medicinas” para el dolor de cabeza, para el empacho (tan dados los hombres a él cuando volvía una buena partida de caza), para lo que llamaban “la garganta rasposa”… ¿Cómo no pensar en los que vinieron antes como dioses, con tantas maravillas que habían abandonado al marchar? La vieja recitaba de cuando en cuando algún nombre con lentitud, pues aún se conservaba la lengua antigua entre ellas, hasta que dio con lo que buscaba:  “Lo…tensil”, musitó, con mucho esfuerzo.

“¿Es esto, aya?”

“Esto es. Ahora hay que marchar, pues no queremos que se haga de noche aquí y las almas topen con nosotras, cargadas de envidia por no reunirse con la Primera Madre.”

La vieja tosía y tosía sin parar en el camino de vuelta. Las nubes se habían posado en las montañas, a lo lejos, lo que presagiaba una noche gélida y llena de gotas de agua, pegándose al cuerpo, a la madera de las chozas y haciendo más difícil encender las hogueras. La villa sagrada iba quedando a sus espaldas, llena de templos, secretos y hordas de almas; recorriendo sus hileras y bosques domados, quién sabe si buscando cobijo en las moradas coloradas, por fin a salvo del frío.

A mitad de camino la bruja mayor paró un momento, otra vez para sentarse. Entraron en uno de esos bosques contenidos, con un riachuelo domesticado dentro. En un asiento de madera desgajada se dejó caer, y así estuvo un rato, respirando con dificultad.

“Hijita, creo que vas a tener que volver sin mí.”

“Pero aya…”

“Calla y escucha, hijita. Ahora tú también eres una bruja, y tendrás que recorrer tu camino.  Lávate el pelo. Busca otra maestra, igual Mercedes la Sabia, que es menos vieja. Sigue aprendiendo, y reza para un día volver con la Primera Madre. Y ahora vete sin decir más, date la vuelta y marcha.”

Abrazada al zurrón dio la espalda a su maestra. Un fuerte chapoteo atrás fue su despedida.

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  1. […] me supuso un cambio gordo de registro. También ideé una curiosa historia de brujas en El templo de la cruz verde  y varios textos para Pronoia Works, el proyecto de rol en el que estoy inmerso con varios […]

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