Javier Alemán

Mirar con los ojos del mal

In Literatura on diciembre 17, 2015 at 6:07 pm

Reflexiones tras mi tercera novela.

Comentaba Bret Easton Ellis en Lunar Park, a propósito de su Patrick Bateman, que había sido casi como si una sombra terrible lo poseyera y no lo soltara hasta terminar de escribir American Psycho. Y esto habría que cogerlo con pinzas: al fin y al cabo esa novela no es tanto autobiografía como biografía-ficción, un exorcismo de los peores momentos de su carrera trufado de invenciones.

No, es bastante probable que el amigo Ellis disfrutara de lo que hacía con su protagonista. Quizá no como forma de asesinar sin asesinar ni de sublimar la violencia que lleva dentro a través de las letras (ese rollo intensito me pone nervioso), pero seguro que sí como profeta de la decadencia de los yuppies. Es imposible terminar de escribir 400 páginas sin disfrutar, más cuando te rebelas contra la propaganda que le ha tocado tragar a tu generación.

Dudo que el problema cuando uno escribe sobre “el mal” esté en si se disfruta demasiado, si es una cosa adictiva que te persigue día y noche hasta que termines la novela (o no). Pasados los treinta años no me creo que nadie se quede angustiado, raptado por sus fantasmas en medio de su caserón victoriano y escribiendo febril. Que sí, que habrá algún tarado que use su prosa para darle salida a sus fantasías homicidas, pero no son mayoría. (De hecho los hay y uno puede encontrarlos a poco que lea algo sobre psicopatía)

La complicación al crear historias está más bien en lo que uno hace con ese mal, cómo lo administra. Porque al fin y al cabo el mal es una fantasía de poder casi siempre, una ilusión individualista donde la consecuencia desaparece, las reglas se quiebran y podemos salirnos con la nuestra. Sí, quizá nos pillen, pero al menos las cadenas de la cultura y las relaciones sociales se esfuman para que paseemos lo peor que llevamos dentro. No, no vamos a apagar nuestros más bajos impulsos con un protagonista “malvado”, pero sí que creo que hay que tener mucho cuidado con dejarse llevar.

Mientras escribía Sanguijuela una de las principales luchas que tenía en la cabeza era el equilibrio entre lo que demandaba la historia y la necesidad de usar ese poder para vengarme en la ficción. Como el que imagina de adolescente que de repente tiene superpoderes y pone a cada idiota con el que ha topado en su sitio. Miraba con los ojos del mal a un sinfín de situaciones, y el riesgo de cargarme cualquier coherencia salía a pasear.

Sí, es probable que uno cuando se convierte en una suerte de vampiro omnipotente se sienta tentado en los primeros días con la idea de la venganza, pero no me parece creíble. “El mal” no es ir por los bares de noche buscando pelea, sino hacer lo que a uno le apetezca sin esperar consecuencias ni preocuparte por lo que le pase a los demás.

Por supuesto, sigue habiendo alguna escena de fantasía de poder, de guiño cuasiadolescente, pero he intentado que no chirríe dentro de la narración. El conflicto no surge aquí de la búsqueda, sino del desinterés por el género humano, del choque entre las necesidades del protagonista (la sangre ajena) y las de los demás (su propia sangre, vamos).

Si algo espero de todo esto es haberlo conseguido. Haber tratado bien esa indiferencia y crueldad desapasionada como estado mental y no como arranque infantil. Haber usado la náusea y la violencia como respuesta lógica a los conflictos y no como capricho. Pero supongo que eso tendrá que juzgarlo el lector.

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