Javier Alemán

Making a Murderer y la psicología del testimonio

In Psicología, Series on febrero 21, 2016 at 6:08 pm

making a murderer

Tengo la piel de gallina aún, tras ver Making a Murderer.

Por un lado, como es lógico, por los efectos que provoca el documental de Netflix en el espectador. Se me hace bastante difícil pensar, tal y como está hecho el montaje, viendo la historia que cuenta y cómo la cuenta, que alguien no acabe conmovido y cabreado a la vez.

La obra de Laura Ricciardi y Moira Demos repasa la historia de Steven Avery, un hombre que pasó en la cárcel dieciocho años por un crimen que no cometió, para luego volver a ser acusado (y encarcelado) por un asesinato del que siempre se declaró inocente. Por el camino el linchamiento terrible de una prensa irresponsable que sólo busca subir audiencias a costa de cargarse la presunción de inocencia (aquí con el caso de José Bretón hicimos lo mismo) y un suceso absolutamente atroz: el encausamiento de su sobrino con retraso mental leve por una confesión obtenida de manera indecente y sin sustento alguno en pruebas físicas.

Que Steven cometiera el homicidio es bastante discutible, tanto hacia un lado como hacia otro. Y en esto el documental es muy parcial, porque toma rápidamente la opción de que es inocente y que la oficina del Sheriff de su condado (denunciada por él tras joderle la primera vez con su mala praxis) le está tendiendo una trampa. No quiero entrar en esto, porque yo mismo tengo muchas dudas y le creo perfectamente capaz de haberlo cometido. También acepto que el documental sea partidista: ¿cómo no va a serlo, cuando todo el Estado le cae encima y el pobre desgraciado no tiene a nadie, salvo sus abogados, que le defienda?

Lo atroz es todo el procedimiento penal que se construye alrededor del caso. El uso de pruebas circunstanciales e imágenes llorosas para convencer al jurado popular, el no permitir peritos de parte para comprobar pruebas… y la sospecha, bastante clara, de que ha habido falsificación de pruebas. Y sea o no culpable, sea o no un monstruo, un estado de derecho no puede permitirse esos lujos al juzgar a nadie.

Pero vamos a centrarnos en la historia paralela de Brendan Dassey, su sobrino. Primera confesión, grabada en vídeo, en la que se ve claramente cómo los investigadores siempre preguntan lo que quieren oír, y siempre refuerzan las respuestas que van en la línea de ello. Y a la vez, castigan a Brendan, con 16 años y severos déficits cognitivos, cuando no les dice lo que quieren oír. Cuatro horas y media con una persona que no entiende lo que le está pasando, que piensa que luego irá al instituto si les dice a los inspectores lo que ellos quieren oír. Sin abogado y sin un adulto delante. Sólo él, delante de dos matones que le están manipulando para conseguir su confesión.

Lo hacen basados en una declaración previa de su prima de 14 años que tampoco parece tener muchas luces y enarbola una serie de datos que oyó en las noticias porque debe pensar que está jugando, y es incapaz de imaginar las consecuencias que puede traerle eso a su primo. Todo porque estaba llorando fuera de su casa porque lo había dejado con su novia.

Tras obtenerla, rueda de prensa de la fiscalía dando todos los hechos como ciertos, y un abogado de oficio tratando de obtener una segunda confesión para ayudar a la acusación en el caso de su tío. De nuevo engañando al chico hasta que dice lo que quieren oír. Y al día siguiente, otro interrogatorio de la policía, sin el abogado ni su madre presentes.

Esto es absolutamente terrible. Una declaración así no podría aceptarse en ningún país medianamente garantista con los derechos de sus ciudadanos. Y sin embargo, el pobre chaval lleva ocho años en la cárcel sin una sola prueba material que lo incrimine: sólo su primera confesión.

Ahora vayamos a hablar de psicología un poco. Si algo me quedó claro tras mi paso por la optativa de Psicología del Testimonio es que no hay nada menos fiable que un testigo y un testimonio. Ruedas de reconocimiento, declaraciones de testigos oculares… Todas ellas son fácilmente manipulables e influenciables, aún sin quererlo. Hay un estudio clásico de Loftus y Palmer (1974) sobre cómo el uso de determinadas palabras hace que testigos oculares afirmen o no haber visto cristales tras un choque de coches (usando “crash” al preguntar si lo recuerdan, aunque no se viera en el vídeo que les pusieron). Sabemos de sobra también que el polígrafo no sirve para detectar mentiras y sin embargo se sigue aceptando en muchos sitios. Igual que el sacrosanto testimonio y las confesiones obtenidas por coacción.

Durante todo el juicio de Brendan Dassey a nadie se le ocurrió llamar a un psicólogo infantil. Nadie pensó cómo debe funcionar el chico, ni qué entiende o deja de entender. Sólo hacía falta meterle en la cárcel porque lo que había contado era horrible. Porque una niña fabuló con los datos de la televisión, porque él mismo fue aplastado en varios interrogatorios y porque sería una pieza genial para condenar a su tío.

Con cadena perpetua (revisable en 2048), Brendan sigue en la cárcel. Sin juicio justo, sin un solo perito que evaluara si su confesión había sido fruto de la intimidación, sin nadie que usara la puta cabeza para darse cuenta de que cada confesión era diferente de la anterior (e incompatible) y sin una sola evidencia física de que estuviera allí.

Y mientras, casi todos los sistemas judiciales, dándole un valor salvaje a los testimonios y confesiones, que ya la ciencia nos ha dicho que no es tal.

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