Javier Alemán

Rascacielos

In Literatura on septiembre 13, 2016 at 8:54 am

rascacielos

Volvemos a Ballard.

Un profesor de medicina se traslada a un inmenso rascacielos en las afueras de Londres, tratando de reconstruir su vida tras una relación fallida. Los habitantes de esta estructura imponente, más arcología que edificio, se abalanzan sobre un nuevo mundo propio, una isla para elegidos. Son miembros de los estratos más altos de la sociedad: clases medias profesionales, obreros aristócratas y, en los pisos superiores, miembros de las clases altas urbanas. Una nación de cristal, llena de servicios que hacen innecesario salir de ella salvo para trabajar, y una mano invisible que regula su propio funcionamiento.

La cosa sale más o menos igual de bien que el neoliberalismo.

Rascacielos (1975) es un retrato casi de manual de las obsesiones que perseguirían a Ballard en su literatura: el valor civilizador de la sociedad, la vecindad que hay entre la sofisticación y la brutalidad y el declive imparable del ser humano. Esta vez es en un edificio imponente, pero bien podía haber sido tras fundirse los polos; la tesis (profundamente psicoanalítica) del autor británico es que el auténtico superego del ser humano son las normas sociales. Que sin la observación y revisión continua del resto de nuestros pares corremos el riesgo de revertir al estado tribal y monstruoso del que aún no hemos terminado de salir.

El rascacielos actúa aquí como la isla desierta de El Señor de las Moscas, proveyendo a los habitantes del mismo de un nuevo contexto, una nación desharrapada en la que quitarse poco a poco las vestiduras de la sociedad y volver a la tribu, a la violencia y el sexo. Todo trufado de un repaso a la lucha de clases, con una división igual de arbitraria que la que se da en la sociedad real: en vez de por nivel de renta, según el espacio geográfico que se ocupe en el edificio. O quizá sea lo mismo, viendo cómo los miembros de los pisos más bajos pertenecen a una clase media nueva y profesional, mientras que los veloces ascensores que llevan a las plantas más altas son poblados por habitantes más pudientes.

Rascacielos funciona en varios niveles: como relato desagradable sobre lo cerca que está ese ser humano primordial que no es más que un chimpancé en guerra con otra tribu, como manifestación de lo absurda que es la división social imperante y como advertencia de lo que realmente supone la ausencia de mecanismos de control.

¿Hay narices para decirle que no acertó?

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  1. […] también a David Vann con Goat Mountain,  a mi querido Ballard con Rascacielos, a Auster con Invisible y a Palahniuk con Nana (años buscando el puto libro) y la continuación […]

  2. […] y a los que tengo más ganas: una mezcla de simulador de ciudad y fábula moral que homenajea a Rascacielos de J.G. […]

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