Javier Alemán

La Malamala

In Literatura, Relatos on marzo 14, 2017 at 9:51 am

ponzoñero

Me apetecía compartir esta ilustración que hizo Daniel Puerta y de paso el relato que la inspiró.

Que no es otro que uno mío, de la (pendiente de publicación) antología de Máscaras de Matar: lo más parecido que he escrito en mi vida a un fanfic.

La Malamala

1.

El hombre al que llamaban el Ponzoñero no se había calado aún la máscara de

alacrán que lucía con tanto orgullo. Un cambuj que él mismo había fabricado, tallando

la madera de un tronco de boj donde se clavó la última flecha que le lanzaron en la

guerra del Oga Pantera. Disfrutó mucho el Ponzoñero masacrando patacones con sus

caras gigantes de barro cocido y caralocas salvajes sin el más mínimo sentido de cómo

se hacía la guerra. Los ensartaba entre las costillas con el filo untado y ponzoñoso que le

había dado la fama, que los hacía morir entre temblores, lanzando espumarajos por la

boca. Disfrutó menos aplastando mediarmas como él, con la maza que portaba en su

siniestra, que tarde descubrían que era realmente su mano buena. Gentes que incluso

habían compartido techo con él, en el lado equivocado de sus intereses.

 

Pero la máscara descansaba a su zurda, en el suelo lleno de hojas, mientras

sentado de piernas cruzadas fumaba de la pipa tratando de calmarse. No era aún

momento para lucirla. Aburrido, ahíto de adulación y aún enrabietado, había salido de la

carpa a mirar el cielo estrellado y apurar la mezcla de hierbas que preparó su bruja

pandalume. Las nubes en lo alto no permitían ver mucho, pero sí dejaban pasar el fulgor

de una luna que no conseguían tapar del todo. Un viento fresco y húmedo recorría la

ribera y se llevaba el humo de la pipa poco a poco. Con el relativo silencio más allá de

la carpa podía escuchar las voces que acompañaban al sinuoso Río Alma. De cuando en

cuando un chapoteo, un pequeño roedor correteando aquí y allá, el ulular de los búhos y

lechuzas que pretendían cazarlos… El Ponzoñero había vivido y matado tanto porque

prestaba atención y escuchaba bien, porque nunca dejaba de esperar un sonido inusual

que le anunciara que alguien venía a matarle.

 

Pero nada sonaba.

 

Fumaba furioso, a veces con tanta prisa que tosía. Confiaba en el efecto del

preparado de hierbas, pero sabía que tardaría un tiempo. Hasta entonces seguiría

fumando o acabaría por abrirle la cabeza a uno de sus propios porteadores, hombres

tristes cargados de malas noticias. Porque pocas cosas llevaba tan mal el caudillo

mediarma como que insultaran a su honra.

 

El hombre con la poca visión para hacerlo se llamaba Olmográn. Era un arma

del feral de la cabra, y de él decían que era achaparrado, callado y diligente. Nunca lo

había conocido, y no por no intentarlo. Entre los suyos lo tenían en gran estima como

artesano, como piragüero de gran oficio. Cualquiera que fuera alguien en los Seis Dedos

podía ufanarse de contar con una de sus piraguas. Decían que el Alto Juez arma había

recibido una como regalo, con un cabecero que imitaba la boca fiera de un león. Decían,

también, que trabajaba sólo para las altacopas por encargo, que eran ellas las que

decidían a quién debían ir sus creaciones. Y otros afirmaban lo contrario: que por una

rencilla familiar se negaba a tener nada que ver con las misteriosas mujeres de Escarpa

Umea y que sólo comerciaba con quien probaba no tener nada que ver.

En el fondo todas esas habladurías no significaban nada para el mediarma.

Dijeran lo que dijeran, fuera o no verdad, ahora podrían añadir una historia en la que él

era el protagonista: Olmográn le había rechazado, humillándolo en el proceso.

¿Quién podría conocer las razones cuando su única respuesta fue una negativa,

un meneo de su cara tapada por una máscara de cabra? El Ponzoñero le había mandado

una pequeña comitiva para agasajarlo, aún demasiado grande para quien era realmente

el piragüero. Encabezaba su segundo, Guijón Alto, también del eredal alacrán y uno de

los hombres más fríos y diplomáticos que había conocido. Hombre capaz de calmar a un

manamaraga con palabras, gracias a él había resuelto más conflictos con la palabra que

con la espada, incluso con algunos norteños. También le seguían varios porteadores

cargando dos baúles repletos de alhajas y piedras valiosas, botines inmensos de asaltar y

proteger caravanas. Y para el disfrute de Olmográn, dos bailarinas gemelas de

procedencia incierta (sus favoritas) con la indicación de “bailar lo que quiera bailar”.

Nada. Una negativa cuando consiguieron que los despachara en su cabaña a los

pies de la sierra Nerega y pronunciaron el nombre de su caudillo. Ni primero las

súplicas ni luego las amenazas surtieron efecto: Olmográn movía la cabeza y era todo

cuanto decía. Una forma de decir mucho para los pueblos gorgotas. Porque ni siquiera

recibía a los invitados, ni los honraba dándoles asiento y atendiendo a sus peticiones

haciéndose el interesado. Una brutal descortesía, que el Ponzoñero era incapaz de

entender.

 

Un sonido brusco lo sobresaltó a su espalda. Provenía de uno de los abedules

cercanos, un barullo rápido entre sus ramas. Un sonido familiar y que de momento no

representaba peligro más que para los pájaros que estuvieran enfrentándose allí. Siguió

fumando su pipa, ahora con caladas lentas.

 

Era incapaz de entender la descortesía, no porque pensara que algo así tuviera

una explicación que se le escapaba, sino porque sabía lo que ese tipo de respuestas

significan: que Olmográn no le reconocía.

 

En los Seis Dedos es peligroso que un hombre desprecie a otro. Los más

bravucones desafían continuamente con la mirada, pero saben desviar la cabeza cuando

la respuesta es una mano al arma. Los menos sabios prosiguen con el desafío y tarde o

temprano acaban mal. Olmográn acababa de actuar como uno de esos hombres. Al igual

que con un jefe de caravanas regateando con el pago de la protección, al igual que con

el mercader que le hizo sentarse entre los porteadores…al igual que todos esos necios,

Olmográn tendría que pagar las consecuencias de la deshonra.

 

Ahora sí escuchaba algo distinto a los susurros incesantes de la ribera. Unos

pasos lentos aplastando las hojas del suelo. Pasos pesados y tranquilos, no del que se

quiere aproximar para sorprender, sino del que guarda reverencia porque sabe que es

esperado. El Ponzoñero tendió su mano a la izquierda y recogió la máscara,

sosteniéndola por un momento ante sus ojos. La madera clara del boj le devolvía de

alguna forma la mirada, pintada de rojo y amarillo: color sangre los inmensos colmillos

laterales en los que acababa, pintas gualdas manchando todo el frontal para indicar el

veneno. Se la caló para recibir al hombre de los pasos tranquilos al que había mandado a

llamar hace rato, aún fumando otro poco más.

 

Con un ademán de saludo su asesino se aproximó. Un hombre muy alto y pálido,

con el torso desnudo recorrido por cicatrices. Calada, la máscara de su feral, una faz de

gato de cobre, pintada sólo la boca de color blanco. El Ponzoñero seguía fumando y

sólo le hizo falta un gesto con la cabeza para que se sentara a su derecha.

 

– Y yo que me preguntaba cuándo te vería…

– No estabas en la carpa, allí te busqué.

– Harto me tenían y salí a estar tranquilo.

– Claro. Dime.

 

Su acompañante tenía poca paciencia para hablar. Desde que lo conocía, rehuía

continuamente de la cháchara y el parloteo. Personaje silencioso y a veces distraído, El

Ponzoñero se preguntaba si eran así todos los hombres-gato o sólo éste, al que llamaban

Marral.

 

– ¿Sabes quién es Olmográn, el piragüero?

– Algo sé. De gente que lo conoce, con alguno habré tratado.

– Tiene que morir.

– Bueno, ¿y qué ha hecho para que lo tenga que matar?

 

Para ser un asesino, Marral era demasiado curioso. El Ponzoñero no se

sobresaltó con la pregunta porque ya la había escuchado más de una vez, durante los

años de servicio del hombre-gato. Una pregunta que le molestaría si no fuera tan bueno

en su oficio.

 

– Ni siquiera atendió a Guijón Alto y la comitiva que le mandé.

– Algo les habrá dicho.

– No les dijo nada ni respondió. Con malos gestos los mandó de vuelta.

– Un poco estúpido por su parte. Yo mataría por tus bailarinas.

 

El Ponzoñero estalló en carcajadas, quién sabe si ya adormecido por la pipa o

porque no esperaba una respuesta así del asesino.

 

– Tú lo has dicho. Mátalo y les pediré que te bailen un rato.

– Sí que le tienes ganas.

– Un hombre como yo no puede dejar que lo deshonren así. Si no hay respeto,

¿cómo le pido a un caravanero que pague por protección? Me dirá que a un

enclenque del que se ríe un artesano no le va a pagar.

– Pues lo mataré.

 

Se incorporó con rapidez, con la elegancia que evocaba al animal de su feral. El

caudillo permaneció aún sentado, fumando lo poco que quedara en la pipa. Se miraron

el uno al otro, sabiendo que la conversación no había terminado.

 

– Antes de irte…

– Dime.

– Córtale las manos también. Que quede claro el mensaje, ¿me oyes?

– Quedará claro.

 

Las nubes habían ido cediendo terreno a la luna imponente, a lo largo de la

conversación. Mientras Marral se marchaba por donde había venido el fulgor parecía

pegarse a su piel, casi deslumbrando al caudillo, que seguía allí, pensativo. De mejor

humor y sin nada más que fumar, se desenmascaró. Embriagado por las hierbas ahora

era capaz de percibir mejor el aire pesado de la ribera, la mezcla de fragancias que se

agolpaban en su nariz. Permaneció un rato más allí, quieto como una estaca.

 

2.

Olmográn le era conocido, más de lo que quiso decirle al caudillo. Pero esos

detalles poco podrían interesarle. Marral simplemente hizo el camino de vuelta hasta la

enorme carpa, que estaría un buen tiempo ahí montada, en el fértil valle del Magaz,

cerca de la sierra Nerega. Dentro se escuchaban el jolgorio y las palmas, a buen seguro

que dirigidas a las gemelas. Bien valían una muerte, pero no esa muerte.

Sin entrar, se desvió hasta su tienda, al final del pequeño campamento que

habían formado alrededor de la carpa. Con calma apresurada rebuscó dentro de su baúl

las herramientas que usaría para matar a su primo. Nervioso y descuidado, casi se clavó

una de las garras que sobresalían del paño azulado en el que las envolvía. No eran armas

con las que cortar unas manos, y mucho menos con las que acabar con un familiar.

Se llevaría un sable bien afilado, el que llevaba en el cinto cuando coqueteó con

la muerte en la guerra del Oga Pantera. De entre las ropas cogió también una blusa al

azar para combatir el frío de la noche. Recogió también un petate para guardar unas

pocas provisiones (agua, pan y cecina, poco más) y salió sin más ceremonia.

Llegar hasta la cabaña de Olmográn, le llevaría al menos una jornada a buen

ritmo, pero tenía prácticamente toda la noche por delante. Hombre de costumbres, el

asesino había pasado gran parte del día durmiendo. La noche era siempre más tranquila,

salvo por las fiestas del caudillo, no tenía que tratar apenas con nadie y cuando le

mandaban un encargo le era más sencillo estar fresco cuando todos los demás dormían.

Así llevaba siendo desde hacía años, cuando entrase a servir al Ponzoñero.

Ya marchaba Marral por el valle del Magaz, tan frondoso y lleno de balcones,

con huertas y pequeñas poblaciones de granjeros apiñadas en la distancia.

 

Apesadumbrado y rodeado de castaños y robles. Como servidor del caudillo estaba

atado a él, a cumplir lo que le había pedido. No era algo tan sencillo negarse como si

fuera un simple mercenario al que pagase una buena suma del botín. De ser así habría al

menos objetado, hubiera propuesto ir él con una amenaza para el piragüero y volvería

con la maldita piragua. Pero ni siquiera podía contradecir. Marral se había atado

voluntariamente al servicio del hombre-alacrán, con palabra y sangre.

 

Por un lado la sangre que no derramó en el Oga Pantera, cuando el Ponzoñero le

quitó de encima a dos mujeres-pantera que iban a lancearlo en el suelo. Por otro, la

palabra que le dio en ese momento, aún joven y precipitado, aún alegre por conservar la

vida. Con júbilo le preguntó su nombre y juró lealtad, tal que así: “Yo Marral, del feral

gato, prometo acabar con los enemigos del Ponzoñero, del eredal alacrán, como ha

hecho él con los míos.” Una palabra así, dada de buena fe, no se deshace porque a uno

no le guste lo que le pidan.

 

Aún ensimismado podía oír el correteo de los pequeños roedores entre los

majuelos y escobones, seguramente buscando cobijo de las lechuzas. Los rostros de los

muertos que había marcado el Ponzoñero le miraban desde ambos lados del camino. Se

asomaban detrás de los robles con muecas de desprecio, flotaban sobre la hierba del

suelo y derramaban su sangre, anegando de veneno el fértil valle del Magaz. Tanta

sangre no sumaría para un río, pero bien podría ser un arroyo de mandados, de recados

sangrientos cumpliendo la voluntad del caudillo. Marral procuraba no olvidar a ninguno

de ellos cuando iba de caza, porque un hombre bien puede aprender de todo lo que

mata.

 

Estaba la bruja eremita que llamaban Abuela Ceniza, la primera. Podía verla aún

hoy, agarrada y asomando en las copas de los castaños, siseándole y gorgoteando como

cuando le atravesó la garganta con las garras. Le hizo un mal augurio al hombre-
alacrán: sugirió que su segundo iba a traicionarlo, delante del propio Guijón Alto. El

Ponzoñero se rió, la pagó y fue en busca del asesino. Esa misma noche perdería la

garganta que usó para deshonrar a un amigo del caudillo. Marral no podía parar de verla

y a veces le daba la sensación de que podía escucharla decir unas últimas palabras. Él

mismo también dudaba de la honestidad de Guijón Alto.

 

Luego un rosario de caras durante horas. Caras jóvenes y viejas, embozadas y

desnudas, caras que luchaban y caras que aceptaban su destino. A muchas ya no las

reconocía, sólo rasgos amputados de la vida. Entre los arbustos, como queriendo morder

sus tobillos, acechaba otra de sus favoritas, la de Palo Tente: una cabeza calva pintada

de verde serpiente y amarillo chillón, con una sonrisa desafiante y ojos de color extraño.

Nunca supieron con certeza si había sido él el que les vendió un té tan especiado como

venenoso que mató a dos de sus guerreros y la tercera bailarina favorita (la del Sursur)

del Ponzoñero. Por su reacción cuando llegó a matarlo, Marral pensaba que se habían

equivocado. Pero Palo Tente asumió con ligereza la visita del asesino a su tienda,

primero le ofreció una bebida (que Marral rechazaría) y después le preguntó si no le

importaría enfrentarse fuera, a campo abierto. El hombre-gato le rebanó el pescuezo,

pesaroso. No estaba seguro de poder batirlo en igualdad de condiciones, y sus

obligaciones no eran prestarle batalla, sino matarlo.

 

Con la diestra saludó a ambos y trató de ignorar al resto de muertos anónimos.

Así eran las noches de Marral cuando salía a cazar.

 

3.

A la noche siguiente había llegado hasta la cabaña al pie de la sierra Nerega.

Paró para dormir bien llegado el mediodía, cuando ya se le hacía insoportable el calor y

la perspectiva de seguir caminando. Aunque ya muchos de los granjeros del valle del

Magaz le conocían de vista, disfrutó dando el nombre del caudillo y palpando el terror

en las caras de la pareja que le cobijaría. Era eso o dormir con las bestias. Descansado,

emprendió de nuevo la marcha al atardecer, saludando de nuevo a la Abuela Ceniza y

Palo Tente cada vez que los veía. Se adentró cauteloso por el sotobosque, de coscojas y

madroños de olor penetrante, esa fragancia que siempre acompañaba a Olmográn a la

que por fin podía ponerle nombre. No tuvo que buscar mucho para encontrar la cabaña.

Y más que cabaña, era más bien un habitáculo de madera basta adosado a un

inmenso taller donde el hombre-cabra daba forma a sus piraguas. Tan solitario como él,

Marral podía entender los atractivos de un lugar tan aislado de los asentamientos del

valle. El objetivo no era estar protegido por el grupo, sino aislarse de él para poder vivir

en calma y dedicado al oficio.

 

La noche era perfecta para matar. Aún la luna resplandecía con una fuerza

inmensa en el cielo, esta vez sin ninguna nube que le disputara la luz. Alguien

acostumbrado a la oscuridad podía ver casi como durante el día. Noches así le gustaban

bien al asesino. Se acercó hasta el taller con calma y respeto, esperando que su primo le

oyera llegar. Estaba enfrascado, trabajando ahuecando un enorme tronco que Marral no

sabía cómo había ido a parar hasta allí. Incapaz de percibirlo, absorbido por la que sería

su próxima piragua, el hombre-cabra no despertó hasta que oyó que lo llamaban.

 

– Buena noche hace, primo.

– Desde luego. Buena para trabajar.

 

Sin embargo, el artesano no hizo ademán de dar la vuelta para recibirlo.

Seguramente supiera por qué venía Marral. Siguieron así un rato, en silencio. El

hombre-gato lo escrutaba desde una distancia de varios palmos, como si no quisiera

molestarlo, y el piragüero se mantenía ajeno, centrado en su trabajo. Apenas tensos,

nadie diría que era la previa a la muerte de uno de ellos, y quien mirase desde fuera sin

saber nada pensaría que sólo era un cliente viendo al artesano trabajar. Pero algo así no

podía durar.

 

Algo aburrido ya, Marral se quitó el cambuj del gato e insistió.

 

– ¿Te parece que nos sentemos a contar historias, primo?

– Estoy ocupado.

– Bueno, sólo un momento.

 

Ahora sí paró y se giró. Olmográn era como le habían descrito al Ponzoñero:

achaparrado y de pocas palabras, con una cara sencilla y sin adornos. Se acercó hacia su

pariente del feral del gato y tomó asiento a su frente a la vez que él. Parecía tranquilo.

Marral sacó la pipa del petate e hizo un pequeño fuego con un pedernal. Tras aspirar

varias veces para prender la mezcla, pasó la pipa a su primo.

 

– Se te ve liado. ¿Otro encargo?

– Ésta es para mí.

– ¿No tienes ya suficientes piraguas?

– Ésta es diferente.

 

El silenció volvió a posarse por un momento, sólo interrumpido por las saetas de

las cigarras y el quemar de la pipa. Pensativos, se la iban pasando, como sabiendo que

no tenían mucho que decir. Empezó el hombre-cabra.

 

– Una vez una trocalume de los yeyáus me contó una historia…

– ¿Cuál?

– Entre los suyos dicen que en las riberas viven dioses extraños, que no tienen

nombre ni quieren adoración. Que son los que deciden lo que le pasa a uno

cuando muere.

– Estamos un poco lejos del río.

– Ésa es la mejor parte de la historia. Atienden a todo el que llegue, aún desde

la sierra, si descansa en una piragua basta de fresno.

– Entiendo.

 

Fumaron otro rato más. La mezcla era, cómo no, de la bruja pandalume del

Ponzoñero. Su sabor era especiado y aceitoso a la vez, pero provocaba un efecto difícil

de describir: una calma abierta al mundo, capaz de hacer más penetrantes el resto de

olores.

 

– ¿Quieres terminarla?

– Sí. No me queda mucho, no hay que elaborarla ni tocarle nada. Sólo un

tronco vacío.

 

Acabaron con la pipa tras otro momento callados, y el propio Marral le indicó

con la mano a su primo para que siguiera trabajando con el tronco. El trabajo del

piragüero, lento, parecía también una despedida de su oficio, un homenaje tosco que se

daba a sí mismo ahora que sentía la muerte tan cerca.

 

– ¿Por qué no recibiste a la comitiva del Ponzoñero?

– Porque no vino él. Si tanto quiere una piragua, que la pida por su boca, ¡ni

que fuera el Alto Juez para andarse con enviados!

– No puede ser sólo por eso.

– Bueno, tengo mis razones, pero son mías nada más. Hizo daño a alguien

querido.

– Pero tú mismo sabrás que él no es de los que deja pasar esa deshonra.

– Yo tampoco, primo. Pero no soy grande ni hábil con la espada, sólo hago

piraguas.

– ¿Te queda mucho?

– Ya casi termino.

 

Olmográn estaba decidido a llevarse su historia con él, de camino hacia los

dioses yeyaús sin nombre, y Marral no estaba por preguntar más. Desenvainó inquieto

el sable y se caló la máscara de gato. Desearía poder hacerlo sin lucirla, pero un familiar

al menos se merecía esa deferencia: el mal trago de matar a quien es cognato del feral,

quien comparte sangre y ha cenado en innumerables ocasiones bajo tu techo.

 

– No te culpo por lo que vas a hacer, Marral.

– No tengo otra.

– Por eso.

– ¿Estás listo?

– Sí.

– ¿Quieres hacerlo de frente, de espaldas…?

– Hazlo rápido mientras sigo con la piragua. Y luego colócame en ella.

 

El artesano volvió al trasiego, y por un instante pareció que no pasaba nada. El

asesino esperó, indeciso, como si le hiciera falta una señal para cumplir con lo que había

venido a hacer.

 

Entonces lo mató.

 

Atravesó su espalda con el sable, colándolo entre los huesos hasta llegar al

corazón. Derramó tanta sangre que tuvo que dejarlo un rato en el suelo, boca arriba con

una mueca resignada, esperando que se secara antes de alzarlo a la piragua. Limpió el

sable mientras tanto, para luego quitarse la máscara de gato. Y cuando coaguló, sin más

ceremonia, levantó el cadáver de su pariente y lo colocó en la piragua.

 

4.

Ni un solo momento se quedó Marral con el cuerpo inerte de su primo, que tan

poco tino había tenido a la hora de elegirse enemigos. Emprendió el camino de vuelta

rápidamente, no queriendo ni pensar en lo que había hecho, pero sintiendo un extraño

respeto por el hombre-cabra. En su peregrinación de vuelta, por el fértil valle del

Magaz, iba dejando atrás las villas y huertas, dándole la espalda a la luna y percibiendo

una nueva cara entre las que le seguían cuando iba a asesinar. Mezclada con el resto de

rostros, entre la Abuela Ceniza y Palo Tente, ahora también estaba la mueca de

decepción de Olmográn.

 

De nuevo descansó en la misma choza en la que había dormido el día anterior,

aunque esta vez fue más cortés con los dueños, que lo habían recibido con un guiso de

judías pintas y cochino. Como ya no tenía nadie a quien matar, durmió las horas justas y

marchó cuando aún era de día, deslumbrado por un sol al que no tenía costumbre.

Llegó al campamento cuando ya llevaban todos unas horas durmiendo. Con los

ánimos bajos y el pecho oprimido, descartó ir a su tienda a descansar. Más bien enfiló,

con pasos callados, el mismo camino que había hecho para hablar con el caudillo,

buscando un lugar cerca de la ribera para sentarse a fumar lo poco que le quedara de la

mezcla de hierbas. Sólo los chillidos de una lechuza lejana y los grillos eran capaces de

romper el silencio de la noche.

 

Sentado ahora con las piernas cruzadas, aspirando el humo y llenándose de los

olores de la ribera, Marral empezaba a darse cuenta de que la opresión en el pecho era

algo que quería salir. No sólo era haber matado a su primo lo que le disgustaba, sino

depender durante tanto tiempo de los caprichos de un cacique que se sentía ultrajado

con tanta facilidad como para regar de sangre todo el Bal Bartán. Su máscara familiar

había dejado de ser la del feral gato para convertirse en un cambuj de sumisión, que

mezclaba su respeto por las vedas del pueblo arma y sus obligaciones hacia el

Ponzoñero, un grillete de cobre. ¿Y cuánto tiempo más podría estar así, viviendo con las

garras embutidas y el sable en el cinto, peregrinando como un trocalume de lugar en

lugar y matando a todo el que dijera que no al caudillo? ¿Qué pensarían sus máscaras

mayores de la servidumbre al mediarma sanguinolento?

 

Acalorado, porque la noche se hacía cada vez más asfixiante, se quitó la blusa y

la colocó a su espalda, aprovechando para ahora tumbarse sobre ella.

 

5.

Taulata era lo que todo el mundo esperaba de una bruja pandalume. Una mujer

esbelta, larguirucha y de mirada nerviosa, siempre vestida de negro y con los cabellos

de un blanco casi luminoso. El Ponzoñero la tenía en alta estima, considerándola de

plena confianza, y probablemente eso se debía a que era muy mal juez del carácter.

Porque la bruja lo despreciaba con ardor, y si seguía viajando con su grupo era porque

disfrutaba de la protección del caudillo y de plena autoridad para hacer lo que le viniera

en gana siempre y cuando no le llevara directamente la contraria y le proveyera de

hierbas para fumar.

 

Ella decía no acordarse de lo que le había ocurrido cuando la encontraron, llena

de sangre ajena y retorciéndose en el suelo, mientras buscaban el botín en una caravana

que ya había sido asaltada. Chilló y golpeó a todo el que se la acercó, menos a Guijón

Alto, que le susurró algo que ni ella recuerda ni él comenta. Desde entonces viajaba con

el Ponzoñero y los suyos, haciendo augurios, mezclando hierbas para fumar y curando a

los pocos heridos que se dejaban poner la mano encima. Por supuesto, recordaba

perfectamente lo que le había ocurrido y si se hizo la loca fue porque le convenía para

salvar la vida.

 

Taulata había oído la historia de la Malamala y Sierra Espuña a otra bruja muy

mayor hacía años. Había quien decía que era una máscara emparentada con la Máscara

Real, no forjada para acompañarla sino para enfrentarla, pero eso era una tontería.

También quien la colocaba entre las manos de los espuján modufe, que la habían

abandonado en un templo remoto para quien tuviera la valentía de reclamarla. Tampoco

eso tenía mucho sentido. ¿Y qué sentido tenía preguntarse de dónde venía? Lo

importante es que la Malamala era una máscara muy poderosa, capaz de obrar milagros

y con la promesa de liberar a su portador de todas las obligaciones que hubiera

contraído durante su vida, que en las sociedades gorgotas eran muchas.

Así que había trabajado diligentemente para el Ponzoñero mientras no paraba de

investigar y de hablar con quien pudiera saber algo más. Ya conocía la localización de

Sierra Espuña, que no era más que una triste montañita sin nombre, cercana, entre las

sierras Osca y Nerega. Y de tanto observar a los acompañantes del hombre-alacrán, por

fin tenía a alguien que se la trajera.

 

Marral había vuelto esa noche, con el ánimo tan sombrío que había sido incapaz

de verla entre las sombras. Taulata prestaba atención aunque se hiciera la despistada:

sabía que el hombre-gato había sido enviado a matar a su primo y le era evidente su

creciente disgusto porque cada vez le pedía más mezclas para fumar, con la misma

indicación: “quiero que me relaje, bruja.”

 

Tras esperar un rato por si le daba por volver, para encontrarlo como por

casualidad, la bruja se impacientó y salió a buscarlo. Recorrió la alameda sintiéndose

como un zorro al acecho de gallinas, llena de anticipación al sentir que su plan se

acercaba a su fin. A varios palmos ya se veía a Marral tumbado y envuelto por el humo

de la pipa.

 

– Con este calor no duerme nadie.

 

El hombre-gato pareció no darse por aludido al hablarle. Su respuesta fue otra

calada, y ahora más cerca pudo ver que no llevaba la máscara puesta. Sin duda, debía

estar en otro lugar, lejos de aquí.

 

– Sé lo que te pasa, Marral.

– Cuidado con lo que dices, bruja.

– Si yo tengo cuidado, aún no te he dicho nada.

– Pues mejor lo dejamos así.

 

En verdad el calor de la noche se hacía asfixiante, incluso tan cerca del Río

Alma. La bruja se dio cuenta de que debía tener mucho cuidado con las palabras si no

quería sacar de sus casillas al asesino, que estaba más al borde del precipicio de lo que

había pensado.

 

– Quiero ayudarte.

– Pues vete y déjame fumar tranquilo.

– Hay una máscara…una leyenda gargal que te puede servir.

– No veo en qué.

 

La mujer se aproximó un poco más, pero no hizo ademán de sentarse y hablaba

como mirando para otro lado, rehuyendo de los ojos del hombre-gato.

 

– La llaman la Malamala, porque hasta el hombre más poderoso la teme.

– Sigo sin ver en qué me sirve.

– La temen porque la Malamala es capaz de borrar las obligaciones de su

portador. Su voluntad es hueca, no está atada a nada ni nadie y sirvió a más

de uno para liberarse de los lazos que no le dejaban hacer.

– No seas necia, ¿cómo va a ser eso?

– De tanto miedo que le tienen le pusieron ese nombre, porque ni nombre

tenía. Está en un templo escarbado en la roca, en una montañita entre las

Sierras Osca y Nerega, más fácil de localizar de lo que parece.

 

La bruja, que conocía a los armas, ni siquiera atendió a las respuestas que le iba

dando el hombre-gato, porque no le interesaban. Le bastaba plantar la historia,

sembrarla en el disgusto de Marral y esperar que creciera con el tiempo hasta obligarle a

salir a por ella. Y aunque el asesino no dijo nada más, Taulata tuvo claro que la semilla

estaba plantada.

 

6.

Pasaron los meses y Marral tuvo que seguir matando. No desplazaron el

campamento de lugar, porque el Ponzoñero había descubierto que era lucrativo también

ofrecer protección a los granjeros del Magaz y los viajeros que estaban de paso. El

hombre-alacrán se fue hinchando, cada vez más gordo y cada vez más iracundo,

encontrando transgresiones allá donde nadie más vería nada. El propio clima del valle

parecía haber reaccionado con miedo, y el cambio de estación trajo más lluvias de las

habituales, enfangando las cosechas.

 

A las puertas del templo, una abertura decorada con imágenes toscas de peces

barbados, el asesino trataba de recordar cómo había llegado hasta aquí. Días recorriendo

las montañas y alimentándose de la cecina durísima que cargaba en el petate, creyendo

y no creyendo la historia de la bruja pandalume. ¿Cómo llegaba un hombre a perseguir

cuentos así? El arroyo de sangre ya no era tal, y parecía que tarde o temprano acabaría

devorando al propio Río Alma. Con tantos años de muerte a sus espaldas no le resultaba

especialmente molesto, pero hasta él era capaz de darse cuenta de que una cadena tan

grande de ejecuciones, tan arbitrarias, no le iba a traer nada bueno el grupo del

Ponzoñero. Entre las sabinas de la cumbre, abatidas por el viento, las caras que lo

vigilaban casi se habían multiplicado por dos, con gran presencia de un Olmográn

decepcionado, más lleno de pena que de rencor.

 

Al final no le había quedado más remedio que hacer caso a la maldita bruja. “Ni

se te ocurra calártela hasta que vuelvas a verme”, le dijo como colofón. Volvió a darle

indicaciones y salió del campamento de nuevo de noche, sin despedirse de nadie. Luchó

con las lluvias y el frío de la montaña, con las piedrecitas que se despeñaban de cuando

en cuando durante el ascenso. Pero no fue ni mucho menos difícil, porque hasta un

camino encontró tapado por una coalición de enebros y coscojas. Si nadie había

encontrado a la Malamala antes que él, probablemente se debiera a que no la buscaran,

y no a que estuviera localizada en un lugar remoto e inaccesible.

 

Así que entró al templete que la guardaba, aún preguntándose qué peces eran los

representados. Aunque no debería ver nada dentro de la roca, había cierta claridad en el

lugar, que no se alimentaba ni de lámparas de aceite ni antorchas. Marral tampoco iba a

quedarse a admirar la arquitectura ni las innumerables esculturas que mostraban al

mismo pescado de la entrada. Poco tuvo que avanzar, en línea recta, para encontrar una

pequeña estancia que mostraba al ídolo acuático en todo su esplendor, cargado de

bigotes, sosteniendo con unas manos humanas y extrañas la máscara. Un siluro, sin

duda.

 

Era todo demasiado fácil.

 

Ni guardias, ni criaturas encantadas, ni advertencias. Sólo el pez de río

mirándole fijamente, las manos y la Malamala. Aunque estaba ahora más dentro de la

roca, podía seguir viendo sin dificultad. Intentando no pensar en ello Marral se

aproximó hasta las manos y miró a la cara de la Malamala.

 

Nada más que una simple máscara de madera oscura, con una sonrisa dorada

pintarrajeada casi como lo hubiera hecho un niño. No podía intuírsele poder ni voluntad

al clavarle la mirada, y más bien parecía una broma macabra de la bruja. Pero Taulata

no era tonta y si quería ayudarle a buscarla era porque tendría sus planes, no para reírse

de él.

 

Sin ceremonias, la arrancó de la protección del siluro y la sostuvo en sus manos.

Era ligera, de tacto rugoso y cálido. El asesino dedicó una última mirada al ídolo fluvial,

al que no parecía importarle que le arrebataran la Malamala. Todo era demasiado

normal, y a la vuelta nada le sorprendió: ni vigías murmurando lenguas olvidadas, ni

trampas en el triste templo abandonado…Sólo esa claridad extraña que entraba por la

abertura en la roca y nada más.

 

Afuera hacía aún más frío que cuando entró y comenzaba a chaparrear. El

asesino se puso en camino, extrañamente aliviado.

 

7.

Sin duda la bruja pandalume tendría planes para la Malamala que sólo ella

conocía. Pero uno no ha de subestimar el poder de las cosas, ni ha de olvidar por qué se

les da nombre.

 

Por supuesto, había una forma de librarse de las vedas y las obligaciones, una

treta nada mágica que había acompañado a los hombres desesperados en lo largo del

tiempo y que poco tenía que ver con la intervención de máscaras de extraño poder. Y si

algo hizo la Malamala al embutírsela el hombre-gato, fue recordárselo.

Uno no le debe ni palabra ni obra a los muertos.

 

Taulata, que se creía tan lista, sólo tuvo un uso para tanta inteligencia: ser la

última. Oyó al asesino llegar en medio de la noche y sintió que algo no iba bien, así que

corrió a refugiarse en la espesura. No oyó los gritos del campamento, ni mucho menos

vio cómo el hombre-gato, pálido y calado con una cara sonriente de madera oscura,

abría en canal al Ponzoñero en su cama, como a un cochino en la matanza. Una muerte

lamentable para el cacique barrigudo, incapaz siquiera de tomar las armas para

defenderse.

 

Nadie se salvó. Quien no fue atravesado por las garras fue rebanado por el sable

Hombres poderosos encontraban que no tenían ni voluntad para defenderse, que no

había forma de parar a la Malamala cuando se sumía en la orgía de sangre y muerte con

la que llevaba siglos soñando, posada en las manos de su guardián. Bailarinas gemelas y

no gemelas, porteadores de mirada cansada…quien no vio cómo su vida se evaporaba

apuñalado en la cama, murió de pie. Decapitados, desangrados y esparcidos.

Guijón Alto fue el penúltimo, maestro de la lucha con el látigo barbado de los de

su eredal. Desvió el sable de Marral hasta dos veces, y en su cabeza pudo llegar a

fantasear con la supervivencia al herirlo con una de las puntas envenenadas. Un tajo en

la pierna derecha lo obligó a arrodillarse y ya no sintió más dolor.

 

Taulata corría entre los álamos, como perseguida por el Gochora. Se hizo daño

en las piernas más de una vez con los arbustillos del camino, y también cayó y tuvo que

levantarse en más de una ocasión. Boqueaba, asfixiada, sin mirar nunca a atrás. Sólo

cuando llegó a la ribera y paró para respirar pudo darse cuenta de que no tenía nada que

hacer. A su frente, la terrible sonrisa de la Malamala.

 

Desafiante, porque no era mujer acostumbrada a suplicar, encaró a la máscara

que había engullido al hombre-gato. Murió como los demás y su sangre se derramó

sobre el Río Alma.

 

La Malamala cumplía lo que prometía: ni una sola obligación más.

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