Javier Alemán

Life & Death II: Jugando a médicos

In Personal, Videojuegos on mayo 26, 2012 at 4:06 pm

Mi vocación por la psicología fue muy tardía. En concreto, no empecé a planteármelo seriamente hasta final de 2º de Bachillerato. Como no tenía muy claro lo que quería hacer con mi vida, en el momento de elegir las asignaturas (y sabiendo que me decantaría por “algo de ciencias”) opté por hacer la doble vía, y meterme entre pecho y espaldas la parte “científico-técnica” y la sanitaria. Tan poco claro lo tenían tras selectividad, que cuando tocaba echar para pedir plazas lo pasé realmente mal. De hecho, las charlas a las que fui en el día de puertas abiertas fueron las de Medicina, Biología y alguna ingeniería que no recuerdo. Hasta que me llegó un chispazo a la cabeza pocos días antes, y me dije: “será Psicología”. No es fácil darse cuenta de si algo es un antojo o una certeza, así que entre que me decidía cursé el primer año de Física (no sabría explicar por qué), de donde mantengo a varios amigos.

Por suerte (para mí y para la ciencia física) me di cuenta rápido de que Psicología era lo que de verdad quería estudiar, a pesar del paro que tuviera o lo que pensara nadie de mi familia. Sea como sea, hace tres años que me licencié y el único periodo de paro que he pasado en mi vida tras los 19 años fue voluntario (para las prácticas del psiquiátrico), así que no salió del todo mal la elección.

Pero no es de esto de lo que quiero hablar, sino de una vocación temprana que al final murió con el tiempo. De pequeño lo tenía clarísimo: quería ser médico. El hecho de que mi primo mayor empezara a estudiar la carrera y me contara cosas era un acicate aún mayor para querer llegar hasta ahí, y durante muchísimo tiempo creí que mi futuro estaría ahí. Así que os podéis imaginar el enamoramiento que viví a los 10-11 años cuando Life & Death II cayó en mis manos.

El juego nos pone en manos de un neurocirujano que es nuevo en el hospital, y funciona como un perfecto simulador de la vida médica. Podemos movernos por el hospital con total libertad, e incluso pasar de atender a los pacientes (lo que hará que nos echen) o estar en la consulta y ser un buen galeno. La primera parte estaba ambientada en el abdomen, pero ésta tenía su reino en el cerebro. Eso, para un chiquillo que quiere ser médico es toda una mina. El juego traía un manual ingame que nos decía cómo proceder, qué síntomas examinar y un buen puñado de enfermedades distintas: desde un aneurisma hasta adicción a la cocaína. Dentro de lo que podíamos hacer en la diagnosis había un montón de posibilidades: buscar el reflejo de la rodilla, examinar el habla, las pupilas, llevarle a escáner, RMN…

Pero lo mejor del juego no era eso, porque una vez hecho el diagnóstico había que intervenir. En concreto, había tres operaciones que podíamos hacer: tumor cerebral, aneurisma y hematoma subdural. Las dos primeras no funcionaban bien en mi copia (el ordenador se iba al carajo al extraer una parte del cráneo para acceder a las capas subcraneales y de ahí al cerebro), pero la de hematoma subdural llegué a estudiármela para poder hacerla a la perfección. El juego tiene una obsesión enorme con el detalle y debemos nada más empezar lavarnos las manos, comprobar que haya sangre para el paciente (hay varios sueros disponibles), el escape de la orina y luego ya limpiar con yodo el cuero cabelludo y proceder a la incisión. Horas y horas pasé delante de la pantalla, hasta que llegó mi logro, mi orgullo: había diagnosticado y operado el hematoma con tanta habilidad que a mi médico, dentro del juego, le daban un diploma para colgar en su consulta.

La cosa es que buscando he encontrado el juego en una página de abandonware, por si alguien lo quiere probar. Yo echaré un par de partidas, volveré a ser niño un rato y luego tornaré a la edad adulta. A día de hoy no queda la pregunta fatal de “¿y si…?”. Con el tiempo la vocación fue muriendo, ayudada primero por mi fobia a la sangre (que no tiene que ver con miedo, sino con marearse y desmayarse por la respuesta fisiológica específica) y luego por una falta de interés creciente en la ciencia médica y un amor absoluto a la ciencia psicológica. Y ver este tipo de cosas, más que hacerme dudar, refuerza mis ganas de abandonar tarde o temprano el mundo de RRHH en el que trabajo y empezar a ejercer como clínico.

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